La Inocente Novia Del Jeque

Capítulo 3: Las reglas del palacio (y cómo romperlas todas en una mañana)

—No lo sé —dijo Nour por fin, con una vocecita que no le pareció suya—. No sé quién me enseñó esa canción. Ni siquiera sabía que la estaba tarareando.

El jeque Amir no apartó la mirada. Tenía esa forma de observar a la gente que hacía que uno repasara mentalmente todos sus pecados, incluso los que no había cometido todavía.

—Es una respuesta muy conveniente.

—Es la única que tengo. Si quiere, puedo inventarle otra más interesante. Algo con piratas, por ejemplo. Pero sería mentira, y estoy bastante segura de que usted detecta las mentiras como yo detecto las erratas en un libro.

—¿Y eso cómo se detecta?

—Con un dolor en el ojo izquierdo y ganas de usar un lápiz rojo.

Hubo un silencio. El jeque la estudió unos segundos más y luego, con un gesto brusco, giró sobre sus talones y empezó a subir los escalones del trono.

—Yusuf la acompañará a sus aposentos. A partir de hoy, recibirá instrucción sobre las normas del palacio. Hay muchas. Algunas de ellas son vitales para su supervivencia.

—¿Y las otras?

—Son simplemente absurdas. Pero también hay que cumplirlas.

—Me va a encantar este lugar —murmuró Nour.

—Eso lo dudo —respondió él, sin volverse.

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La primera lección de protocolo comenzó a las nueve de la mañana, en un salón con más espejos que un taller de brujas, y estuvo a cargo de la señora Fadwa, una mujer de aspecto severo, nariz afilada y una postura tan perfecta que Nour sospechó que dormía de pie, apoyada en una pared.

—Regla número uno —anunció la señora Fadwa—. Una dama de palacio nunca corre.

—¿Nunca?

—Nunca.

—¿Ni siquiera si hay un incendio?

—Se camina con urgencia elegante.

—¿Y si hay un tigre?

—Los tigres, señorita Nour, respetan la elegancia.

Nour se mordió el labio inferior para no soltar una carcajada. La señora Fadwa, que no tenía ningún sentido del humor visible, continuó con la lista.

—Regla número dos. Nunca se mira directamente a los ojos del rey a menos que él lo ordene. Regla número tres. Nunca se rechaza un obsequio delante de testigos. Regla número cuatro. Nunca se pronuncia el nombre del jeque sin su título.

—¿Y si me da un ataque de confianza?

—No se lo dará.

—¿Y si me equivoco y le digo «Amir» a secas?

—Tendrá que hacerse perdonar con tres días de oraciones públicas y un poema de disculpa.

—¿Un poema? ¿Y si no sé escribir poemas?

—Entonces lo mejor es no equivocarse.

Nour asintió con solemnidad, aunque por dentro ya estaba calculando cuántas de esas reglas había roto en las últimas doce horas. Había llamado «jardinero» al futuro rey, le había dado órdenes sobre las flores, había discutido con un consejero y le había contestado a una princesa. Con suerte, el poema de disculpa podía hacerse largo y rimar.

—Regla número cinco —continuó la señora Fadwa—. Se camina con la cabeza alta y los hombros relajados, como si flotara.

—¿Como si flotara?

—Mire.

La señora Fadwa se deslizó por el salón con un movimiento tan suave que sus zapatos parecían no tocar el suelo. Nour la observó con la boca abierta.

—¡Eso es un truco de magia!

—Es práctica. Ahora usted.

Nour se puso de pie, respiró hondo, levantó la barbilla y caminó. O intentó caminar. Lo que salió fue una especie de marcha militar torpe, con los brazos tiesos y los pies golpeando el suelo, como un pato que acaba de enterarse de que es noble.

—No —dijo la señora Fadwa—. Otra vez.

—¿Así?

—Menos pato.

—¿Así?

—Más pato todavía.

—¡Pero acaba de decir que menos!

—Ahora es un pato asustado.

Nour se dejó caer en un sillón y se tapó la cara con ambas manos.

—Me rindo. Voy a pedirle al jeque que me deje ser su prometida desde el suelo. Reptando. Con la dignidad de una oruga.

La señora Fadwa, para sorpresa de ambas, soltó una risita que intentó ocultar con una tos.

—Perdone —dijo, recuperando la compostura—. Pero es la primera vez en veinte años que alguien me hace reír en una clase de protocolo.

—¡Entonces algo estoy haciendo bien!

—Lo que está haciendo es desordenar un palacio que lleva siglos ordenado. No sé si eso es bueno o muy peligroso.

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Pasó el resto de la mañana aprendiendo a sentarse (sin cruzar las piernas), a beber té (con el dedo meñique ligeramente separado), a servir café (con la mano derecha, siempre) y a inclinar la cabeza exactamente treinta grados ante los ministros, cuarenta y cinco ante los príncipes y noventa ante el rey.

Al mediodía, Nour tenía la sensación de que el cerebro se le había convertido en una sopa de reglas mal mezcladas. Cuando Samar apareció con el almuerzo, casi la abrazó de alegría.

—¡Samar! ¡Me salvas la vida! ¿Hay algún lugar en este palacio donde pueda estar sin que nadie me enseñe a flotar?

La doncella se rió con suavidad.

—Hay uno, mi señora. La biblioteca. Dicen que está casi abandonada, porque el jeque Amir no tiene tiempo para leer y los demás no tienen interés.

A Nour se le iluminaron los ojos.

—¿Una biblioteca? ¿Una biblioteca real? ¿De palacio?

—Sí, mi señora. Está en el ala este. Muy antigua. Dicen que tiene más de cien mil libros.

—¡Cien mil! —Nour se puso de pie de un salto—. Samar, estás hablando con una mujer que ha clasificado novelas de amor por orden alfabético durante cuatro años. Una biblioteca de cien mil libros para mí es como... como una piscina de chocolate para otra gente.

—Pero tiene que terminar de comer.

—Puedo comer caminando.

—La señora Fadwa dijo que una dama no come caminando.

—La señora Fadwa no está aquí. Y yo soy una dama con mucha hambre y mucha curiosidad. Vamos.

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La biblioteca del palacio era un sueño de madera y polvo dorado.

Se accedía por una puerta doble de roble, tallada con figuras de pájaros y estrellas. Dentro, tres pisos de estanterías se elevaban hasta una cúpula de cristal por donde entraba la luz del desierto. Había escaleras de caracol, balcones, mesas de lectura, sillones de cuero y un aroma a papel viejo que Nour inhaló profundamente, con los ojos cerrados, como quien huele el hogar.




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