La Inocencia de Amalia

Capítulo 52

André Dubois no era un hombre impulsivo.
Si iba a destruir a los Porter, lo haría donde no pudieran escapar, donde cada paso estuviera vigilado, donde la ley respondiera a su nombre.

Las islas.

Su territorio.

—Necesito que los traigas aquí —le dijo a Clara durante una llamada cifrada—. Que crean que vienen a confirmar si Amalia sigue presa. Que piensen que aún tienen poder.

Clara sonrió al otro lado de la línea.

—Eso puedo hacerlo.

La trampa se tendió con paciencia quirúrgica. Un rumor filtrado, un expediente “reabierto”, una insinuación de que Amalia había sido vista nuevamente en el perímetro carcelario. Nada concreto. Solo lo suficiente para inquietarlos.

Los Porter mordieron el anzuelo.

La llegada a las islas

El avión privado aterrizó bajo un cielo engañosamente sereno. Eva Porter descendió primero, con el mentón en alto, el gesto altivo intacto. Liam la siguió, tenso, con esa incomodidad creciente que no había logrado sacudirse desde la gala.

—No me gusta este lugar —murmuró Eva—.

Liam no respondió.

Fueron recibidos por un funcionario local, impecable, cordial, excesivamente correcto.

—Bienvenidos. El traslado a la penitenciaría está dispuesto —anunció—. Podrán verificar personalmente el estado de la reclusa.

Eva asintió, satisfecha.

Pero al llegar, la realidad se les estrelló en el rostro.

La celda estaba vacía.

—¿Dónde está? —exigió Eva, golpeando el vidrio—.

El director del penal los miró con fría neutralidad.

—Amalia Saint Claire fue absuelta hace años. Su expediente fue cerrado.

El color abandonó el rostro de Liam.

—Eso es imposible… —susurró—. Yo… yo vi…

Entonces lo entendió.

Demasiado tarde.

El intento de huida

No esperaron más explicaciones. Salieron del penal con el pulso acelerado, el miedo ya sin máscara.

—Nos vamos ahora —ordenó Eva—. Este lugar no es seguro.

El vuelo chárter estaba listo. Subieron con prisa, sin mirar atrás.

Pero el avión nunca despegó.

Antes de que los motores alcanzaran potencia, varias camionetas rodearon la pista. Luces azules. Uniformes. Armas visibles, pero sin alzar.

El capitán abrió la cabina y habló con voz tensa:

—Señores… autoridades locales solicitan su presencia inmediata. Hay órdenes judiciales en su contra.

Eva se levantó de golpe.

—¡Esto es un abuso! ¡Soy ciudadana del continente! ¡No tienen jurisdicción!

Una voz grave respondió desde la escalerilla.

—Sí la tenemos. Y completa.

André Dubois apareció con paso firme, impecable, dueño absoluto del lugar. Sus ojos se posaron primero en Liam. No con rabia. Con certeza.

—Bienvenidos a las islas —dijo—. Están exactamente donde los necesitaba.

Liam sintió cómo el mundo se le cerraba.

—Tú… —murmuró—. Dubois.

André sonrió apenas.

—Fiscal Dubois —corrigió—. Aunque hoy vengo como algo más peligroso.

Las esposas brillaron bajo las luces de la pista.

Eva gritó. Protestó. Amenazó.

Nadie la escuchó.

Mientras eran escoltados por las autoridades locales, André se acercó a Liam lo suficiente para que solo él lo oyera.

—Amalia ya no está sola.
Liam palideció.

Y en ese instante comprendió que no solo había perdido el control….

Las islas cerraron sobre los Porter como una trampa perfecta.

____________

El Juicio

El tribunal de las islas nunca había estado tan lleno.

Periodistas, observadores internacionales, abogados venidos del continente. Nadie quería perderse lo que ya empezaba a llamarse el caso Porter.

Eva Porter llegó vestida de poder: traje sobrio, joyas discretas, el mentón alto. A su lado, Liam —o Maximiliano, como ya figuraba en los documentos— parecía más pequeño, más cansado.

Frente a ellos, el mejor bufete del continente.

Y aun así…
André Dubois no parpadeó.

A su derecha estaba Clara, impecable, con una serenidad afilada. A su izquierda, Amalia. No temblaba. No bajaba la mirada. Ya no era la mujer rota que alguna vez intentaron borrar.

—Iniciamos la sesión —anunció el juez.

Y el mundo contuvo el aliento.

El primer golpe

—Solicitamos como prueba inicial —dijo Clara, poniéndose de pie— la realización inmediata de una prueba de ADN entre la señora Amalia Dubois y el menor Connor Porter.

Un murmullo recorrió la sala.

Eva se levantó de golpe.

—¡Eso es innecesario! ¡Ridículo! ¡Ese niño es un Porter!

André alzó la mirada, frío.

—Precisamente —respondió—. Queremos confirmar quien es su madre no quien es su padre.

El juez ordenó silencio.

El resultado llegó dos días después.

Compatibilidad genética: 99,98 %.

Connor Porter era hijo biológico de Amalia.

La sala estalló.

Amalia cerró los ojos un segundo. No lloró. No aún. André sintió cómo ella apretaba su mano bajo la mesa, como si el corazón le hubiera regresado al cuerpo después de doce años.

Eva Porter palideció.

Derrota tras derrota

Los días siguientes fueron una caída controlada.

André avanzó como un depredador entrenado.

—Presentamos pruebas de falsificación documental —anunció, proyectando imágenes—. Certificados de defunción alterados. Registros de identidad creados bajo identidades falsas. Testimonios comprados.

El bufete defensor objetó.

—Objeción denegada —respondió el juez—. Continúe, fiscal Dubois.

Y André continuó.

Mostró el incendio.

—Ese incendio —dijo André, con voz grave— pudo haber cobrado vidas. Fue provocado para un encubrimiento. Es intento de homicidio indirecto.

Eva ya no miraba al frente.

Liam no dejaba de sudar.

Luego vino lo más grave.

El sistema manipulado

Clara tomó la palabra esta vez.




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