La Inocente Novia Del Jeque

Capítulo 4: El arte de espiar con un vestido incómodo

Nour descubrió aquella noche que hay una diferencia enorme entre leer novelas de espías y vivir como una.

En las novelas, la heroína siempre descubría pistas con elegancia, se movía en silencio y tenía el cabello perfecto incluso después de escapar por un conducto de ventilación. En la vida real, Nour llevaba dos horas sentada en la cama con una carta secreta, una pluma de halcón manchada de rojo y un ataque de hipo nervioso que no había forma de detener.

—Hip. No pasa nada —se dijo—. Hip. Soy una mujer adulta. Hip. Tengo un título universitario. Hip. Y un jeque como cómplice.

Samar, que le preparaba la cama con las mejillas encendidas de emoción, la miró desde el otro lado del colchón.

—¿Quiere agua, mi señora?

—Quiero que alguien me explique cómo se llega a esta situación partiendo de una carta con lacre.

—Eso no puedo explicárselo.

—Ya lo sé. Era una pregunta retórica. Hip.

Alguien llamó a la puerta con tres golpes secos. Nour dio un salto, Samar se llevó una mano al pecho y la pluma de halcón desapareció debajo de la almohada con una velocidad que habría hecho sentir orgullosa a cualquier ilusionista.

—¿Quién es?

—Yusuf, señorita.

Entró el anciano con su paso tranquilo y su expresión de eterna paciencia, aunque esta vez algo en sus ojos parecía más cansado. Cerró la puerta tras de sí, miró a Samar, y la doncella entendió y salió sin necesidad de órdenes.

—Su Alteza me ha contado lo ocurrido en la sala de los retratos —dijo, sentándose en un sillón—. Y debo decirle, señorita, que ha logrado en un solo día lo que nadie consiguió en veintidós años.

—¿Hacer que el jeque sonría?

—Abrir una puerta que todos preferían olvidar.

Nour tragó saliva.

—Yusuf, usted conoció a mi madre. Usted sabe más de lo que cuenta. ¿Por qué no me lo dice todo de una vez? Me ahorraría mucho hipo.

El anciano sonrió con cierta tristeza.

—Porque hay cosas que, si se dicen a destiempo, matan. Y yo ya he enterrado a demasiada gente. —Se inclinó hacia ella—. Pero puedo hacer algo mejor que contarle. Puedo darle un punto de partida.

—¿Cuál?

—En la antigua ala de los archivos reales trabaja un hombre llamado Bashir. Tiene ochenta años, es medio sordo y bastante gruñón, pero fue el cronista oficial del reino durante cuatro décadas. Si alguien conserva registros de la noche del halcón, es él.

—¿Y por qué nadie lo ha interrogado?

—Porque oficialmente no existe ninguna noche del halcón. Y porque Bashir no habla con nadie que no le lleve una bandeja de pasteles de dátiles. De los buenos. Los de la panadería de la calle del Pozo.

Nour parpadeó.

—¿Quiere decir que el secreto más grande del reino se desbloquea con repostería?

—Con repostería y mucha paciencia. Aunque yo le recomendaría ir disfrazada.

—¿De qué?

—De alguien que no llame la atención.

—¡Entonces estoy salvada! —dijo ella con entusiasmo—. Soy una experta en no llamar la atención. Es mi especialidad. Nadie me ha mirado en la biblioteca durante cuatro años.

Yusuf se levantó, la observó de arriba abajo con ternura infinita y murmuró:

—Hija mía, con ese rostro y esos ojos, usted podría disfrazarse de alfombra y la reconocerían igual.

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La mañana siguiente empezó con una misión de alta seguridad que Nour bautizó como Operación Pastel de Dátil.

El equipo estaba formado por tres miembros: ella, Samar, y el jeque Amir, que había aceptado participar con la misma alegría con que un gato acepta un baño.

—No pienso disfrazarme —anunció él, apoyado en la pared con los brazos cruzados.

—Ni yo se lo estoy pidiendo —respondió Nour mientras Samar le abrochaba por detrás un uniforme gris de criada—. Usted solo tiene que... aparecer en el momento oportuno y poner cara de poderoso.

—Siempre tengo cara de poderoso.

—Por eso. Es muy útil. Aunque podría añadir un poco menos de enfado, si no es molestia.

—Es mi expresión natural.

—Pues entonces el disfraz lo necesita más usted que yo.

Samar se mordió el labio para no reír. Nour se miró en el espejo con una mezcla de horror y orgullo. El vestido de criada le quedaba grande en los hombros, el pañuelo gris le tapaba medio pelo y había una mancha de harina en el delantal, que Samar insistió en dejar «para dar autenticidad».

—Parezco una bibliotecaria que se ha perdido en una panadería.

—Parece una criada muy convincente, mi señora.

—Lo que parezco es una persona que va a tropezar con una bandeja.

—Si tropieza —intervino el jeque, con su voz grave—, procure que sea hacia el lado contrario al mío.

—No prometo nada.

—Eso es justo lo que me preocupa.

Salieron del ala privada por una puerta lateral que Amir conocía desde niño. Nour caminaba detrás de él, con la bandeja de pasteles en las manos y el corazón latiéndole tan fuerte que temía que la oyera todo el palacio. Samar iba unos pasos más atrás, con la mirada gacha, representando el papel de doncella discreta con un talento que Nour envidió profundamente.

—Recuerde —susurró Amir sin girar la cabeza—. Cabeza baja, pasos cortos y ojos al suelo.

—Cabeza baja, pasos cortos y ojos al suelo —repitió ella—. ¿Y si me encuentro con un tigre?

—¿Por qué siempre habla de tigres?

—Por si acaso.

—No hay tigres en el palacio.

—Eso dijeron también de la pluma roja y mire.

Amir giró apenas el rostro, y Nour habría jurado que, bajo su máscara de severidad, estaba conteniendo una carcajada.

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Los archivos reales ocupaban una torre vieja y desvencijada en el extremo oeste del palacio, a la que se llegaba por un puente de piedra cubierto de enredaderas. Dentro, el aire olía a pergamino, a polvo y a cuarenta años de olvido. Había estanterías hasta el techo, rollos de papel apilados en el suelo, y una luz amarillenta que se filtraba por ventanas tan sucias que parecían pintadas.




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