La Inocente Novia Del Jeque

Capítulo 6: Un antídoto, una llave y muy poca dignidad

Nour descubrió en aquel pasillo que correr con un delantal manchado de miel, unas sandalias de criada y el corazón en la garganta es mucho más difícil que correr con zapatillas deportivas, pero que la desesperación hace milagros.

—¡Alteza! —gritaba detrás del jeque—. ¡No tan rápido! ¡Yo tengo las piernas de una persona que ha pasado cuatro años sentada detrás de un mostrador!

—Entonces no corra.

—¡Pero la regla de la señora Fadwa!

—¡A la regla de la señora Fadwa!

—¡No diga eso, que me va a perseguir en sueños!

Subieron escaleras, cruzaron galerías y atravesaron un patio de columnas donde dos guardias se apartaron de un salto al ver al heredero pasar como una tormenta. Ninguno se atrevió a preguntar por qué la futura jequesa iba vestida de criada, con harina en el pelo y un higo aplastado pegado a la manga. Nour agradeció su discreción con un gesto de cabeza que le salió más bien como un tic.

La puerta del despacho del consejero Rashid era doble, de cedro oscuro, con el escudo del halcón tallado en el centro. Amir ni siquiera llamó. La abrió de un empujón con ambas manos y entró como si el edificio le debiera dinero.

—¡Rashid!

El consejero estaba sentado detrás de un escritorio inmenso, firmando papeles con una pluma de oro. Levantó la vista despacio, sin sorpresa aparente, y dejó la pluma en su soporte con una calma insultante.

—Alteza. No sabía que teníamos audiencia.

—No la tenemos. Yusuf está envenenado.

—Lo sé. Me lo han comunicado hace diez minutos.

—¿Y ha hecho algo?

—He mandado llamar al doctor Idris.

—El antídoto está en la torre norte. Y la llave la tiene usted.

Rashid se recostó en su sillón. Tenía unos ojos verdes y fríos que, a la luz de las lámparas, parecían dos trozos de cristal pulido. Nour lo miró y recordó la nota de su madre con tanta nitidez que casi sintió la tinta en las yemas de los dedos.

—La llave de la torre norte —dijo Rashid con lentitud— solo puede entregarse con el voto de tres miembros del Consejo. Es un protocolo establecido hace doscientos años para evitar que ningún hombre, por poderoso que sea, disponga de los remedios del reino a su capricho.

—Yusuf se está muriendo —replicó Amir, con una voz tan baja que daba más miedo que un grito—. No tengo tiempo para sus doscientos años.

—La ley es la ley.

—La ley, Rashid, se hizo para proteger vidas. No para esperar sentada a que se apaguen.

—Alteza, comprendo su angustia, pero si me salto el protocolo una sola vez, el Consejo tendrá motivos para decir que el heredero y yo conspiramos. Y justamente ahora, con la sucesión pendiente...

Nour dio un paso adelante. Hasta entonces se había mantenido a la sombra del jeque, con la cabeza gacha, como indicaban las reglas de una criada. Pero las reglas de una criada no incluían quedarse callada mientras un hombre de ojos verdes jugaba con la vida de Yusuf.

—Consejero Rashid —dijo, con una vocecita educada que le salió del fondo del alma de bibliotecaria—, ¿puedo hacerle una pregunta sobre procedimiento?

Rashid la miró con desdén.

—¿Quién es usted?

—Una criada muy curiosa. Lo que quería saber es qué dice exactamente el protocolo cuando hay una emergencia vital.

—Hay una cláusula de excepción, pero es para casos de guerra.

—¿Y envenenar al consejero personal de la familia real no es una forma de guerra?

—No en términos legales.

—¿Y en términos prácticos?

Rashid se quedó callado un instante.

—Cuidado, muchacha —dijo en tono bajo—. Está hablando con quien no debe.

—Lo sé. Pero también sé algo más. —Nour sacó de debajo del delantal un papel doblado, que no era ninguna de las hojas del cronista sino la copia del protocolo real que Samar le había dado esa mañana, en un gesto de ayuda que ella había aceptado con cara de sospecha—. Aquí, en la página cuarenta y dos, dice que cualquier miembro del Consejo puede autorizar la apertura de la torre norte si hay riesgo de muerte inminente de un oficial de la corte. Y si lo hace, solo tiene que dejar constancia por escrito dentro de las veinticuatro horas siguientes.

Silencio absoluto.

Rashid parpadeó. Amir se giró hacia ella con una ceja arqueada.

—¿Esa página existe? —preguntó el jeque en voz baja.

—Existe —susurró Nour—. Lo que no existe es el dibujo. Pero eso no se lo cuente a nadie.

Rashid se levantó con lentitud, tomó el papel de las manos de Nour y lo examinó con los labios apretados. Pasó un largo minuto durante el cual solo se oyó el crepitar de una lámpara de aceite. Nour contuvo la respiración. Si el hombre notaba que la letra del documento era de Samar y que la «página cuarenta y dos» era en realidad un apunte que su doncella había transcrito de memoria, la mentira se desmoronaría y ella acabaría en un calabozo.

Pero entonces Rashid levantó la vista, la miró con una expresión extraña, a medio camino entre la molestia y la admiración, y suspiró.

—Qué lista es usted para ser una simple criada.

—Me lo dicen mucho.

—Y qué poco discreta.

—Eso también.

—Bien. —El consejero abrió un cajón de su escritorio, sacó una llave larga de hierro, negra y pesada, y la dejó caer sobre la mesa con un tintineo seco—. La torre norte. Pero yo iré con ustedes.

—No es necesario —dijo Amir.

—Sí lo es. Si algo desaparece de allí, quiero ser testigo de que no fui yo.

El jeque y el consejero se sostuvieron la mirada. Nour, entre ambos, sintió que la temperatura de la habitación bajaba diez grados.

—Está bien —aceptó Amir—. Pero camine delante.

—Naturalmente —sonrió Rashid—. Ya sabe que no me gusta que me apunten con la espalda.

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La torre norte era el edificio más alto del palacio y el más desagradable. Tenía ciento sesenta escalones, una escalera de caracol tan estrecha que Nour tuvo que subirla de lado, y un aire frío y húmedo que olía a hierbas secas, a mercurio y a cosas muertas hace mucho tiempo. Cada diez peldaños había una ventanita estrecha por donde se veía el desierto oscurecerse bajo las primeras estrellas.




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