Al anochecer la casa estaba en silencio.
Amalia se quedó de pie junto a la ventana del cuarto, mirando el reflejo de la luna sobre el mar. Llevaba una camisa suya, demasiado grande, que le caía por un hombro.
André la observó unos segundos antes de acercarse.
—Estás pensando demasiado —dijo en voz baja.
—Estoy sintiendo —respondió ella sin girarse—. Es distinto.
Él apoyó las manos a cada lado de su cuerpo, sin tocarla todavía.
—¿Te asusta?
Amalia negó lentamente.
—No.
André rozó su espalda con los nudillos, apenas un contacto. Amalia cerró los ojos y apoyó la frente contra el vidrio.
Ella se estremeció. Eso, fue suficiente.
Él la giró con suavidad, como si temiera romper algo frágil, y la besó. No hubo prisa. Amalia respondió llevándole las manos al cuello, aferrándose como si ese punto exacto del mundo fuera el único seguro.
Amalia sintió que algo dentro de ella cedía, no como una rendición, sino como un descanso largamente esperado. Se dejó guiar hasta la cama, donde André la recostó con una reverencia silenciosa, mirándola como si aún no pudiera creer que estuviera ahí.
—Mírame —le pidió.
Ella lo hizo. Sin vergüenza. Sin miedo.
André se inclinó sobre ella, besando despacio, recorriendo sin apuro, aprendiendo cada gesto como si fuera un idioma nuevo. Amalia arqueó el cuerpo buscándolo.
—Nunca —confesó ella, con la voz quebrada— me habían tocado así. Como si… importara.
Él apoyó la frente en la suya.
—Importas. Todo de ti.
Cuando finalmente se unieron, no fue fuego descontrolado. Fue calor constante, envolvente, de ese que no quema pero no se apaga. Amalia lo sintió presente, firme, atento, sosteniéndola incluso en el momento más vulnerable.
Y por primera vez en su vida, no pensó en el pasado.
No pensó en la culpa.
No pensó en el miedo.
Solo en el ahora.
En él.
En ellos.
Después, quedaron abrazados, respirando al mismo ritmo. André dibujaba círculos lentos en su espalda.
—¿Sabes qué es esto? —preguntó él.
Amalia sonrió, con los ojos cerrados.
—Hogar.
André besó su cabello.
—Exactamente.
La mañana siguiente
La luz entraba sin pedir permiso.
Amalia despertó con el murmullo lejano del mar y el peso tibio del brazo de André rodeándole la cintura. No hubo sobresalto, solo calma.
Se quedó quieta unos segundos, respirando al mismo ritmo que él.
Las semanas pasaron con esa misma suavidad. Días simples, noches tranquilas, rutinas que se asentaban sin esfuerzo. Risas en la mesa. Paseos cortos. Planes pequeños. La felicidad sin ruido.
FIN