La Inocente Novia Del Jeque

Capítulo 1: La carta que llegó con retraso

Nour Alia tenía tres costumbres sagradas: llegar temprano al trabajo, no hacerle preguntas a la caldera de su apartamento y no abrir jamás un sobre que dijera «URGENTE» en letras rojas, porque en su experiencia lo urgente siempre significaba que alguien quería dinero.

Por eso el sobre llevaba tres días sobre la mesa de la cocina, apoyado contra el salero, como un invitado incómodo al que nadie se atreve a echar.

—No voy a abrirte —le dijo aquella mañana, mientras se servía el té—. Tú eres una factura. Lo sé. Lo siento en los huesos.

El sobre no respondió, cosa que Nour tomó como una confesión.

Vivía en un pequeño apartamento de la ciudad portuaria de Marsa, en un tercer piso sin ascensor, con una ventana que daba a un callejón y un limonero en una maceta que se negaba a dar limones pero tampoco a morirse. Nour lo respetaba por eso. Era un árbol con carácter. Tenía veintidós años, el cabello oscuro y rebelde que ninguna horquilla lograba domar, unos ojos color miel que se le agrandaban cuando se asustaba y que, por desgracia para ella, se le agrandaban casi siempre, y un trabajo en la biblioteca municipal que le pagaba lo justo para no pasar hambre y lo injusto para no ahorrar nada.

Era huérfana desde hacía cuatro años. Su madre, Samira, había muerto una noche de invierno, de forma tan repentina que Nour todavía a veces ponía dos tazas sobre la mesa antes de recordarlo. La policía había dicho que fue un accidente. Una caída por las escaleras de la vieja casa donde vivían entonces. Nour había aceptado la explicación porque era la única que le habían ofrecido y porque a los dieciocho años uno no tiene fuerzas para discutir con la tragedia.

Se terminó el té, miró el reloj y soltó un grito ahogado.

—¡Las ocho y diez!

Salió corriendo con un pan a medio morder en la boca, el bolso colgado de un solo hombro y un zapato todavía a medio calzar. En la escalera se cruzó con la señora Haddad, su vecina del segundo, una mujer de setenta años que tenía el don de saber todo lo que ocurría en el edificio antes de que ocurriera.

—Buenos días, hija. ¿Ya abriste la carta?

Nour se detuvo con un pie en el aire.

—¿Cómo sabe usted lo de la carta?

—El cartero me la dio a mí primero. Yo le dije que subiera, que tú estabas. Se quedó tres días sin que le abrieras, así que volvió y me la dejó en la puerta de tu casa. Es un sobre muy elegante, Nour. Con sello. Los sellos no se ponen en las facturas.

—Los sellos se ponen en las multas, señora Haddad.

—En las multas no hay lacre dorado.

Nour parpadeó.

—¿Lacre dorado?

—Dorado, hija. Con un halcón. Yo he visto muchas cosas en mi vida, pero nunca una multa con halcón.

Nour se quedó mirando a su vecina unos segundos. Después, con un suspiro de rendición, dijo:

—Voy a llegar tarde igual, ¿verdad?

—Probablemente.

—Entonces voy a abrirla.

Subió de nuevo los escalones de dos en dos, entró en la cocina, tomó el sobre y lo observó con más atención. Era cierto. Estaba hecho de un papel grueso, color crema, casi aterciopelado, y el lacre dorado mostraba un halcón con las alas desplegadas. No se parecía a nada que hubiera recibido en su vida. Hasta ese momento, lo más elegante que le habían enviado era una oferta de tarjeta de crédito.

Rompió el sello con la uña del pulgar y sacó una hoja doblada en tres. La letra era perfecta, curvada, casi musical.

A la señorita Nour Alia, hija de Samira.

Con profundo respeto y bajo la voluntad expresa de su difunta madre, se le solicita presentarse en el Palacio Real de Al-Zahir antes del día quince del mes en curso, a fin de dar cumplimiento al acuerdo firmado en su nombre hace veintidós años.

Se adjunta pasaje de viaje y salvoconducto real. La negativa a comparecer tendrá consecuencias que esta carta no tiene autoridad para enumerar.

Firmado: Consejo Real del Reino de Al-Zahir.

Nour leyó la carta una vez. Luego otra. Luego una tercera, moviendo los labios, por si la tercera lectura le revelaba que era una broma.

No lo era.

Dentro del sobre había, en efecto, un pasaje de avión de primera clase, algo que Nour solo conocía por las películas, y un documento con un sello tan oficial que parecía capaz de abrir fronteras con solo mirarlas.

—Esto es una broma —dijo en voz alta, a nadie en particular—. Alguien de la biblioteca me está gastando una broma. Fue Karim. Karim tiene ese sentido del humor tan malo.

Pero Karim no tenía acceso a lacres dorados con halcón, ni a pasajes de primera clase, ni mucho menos a «acuerdos firmados hace veintidós años». Veintidós años. Exactamente la edad de Nour.

Se sentó despacio en la silla.

—Mamá —murmuró—, ¿qué hiciste?

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Llegó a la biblioteca con cuarenta minutos de retraso, el pelo hecho un desastre y la carta apretada contra el pecho como si pudiera escaparse. Su jefa, la señora Teodora, una mujer severa con gafas colgadas de una cadenita, la esperaba junto al mostrador con los brazos cruzados.

—Nour Alia. Cuarenta minutos.

—Lo sé, lo sé, lo siento muchísimo, pero hay una explicación. Es increíble. Es ridícula. Hay un halcón.

—¿Un halcón?

—Un halcón dorado. Y un palacio.

La señora Teodora se quitó las gafas lentamente.

—Nour, ¿has desayunado?

—Un pan. A medias.

—Eso lo explica todo. Siéntate. Te traigo un té.

—¡No estoy delirando!

—Nadie dice que lo estés. Solo digo que los halcones dorados y los palacios son típicos del ayuno.

Nour estuvo a punto de reír, pero se contuvo y le tendió la carta. La señora Teodora la leyó con el ceño fruncido. Luego examinó el sello y le dio la vuelta al papel. Luego, con una expresión que Nour nunca le había visto, miró a su empleada de arriba abajo.

—Al-Zahir —dijo muy despacio—. El reino del desierto del este.

—¿Usted lo conoce?

—Todo el mundo lo conoce. Es uno de los reinos más ricos y más cerrados del mundo. Sus reyes no reciben visitas, no conceden entrevistas y no han dejado entrar a un periodista en cuarenta años. Y este sello, Nour... este sello es el del Consejo Real. El mismo que firma las decisiones sobre la sucesión del trono.




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