La Inocencia de Amalia

Capítulo 51

La tarde caía suave sobre la casa.

Abigail estaba sentada en el suelo de la sala, rodeada de lápices de colores, dibujando con la lengua apenas asomada por la comisura de los labios, concentrada como solo los niños saben estarlo. André, arrodillado frente a ella, intentaba seguirle el ritmo.

—¿Así está bien el árbol? —preguntó él, sosteniendo el color verde.

Abigail lo miró con severidad.

—No, papá. Los árboles no son todos iguales.

André alzó las manos, rendido.

—Tienes razón. Error de principiante.

Amalia los observaba desde el sofá, con una taza de té entre las manos. Esa escena —tan cotidiana, tan sencilla— todavía le parecía un milagro. Ver a André reír con Abigail, escucharla llamarlo papá con naturalidad, sentir que por fin pertenecían a algo que no podía romperse con facilidad.

Abigail terminó su dibujo y corrió hacia Amalia.

—Mira, mamá —dijo, subiéndole al regazo—. Somos nosotros.

El dibujo era imperfecto, pero claro: tres figuras tomadas de la mano.

Amalia besó la cabeza de la niña, conteniendo la emoción.

—Es hermoso, Abi.

André se acercó y las rodeó con un brazo.

—Lo vamos a enmarcar —anunció—. Es una obra importante.

Abigail rio, orgullosa.

Por un momento, el mundo quedó fuera. No había juicios, ni Porter, ni verdades pendientes. Solo ellos.

Más tarde, ya sin André en casa, la noche se instaló tranquila. Abigail estaba en la cama, con el pijama puesto, abrazando su peluche favorito. Amalia se sentó a su lado, peinándole el cabello con los dedos.

—Mamá —dijo la niña de pronto—. Hoy estabas un poquito triste.

Amalia se sorprendió.

—¿Un poquito?

Abigail asintió.

—Pero no como antes. Es diferente.

Amalia sonrió con ternura. A veces olvidaba lo perceptiva que era.

—Hay cosas importantes pasando, cariño. Cosas buenas… pero grandes.

Abigail la miró con atención.

—¿Como cuando llegaste tú?

—Algo así —respondió Amalia—.

Guardó silencio un segundo, buscando las palabras justas.

—Abi… antes de conocerte, yo tuve otro hijo.

Los ojos de Abigail se abrieron un poco más.

—¿Un bebé?

—Sí. Un bebé que ahora ya no es tan bebé. Tiene doce años.

Abigail procesó la información en silencio.

—¿Y dónde está?

—Con su papá —dijo Amalia con suavidad—. Yo no pude estar con él.

Abigail frunció el ceño.

—Eso no es justo.

Amalia sintió un nudo en la garganta.

—No lo fue. Pero estamos tratando de arreglarlo.

La niña se incorporó en la cama.

—¿Vendría a vivir aquí?

Amalia la miró con honestidad.

—Si todo sale bien… sí. Viviría con nosotros.

Abigail no sonrió de inmediato. Pensó. Luego preguntó:

—¿Y si no quiere?

Amalia le tomó la manita.

—Puede que al principio esté confundido. Yo soy una desconocida para él. Pero hay algo que nunca se pierde… el amor de una mamá.

Abigail la observó con una certeza que no correspondía a su edad.

—Yo confío en ti, mamá.

Amalia se emocionó.

—¿Sí?

—Sí —dijo Abi—. Tú nunca me has fallado.

Luego, una sonrisa tímida apareció en su rostro.

—Además… siempre quise un hermano mayor.

Amalia la abrazó con fuerza, cerrando los ojos.

—Gracias, mi amor. Pase lo que pase, siempre te diré la verdad. Y siempre estaremos juntas.

Abigail apoyó la cabeza en su pecho.

—Entonces está bien. Cuando llegue… le puedo prestar mis colores.

Amalia rió entre lágrimas, besando su frente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.