La tarde era silenciosa, con ese aire espeso que queda después de un día largo.
Amalia estaba en el jardín, podando con delicadeza unas flores que Abigail había plantado semanas atrás, cuando Connor se sentó junto a ella, sin decir nada.
Pasaron unos minutos antes de que él hablara.
—¿Puedo preguntarte algo?
Amalia soltó las tijeras.
—Siempre.
Connor respiró hondo. Tenía doce años, pero sus ojos cargaban preguntas viejas.
—Yo… no estuve en todo el juicio. Solo en las partes que dijeron que sí podía oír. Pero hay cosas que no entiendo.
Ella asintió. No lo apresuró.
—Eva… ella nunca fue cálida —dijo él, bajando la mirada—. Siempre me enviaba a esos internados. Pero ahora entiendo por qué, pero ….
¿Por qué me alejaron de ti? ¿Por qué creyeron que podían hacer algo así?
Amalia guardó silencio. El viento sopló despacio.
Luego se volvió hacia él, con la calma que la caracterizaba.
—Porque no me vieron como una persona.
Porque era fácil hacerme invisible.
Fui huérfana, pobre, sin apellido, sin familia… fácil de callar.
Tu padre, Liam… se llamó Maximiliano conmigo, llegó con promesas. Y cuando naciste, yo ya no era útil para ellos.
—¿Cuándo nací?
Amalia asintió, despacio.
—Ellos necesitaban un heredero. Así que buscaron una forma de tenerlo…
Y me usaron.
Connor apretó las manos.
—¿Por qué no te defendiste?
Amalia lo miró, y su voz se volvió suave, pero firme.
—Grité. Pero nadie escuchó.
Me encerraron. Me acusaron. Y lo más duro… fue creer siempre que yo había asesinado a mi propio hijo.
Él tragó saliva.
—Siempre estuve en internados —dijo con amargura—. Nunca tuve una casa real. Una familia real. Eva me trataba como… algo que debía mantener bien lejos.
Amalia se inclinó hacia él.
—No fue tu culpa. Nada de esto lo fue.
Tú eras un bebé, Connor.
Él la miró, los ojos brillantes sin derramarse.
—¿Por qué no me odias, por quedarse conmigo ellos hicieron esto?
Ella sonrió con tristeza y ternura.
—Porque eres mi hijo.
Y porque si no te busqué antes fue porque pensé que estabas muero.
Un silencio largo se estiró entre ellos. Connor la miró, buscando en su rostro una confirmación que no necesitaba ya.
—¿Y ahora? —preguntó él.
—¿Ahora qué? —preguntó Amalia.
—¿Vas a ser mi mamá de verdad? ¿Siempre?
Amalia lo abrazó, por primera vez sin cuidado, sin medir la fuerza.
—Siempre lo he sido.
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La casa estaba llena de vida.
Abigail estaba sentada en el suelo del salón con Pierre, armando un rompecabezas imposible que, misteriosamente, avanzaba rápido bajo su guía paciente. Clara, descalza y con una taza de café en la mano, observaba desde el sofá, sonriendo sin decir nada.
Connor estaba en la mesa, concentrado en un cuaderno, aunque más pendiente de todo lo que ocurría a su alrededor que de lo que escribía.
Amalia se movía entre ellos con naturalidad, como si siempre hubiera pertenecido a ese espacio.
André los miró a todos por un largo rato.
—Necesitamos hablar —dijo finalmente.
Abigail levantó la cabeza al instante.
—¿Es algo malo?
—No —respondió él, sentándose en el suelo junto a ella—. Es algo importante. Y quiero que estén todos.
Pierre y Clara se miraron, entendiendo que ese todos los incluía de verdad.
—He estado pensando mucho en dónde vamos a vivir —continuó André—. Ya no se trata solo de trabajo o de conveniencia. Se trata de ustedes. De nosotros.
Connor levantó la mirada, atento. Abigail se acercó más.
—Tenemos opciones —dijo André—. Podemos quedarnos en las islas, podemos quedarnos en el continente, donde ahora está mi trabajo. O… podemos elegir algo distinto. Un lugar nuevo.
—¿Podemos opinar? —preguntó Abigail, muy seria.
André sonrió.
—Justamente por eso estoy hablando ahora.
Clara se acomodó mejor en el sofá.
—Eso es nuevo en ti, hermano.
Él la miró de reojo.
—La gente evoluciona.
Connor habló con cuidado, como si probara su voz en ese rol nuevo que aún estaba aprendiendo.
—A mí me gustaría un lugar donde no tenga que volver a empezar cada año. Donde pueda quedarme.
Amalia sintió un nudo en el pecho, pero no interrumpió.
—Y donde Abi esté bien —añadió él—. Donde no tenga que preocuparse todo el tiempo por su salud.
Abigail asintió con energía.
—Y donde mamá esté feliz.
El silencio que siguió fue suave. Amalia bajó la mirada, emocionada.
—Yo… —dijo finalmente—. Donde estemos juntos. Eso es lo único que me importa.
Pierre carraspeó.
—Médicamente, hay dos lugares ideales para Abigail. Uno aquí y otro en el continente, cerca del hospital donde hicimos el trasplante. Yo podría viajar entre ambos sin problema.
Clara sonrió, mirándolo.
—Eso sonó muy a nosotros también contamos.
Pierre se encogió de hombros.
—Porque contamos.
André respiró hondo.
—Entonces propongo esto: una casa cerca del mar, pero con acceso rápido a la ciudad. Un lugar donde los niños puedan crecer sin sentirse observados ni marcados.
Abigail aplaudió.
—¡Quiero un cuarto azul!
—Y yo uno con ventana grande —dijo Connor—. Para leer.
Clara levantó la mano.
—Yo exijo habitación de visitas permanente.
—Y yo —añadió Pierre—, derecho a cenas familiares.
André miró a Amalia.
—¿Te parece?
Ella lo miró de vuelta, con los ojos brillantes.
—Me parece.
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La casa olía a pintura fresca, madera nueva y mar.
Amalia fue la primera en cruzar el umbral, con Abigail aferrada a su mano y Connor caminando apenas detrás, observándolo todo con esa mezcla de cautela y curiosidad que todavía lo acompañaba. André cerró la puerta tras ellos, como si ese gesto sellara algo invisible.
—Bienvenidos a casa —dijo.