La Inocencia de Amalia

Capítulo 47

La mentira de Amalia sobre su nombre le compró tiempo, sin saberlo, a Maximiliano… o Liam Porter, como era su nombre real.

No dijo nada.
No hizo una escena.
Pero la duda se le instaló en el pecho como una astilla.

Porque esa mujer no era, ni de lejos, la huérfana ingenua con la que se había casado.

Esta Amalia —o Cordelia, o como diablos se llamará ahora— era otra:
segura, erguida, envuelta en la autoridad silenciosa de un hombre poderoso. Caminaba sin la cojera que él recordaba, sostenida por gestos elegantes que borraban cualquier rastro de fragilidad. Pero había algo que no había cambiado. Algo que lo descolocó desde el primer segundo.

Los ojos.

Esos ojos no se olvidan.
Esos ojos no mienten.

Eran los mismos que lo habían mirado con amor, con miedo, con súplica… y finalmente con una tristeza que él prefirió no entender en su momento.

No dijo nada a su esposa.

Esa misma noche empezó a investigar.

Los Dubois no eran un apellido cualquiera. Y André Dubois… menos aún.
El matrimonio con Cordelia Dubois —la verdadera— estaba registrado desde hacía años.
Las fechas eran claras. Imposibles de refutar.
Muy anteriores al momento en que él conoció a Amalia.

Y la niña.

La pequeña de seis años. Era imposible, ella estaba en prisión entonces

Nada encajaba.

Liam Porter cerró el expediente virtual y apoyó la espalda en la silla, mirando al vacío.

Había algo que no lograba soltar:
Porqué se parecían tanto…
¿y si era ella, si era Amalia?
¿Desde cuándo estaba libre, porque no se asustó cunado lo vio?

La duda no lo abandonó.

_______
Días más tarde, Amalia llegó a la oficina de André con Abigail de la mano y una sonrisa suave en los labios. Era una visita sorpresa, de esas que no se planean pero se sienten necesarias. La niña llevaba horas hablando de ello.

—Quiero ver dónde trabaja papá —había dicho, con esa mezcla de curiosidad y orgullo que solo los niños saben tener.

André, al verlas entrar, dejó todo. El mundo podía esperar. Se agachó frente a Abigail, la alzó en brazos y le mostró el ventanal, los libros, el enorme escritorio que a ella le pareció “demasiado serio para papá”.

Amalia las observaba desde un costado, con esa calma que había aprendido a construir con los años. Estaba tranquila.

Hasta que la puerta se abrió.

—Señor Dubois —anunció la asistente—, los señores Porter están aquí.

El aire cambió.

Amalia no se giró de inmediato, pero lo supo. Lo sintió en la espalda, en la base del cuello.

Liam Porter entró primero. Correcto, impecable, con esa sonrisa que siempre parecía ensayada. A su lado, Eva Porter, elegante, contenida, con una mirada que no se detenía en las cosas… sino en las personas. Especialmente en Abigail.

La niña, que hasta hacía un segundo reía, se tensó en brazos de André. Su cuerpo pequeño se encogió apenas, como si hubiera entendido algo que nadie le había explicado.

Y entonces, sin dramatismo, sin alzar la voz, dijo:

—Mamá… quiero irme a casa.

El silencio fue inmediato.

La mirada de Eva Porter se posó en Abigail con una intensidad que no correspondía. No era curiosidad. Era algo más frío. Más calculado.

Abigail se aferró al cuello de André.

Amalia dio un paso al frente.

No hubo nervios.
No hubo prisa.
Solo un temple que incluso a ella misma la sorprendió.

—Claro, amor —dijo con suavidad.

Tomó a la niña en brazos con naturalidad, como si aquel gesto no estuviera protegiendo mucho más que un simple cansancio infantil. Abigail enterró el rostro en su cuello de inmediato.

Amalia levantó la vista hacia André. Sus ojos se encontraron. Él entendió sin palabras.

—Nos vemos en casa —dijo ella.

Se acercó, lo besó en la mejilla con la calma de quien no debe explicaciones a nadie y, sin siquiera mirar a los Porter, se despidió:

—Un gusto.

Luego se dio la vuelta y salió de la oficina con pasos firmes, Abigail segura entre sus brazos.

Detrás de ella, Eva Porter permaneció inmóvil.

Y Liam…
Liam la observó irse con una sensación incómoda instalándose en el pecho.

______

En la casa de los Porter, el silencio era espeso, incómodo, cargado de palabras no dichas que terminaron explotando apenas cruzaron la puerta.

—¿Desde cuándo? —preguntó Eva, dejando el bolso sobre la consola con más fuerza de la necesaria—. ¿Desde cuándo sabías que la esposa de André Dubois… se parece a ella?

Liam se aflojó el nudo de la corbata con lentitud. No había sorpresa en su rostro, pero sí tensión.

—No se parece, Eva —respondió finalmente—. Es la misma imagen.

Eva se giró de golpe.

—¿Y no se te ocurrió mencionarlo? —su voz temblaba, no de miedo, sino de rabia—.

Liam guardó silencio unos segundos.

—Porque no es posible —dijo al fin—. No debería serlo.

Eva comenzó a caminar por la sala, nerviosa.

—No bajó la mirada —continuó—. ¿La viste? No agachó la cabeza. No dudó. Me sostuvo la mirada como si yo fuera nadie.

Eso era lo que más la había descolocado.

—Por eso no creo que sea ella, la Amalia que conocimos —admitió Liam en voz baja—. Aquella chica no habría podido hacer eso.

Eva se detuvo frente a él.

—Y la niña —dijo, clavándole los ojos—.

Él asintió lentamente.

—No puede ser su hija.

—Exacto —Eva cruzó los brazos—. Las fechas no cuadran.

Liam apretó la mandíbula.

—Y aun así… estaba allí.

Eva bajó la voz, como si las paredes pudieran escuchar.

—Entonces dime —susurró—, ¿quién es esa mujer?

Liam no respondió de inmediato. La imagen de Amalia alejándose con la niña en brazos volvió a su mente. La seguridad en sus pasos. La calma. La autoridad silenciosa.

—No lo sé —admitió al fin—. Pero no es una casualidad.




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