La intención inicial de André Dubois había sido clara desde el principio: limpiar el nombre de Amalia.
Nada más. Nada menos.
Quería que el mundo supiera : que Amalia era inocente. Que su condena había sido una aberración jurídica. Que su absolución debía ser absoluta, incontestable, definitiva.
La Inocencia de Amalia.
Pero la verdad no se detuvo ahí.
Porque al descubrir lo que los Porter habían hecho, André entendió que la justicia no podía quedarse a medias. No después de un plan tan calculado, tan cruel, tan perfectamente ejecutado. No después de robarle a una madre a su hijo… y a un hijo, su origen.
Ya no se trataba solo de limpiar un nombre.
Se trataba de derrumbar un imperio construido sobre una mentira.
—Los voy a destruir —dijo André una noche, con la voz baja pero firme—. Legalmente. Públicamente. Sin dejarles un solo lugar donde esconderse.
Amalia no sintió miedo al escucharlo. Sintió algo distinto. Esperanza.
—Y mi hijo… —susurró—.
André tomó sus manos con cuidado, como si sostuviera algo sagrado.
—Connor Porter —dijo—. Doce años. Educado, inteligente.
Amalia cerró los ojos. La imagen de un niño al que no conocía, pero que había sentido en su vientre, le atravesó el pecho.
—Para él, yo soy una desconocida —murmuró—. Apenas un nombre. Tal vez ni eso.
—Tal vez —concedió André—. Pero hay cosas que la sangre no borra.
Ella lo miró, insegura.
—¿Y si me rechaza?
André sonrió con una ternura que la desarmó.
—Entonces lo amarás igual. Y eso será suficiente para empezar.
Amalia bajó la mirada, con lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas.
—No sé cómo ser su madre —confesó—. Nunca pude sostenerlo en brazos.
André la abrazó.
—No necesitas saberlo todo —susurró—. Solo necesitas ser tú. La mujer que cuida, que escucha, que ama sin condiciones. La misma que hizo que Abigail floreciera. La misma que convirtió un orfanato entero en su hogar.
Amalia respiró hondo.
—Si Abigail me ama… —dijo—. Si una niña que no llevaba mi sangre me eligió… entonces quizá… —tragó saliva— quizá mi hijo también pueda hacerlo algún día.
André apoyó su frente contra la de ella.
—Lo hará —afirmó—. Porque en el fondo de su alma, aunque no lo recuerde, él conoce tu esencia. Y cuando llegue el momento… la va a reconocer.
El camino no sería fácil.
Había juicios, revelaciones, titulares, caídas estrepitosas por delante.
Pero esta vez, Amalia no caminaba sola.
La inocencia que intentaron arrebatarle no solo iba a ser restaurada.
Iba a convertirse en la fuerza que la llevaría de regreso…
a los brazos de su hijo.
Pasaron los días y André estaba exactamente donde mejor sabía estar.
En su elemento.
Revisaba expedientes hasta la madrugada, cruzaba fechas, reconstruía líneas de tiempo, pulía argumentos con la precisión de un cirujano. Cada prueba encontraba su lugar. Cada vacío, su explicación. Al mismo tiempo, preparaba a Amalia para el interrogatorio del juicio: las preguntas difíciles, las trampas, los silencios incómodos. No dejaría nada al azar.
En ese estado, André parecía un depredador natural. Concentrado. Intenso. Implacable.
Y por eso mismo, había mantenido distancia.
Hacía días que no la tocaba, que no buscaba su cuerpo en la noche. No por falta de deseo —eso era lo único que le sobraba—, sino por temor. Cuando entraba en ese modo, su lado más salvaje emergía también en la intimidad, y no quería asustarla. No quería que Amalia confundiera esa intensidad con dureza, ni ese fuego con peligro.
Pero Amalia sí lo notó.
Notó el silencio de sus manos.
La forma en que la miraba y se detenía.
La distancia contenida.
Una noche, incapaz de seguir cargando con la duda, fue ella quien lo buscó.
—André… —dijo en voz baja—. ¿Ya no me deseas?
Él se giró de inmediato, sorprendido.
—¿Qué? No. Jamás.
Ella respiró hondo, armándose de valor.
—Desde que sabes todo… desde que conoces cada rincón de mi pasado… tengo miedo de que me mires distinto. De que ya no quieras tocarme.
André se acercó despacio. Con cuidado.
—Amalia —dijo—, si he tomado distancia es porque cuando estoy así… —se señaló la sien— no sé contenerme. Y no quería imponerte una parte mía que puede ser intensa. Dominante. Oscura incluso.
Ella lo miró a los ojos, firme.
—Quiero conocerla.
André se tensó.
—No es delicada.
—Yo tampoco lo soy —respondió—. Sobreviví a cosas peores. Y te quiero completo… no solo al hombre amable que me cuida, sino al que pelea por mí.
Eso fue todo.
Algo en él se rompió y se liberó al mismo tiempo.
La tomó con una decisión que no admitía dudas, con una posesión que no era violencia, sino certeza. André no preguntó más; reclamó lo que sentía suyo, y Amalia no retrocedió. Al contrario, lo recibió, lo sostuvo, lo provocó a ir más allá.
No hubo miedo.
Hubo fuego.
Amalia descubrió una faceta de André que no conocía: intensa, dominante, profundamente conectada a la necesidad de protegerla, de afirmarla, de anclarla a él. Y lejos de asustarla, esa fuerza la hizo sentirse deseada como nunca antes.
Elegida.
Cuando finalmente se quedaron en silencio, respirando juntos, Amalia apoyó la cabeza en su pecho y sonrió.
—No quiero que te contengas conmigo —susurró—. Nunca.
André cerró los ojos, rodeándola con los brazos.
—Entonces —respondió— prepárate… porque no pienso hacerlo.