Nour no durmió esa noche. Lo había intentado, de verdad, con todos los métodos que conocía: contar ovejas, contar libros, contar los defectos de su prometido (le salieron pocos, y eso la inquietó más que cualquier veneno). A las cuatro de la madrugada se rindió, se sentó en la cama y le habló a la pared.
—Si mi abuelo, o lo que sea, me va a contar un secreto de veintidós años, lo mínimo que puedo hacer es presentarme despierta.
La pared no contestó. Era una pared muy profesional.
Samar entró a las cinco con una bandeja de té y unos ojos que decían claramente «yo tampoco he dormido».
—Mi señora, el jeque la espera en el pasillo. Dice que se ponga algo cómodo, oscuro y silencioso.
—¿Silencioso? ¿Cómo se viste uno de silencioso?
—Sin pulseras, sin perfumes y sin zapatos que hagan clac.
—Entonces voy desnuda.
—¡Mi señora!
—Es una broma, Samar. Una broma de las malas. Dame el vestido gris.
Se vistió en tres minutos, se recogió el pelo con un pañuelo oscuro y se miró al espejo. Tenía ojeras de bibliotecaria con plazo de entrega y una expresión de determinación que le quedaba rara en la cara.
—Parezco una ladrona de guante blanco con complejo de heroína.
—Parece usted muy valiente, mi señora.
—Parezco alguien que no ha desayunado. Dame un dátil.
—¿No decía que de nadie sin presentar?
—Este dátil lo presentó Yusuf antes de intoxicarse. Tiene credenciales.
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El jeque la esperaba con la espalda pegada a la pared y una expresión de hierro, vestido de negro de pies a cabeza. Con aquella ropa y la luz mortecina del pasillo, parecía una sombra con opiniones.
—Llega tarde.
—Son las cinco y doce.
—Dije cinco.
—Dijo «al amanecer». El amanecer, que yo sepa, todavía no ha empezado.
—Señorita Nour, si discute conmigo antes de que salga el sol, es que no ha dormido.
—Y usted tampoco, porque está de peor humor que ayer, que ya es decir.
Amir apretó los labios, y Nour jura que vio cómo se le movía una comisura. Pero el jeque no dijo nada. Se dio la vuelta y echó a andar por el pasillo con paso silencioso. Ella lo siguió, tratando de caminar «con urgencia elegante» y logrando, como mucho, «con prisa pudorosa».
Atravesaron galerías desiertas, bajaron por una escalera de servicio, cruzaron un patio helado donde las fuentes dormían y subieron por otro pasadizo oculto tras un tapiz de caza. Allí, Amir se detuvo y se llevó un dedo a los labios.
—Los aposentos del rey están vigilados por la guardia del Consejo —susurró—. No por la mía. Hay que pasar por el pasadizo de la lavandería.
—¿La lavandería?
—Fue construido para que las criadas llevaran la ropa limpia sin cruzarse con la corte.
—Qué práctico. Qué moderno. Qué olor a lejía.
—Silencio.
Entraron en un corredor estrecho, de techo bajo, con cestas de mimbre apiladas a los lados. Nour avanzaba pegada a la espalda del jeque, y en un momento dado tropezó con una cesta, que cayó con un estruendo de campana.
Los dos se quedaron inmóviles. El eco rebotó por todo el pasadizo, cada vez más débil.
—Lo siento —musitó ella, sin voz.
—Respire.
—Intento no hacerlo, por si acaso.
—No es la mejor estrategia.
Amir apoyó la oreja contra la pared. Esperó. Pasaron diez segundos eternos, luego veinte, y nada se movió. Cuando por fin se enderezó, miró a Nour, y en su rostro no había reproche, sino un cansancio casi tierno.
—Deje de comportarse como un pato.
—¡Ya sabe lo del pato!
—Me lo contó Samar.
—¡Traidora!
—Lleva usted una lista bastante larga de traidores.
—Me está saliendo un hobby.
Llegaron por fin a una puerta pequeña de madera oscura, tan baja que Amir tuvo que agacharse para pasar. Detrás había una antecámara con una única lámpara y una cortina de terciopelo rojo que ocultaba el resto de la estancia. Del otro lado se oía una respiración lenta y pesada.
Nour tragó saliva.
—¿Y si está dormido?
—No está dormido.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque mi abuelo —dijo Amir, con un matiz extraño en la voz— lleva tres años fingiendo.
Corrió la cortina.
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La habitación del rey Faisal olía a incienso, a medicina y a cosas viejas. Era enorme y casi vacía, con una cama de dosel en el centro, cubierta de mantas de lana, y un ventanal por donde empezaba a filtrarse la luz gris del amanecer. En la cama, apoyado sobre una pila de almohadones, había un anciano flaquísimo, de barba blanca, piel traslúcida y manos como ramas secas.
Tenía los ojos cerrados. Respiraba pausadamente. Parecía el hombre más dormido del mundo.
—Abuelo —dijo Amir con suavidad.
Nada.
—Abuelo, soy yo.
Nada.
—Abuelo, he traído a Nour.
Un ojo se abrió. Luego el otro. Y entonces el anciano soltó, con una voz ronca, vieja y sorprendentemente vivaz:
—Por fin. Creí que se me iban a pudrir las nalgas esperando.
Nour dio un salto atrás. Amir cerró los ojos con resignación.
—Abuelo...
—¡Tres años, muchacho! ¡Tres años con la espalda en esta cama, haciéndome el moribundo, comiendo caldo y escuchando a Idris hablar de mi mala circulación! ¡Una circulación, además, que es excelente! —Se incorporó de golpe, con una agilidad que desmentía su aspecto, y se acomodó los almohadones—. ¿No me abrazas, gruñón? ¿Tantos años y ni un abrazo?
—Es usted un anciano muy enfermo —dijo Amir con la ceja arqueada.
—Soy un anciano muy hambriento. Y tú un nieto muy desagradecido.
Sin embargo, el jeque se acercó, se inclinó sobre la cama y lo abrazó con una torpeza que a Nour le hizo un nudo en la garganta. El rey Faisal le palmeó la espalda con una mano temblorosa y por un instante cerró los ojos con una sonrisa enorme y desdentada.
—Muchacho —murmuró—. Cuánto te pareces a tu padre. Y qué poco a mí, gracias a Dios.
Entonces, sobre el hombro de Amir, miró a Nour. Y toda su cara cambió.
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Editado: 18.10.2026