Mientras en la casa de los Dubois. Abigail dormía y la ciudad, al otro lado de los ventanales, parecía lejana, como si el mundo hubiera decidido darles una tregua. Amalia estaba sentada en el sofá, con las manos entrelazadas sobre el regazo. André la observaba desde la cocina, sin decir nada todavía, dándole el tiempo que sabía que ella necesitaba.
Fue él quien rompió el silencio.
—La reacción de Eva Porter no fue normal —dijo con calma, pero con esa firmeza que Amalia ya conocía—. No fue la de alguien que ve a una desconocida.
Amalia alzó la mirada lentamente. No lo negó.
—Me miró como si hubiera visto un fantasma —susurró—. Como si yo no debiera estar ahí.
André se sentó frente a ella, inclinándose hacia adelante.
—Y no solo fue ella. Liam… —hizo una pausa—. Me observó demasiado. Como si estuviera confirmando algo.
Amalia tragó saliva.
—André… —empezó, pero él levantó una mano, pidiéndole silencio.
—Escúchame primero —dijo—. Voy a investigar a los Porter.
Ella abrió los ojos, alarmada.
—No quiero que te pongas en peligro por mí.
Él esbozó una sonrisa breve, sin humor.
—Amalia, pasé media vida moviéndome entre verdades incómodas. No es peligro, es costumbre. Y voy a usar cada contacto que aún conservo de mi época como fiscal. Registros, movimientos financieros, conexiones políticas… todo.
Ella bajó la mirada.
—Los Porter siempre han sido una familia intocable —murmuró—. Tradicionales. Ricos. Respetados.
—Por eso no entiendo —continuó André— qué los pudo motivar a destruirte de esa manera. Porque lo que te hicieron no fue algo casual. Fue demasiado limpio y preparado. Demasiado conveniente.
Amalia cerró los ojos un instante. La imagen del hospital, el humo, las cadenas, volvió a apretarle el pecho.
—Yo también me pregunto —dijo—. ¿Por qué tanto ensañamiento conmigo? Yo no era nadie. No tenía familia. No tenía voz.
André apretó los puños.
—Exactamente. —La miró con intensidad—. Y eso hace que todo huela mal.
Ella levantó el rostro.
—El hombre al que conocí, el que fingió morir… —Amelia habló despacio, como si ordenara las piezas—. Tiene el mismo porte, los mismos gestos contenidos, la misma forma de observar sin exponerse.
—¿De verdad me crees que… —vaciló— que Liam Porter es Maximiliano?
André no dudó.
—Te creo.
Amalia contuvo el aliento.
—Entonces… mi hijo…
André se levantó de golpe y se arrodilló frente a ella, tomándole el rostro entre las manos.
—Escúchame bien —dijo con voz firme—. Si ese hombre está vivo, entonces también lo está tu verdad. Y no voy a parar hasta sacarla a la luz. Por ti. Por nuestro matrimonio. Y por el niño al que te robaron incluso el derecho a llorar.
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Amalia, silenciosas.
—Tengo miedo —confesó—. De removerlo todo. De volver a perder lo poco que tengo.
André apoyó su frente contra la de ella.
—No estás sola —susurró—. Esta vez no. Y te prometo algo más… —la miró a los ojos—. Si los Porter creen que pueden esconderse detrás de su apellido, están a punto de descubrir que eligieron a la mujer equivocada para destruir…
Amalia cerró los ojos, aferrándose a él.
_____
Movimientos en la sombra
Mientras André Dubois movía hilos, los Porter no se quedaban inmóviles. Era imposible. Una familia como la suya no sobrevivía décadas en la cúspide del continente sin aprender a oler el peligro… y actuar.
Pero André iba varios pasos adelante.
Había aprendido, durante sus años como fiscal, que la mejor defensa no era el ataque frontal, sino el silencio estratégico. Antes incluso de iniciar sus averiguaciones formales, ya había blindado a Amalia.
Lo primero fue proteger su nombre.
Todo lo que cualquiera pudiera encontrar sobre ella, todo rastro oficial, llevaba a una sola mujer: Cordelia Dubois, su primera esposa, la madre de Abigail. Documentos impecables, fechas coherentes, registros civiles sólidos. Un pasado intachable. Irrompible.
André había pedido un favor.
Uno grande.
Su reemplazo en la fiscalía —un hombre que le debía más de una lealtad— selló el expediente original de Amalia. No estaba destruido. No había sido alterado. Simplemente… dejaba de existir para el mundo exterior.
Si alguien quería saber si Amalia seguía en prisión, tendría que viajar hasta las islas.
Y André sabía, con absoluta certeza, que los Porter no lo harían.
No todavía.
No les convenía remover una jurisdicción ajena, con leyes particulares y registros que ya no controlaban. Viajar implicaba exponerse. Hacer preguntas incómodas. Dejar huellas.
Desde el continente, lo único que lograron obtener los Porter fue lo esperado.
—Cordelia Dubois —leyó Eva en voz alta, revisando el informe—. Esposa legítima. Una hija. Todo limpio.
Demasiado limpio.
—No podemos rastrear a Amalia—dijo Liam, serio—. Ninguna transferencia. Nada.
Eva apretó los labios.
Mientras tanto, André seguía avanzando, con paciencia quirúrgica. Revisaba empresas pantalla, movimientos bancarios antiguos, fundaciones “benéficas” de los Porter. Había patrones. Donaciones estratégicas. Silencios comprados.
—No fue solo un matrimonio —murmuró una noche, observando la pantalla de su computadora—. Fue un plan.
Y en el centro de ese plan, como una pieza descartable… había estado Amalia.
Sin embargo, esta vez la historia era distinta.
Ella dormía tranquila, ajena a la guerra silenciosa que se libraba por su pasado. Protegida. Amada. Blindada.
André cerró el portátil y se acercó a la cama, observándola con determinación.
Que los Porter investigaran lo que quisieran.
Lo único que encontrarían…
era exactamente lo que él quería que vieran.
Y cuando llegara el momento de la verdad, sería André Dubois quien decidiría cuándo abrir la jaula.
#3142 en Novela romántica
#1021 en Chick lit
#1008 en Otros
#158 en Relatos cortos
Editado: 31.01.2026