La Inocente Novia Del Jeque

Capítulo 8: Dos camellos, un secreto y ninguna dignidad

Pasaron casi una hora dentro de aquel pasadizo, pegados a la pared, respirando por turnos, hasta que el último bote de botas se perdió escaleras abajo y el silencio volvió a ocupar la habitación del rey.

—Ya se han ido —susurró Nour.

—No lo sabemos.

—Lo sé porque me ha dejado de latir el corazón en las orejas.

—Eso es mala señal.

—Es una señal de que estoy viva y asustada. Es lo mismo que ayer, pero con menos espacio.

Amir empujó el panel con cuidado. Por la rendija se veía el armario, los trajes de gala del rey y, al otro lado de las puertas entreabiertas, un rayo de sol dorado que ya calentaba la alfombra. Salieron arrastrándose entre abrigos de lana bordados con hilo de oro. Nour acabó con una manga colgándole del pelo y la cara llena de polvo.

El rey Faisal estaba de nuevo en su cama, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, roncando con tal convicción que Nour estuvo a punto de creérselo. Pero cuando pasaron junto a él, entreabrió un párpado, les guiñó el ojo y murmuró sin mover los labios:

—Tres días hasta el oasis. Llevad agua. Y no os fiéis de ningún camello que sonría.

—¿Los camellos sonríen? —preguntó Nour.

—Los peores, sí.

Volvió a cerrar el ojo, y el ronquido continuó como si nada.

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La preparación del viaje fue una operación de estado mayor, dirigida por una cocinera de ochenta y cinco años con un cucharón.

—¡Pan! —gritaba Umm Zaynab, lanzando hogazas a un saco—. ¡Dátiles! ¡Queso curado! ¡Cecina! ¡Agua, mucha agua! ¡Y esto!

—¿Qué es? —preguntó Nour, sosteniendo un tarro de cristal con algo oscuro y viscoso.

—Mermelada de higos. Para cuando tengáis el ánimo por los suelos.

—¿Y esto otro?

—Mermelada de higos con pimienta. Para cuando lo tengáis por los suelos y además tengáis que discutir.

—¿Y esto?

—Un cucharón.

—¿Para qué?

—Para todo.

Amir, que observaba la escena desde la puerta de la despensa con los brazos cruzados, vestido con una túnica marrón de mercader y un turbante polvoriento que ya no tenía nada de real, carraspeó.

—Umm Zaynab, vamos a un viaje discreto, no a una expedición militar.

—Un viaje discreto con el estómago vacío es una expedición mal planificada. —La anciana le clavó el cucharón en el pecho—. Y tú te callas, que todavía me debes un cucharazo por lo de ayer.

—Ayer no hice nada.

—Por si acaso.

A pocos metros, Samar sostenía un fardo de ropa con los ojos rojos. Nour se acercó y le tomó las manos.

—Samar, no tienes por qué hacerlo.

—Quiero hacerlo, mi señora.

—Vas a quedarte en mi habitación, metida en mi cama, fingiendo que tengo fiebre y que no puedo recibir a nadie. Si Dalia o Rashid sospechan, te interrogarán. Y no sé qué serían capaces de hacerte.

—Lo sé. —La muchacha alzó la barbilla, y por primera vez Nour vio en ella algo que no era timidez—. Pero usted fue la primera persona que me trató como a una igual. Si hay que mentir, miento. Y miento muy bien. Lo aprendí de mi abuela.

—¿Y qué dice tu abuela?

—Que la mentira más fuerte es la que se dice con la cara de estar muy aburrido.

Nour la abrazó con tal fuerza que Samar soltó un quejido.

—Cuando todo esto termine, te voy a mandar una postal de cada reino de la tierra.

—Con una basta, mi señora.

—Con doscientas. Y una biblioteca entera.

Amir los observaba desde lejos con una expresión extraña, y por un momento Nour creyó que iba a decir algo. Pero solo murmuró:

—Hay que irse. El sol ya está alto.

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El camello se llamaba Su Excelencia.

Lo habían llamado así en señal de burla hacia el consejero Rashid, pero el nombre le sentaba como un guante: tenía la barbilla alta, los labios gruesos, los ojos entrecerrados de quien lleva siglos juzgando a la humanidad y una dentadura enorme que mostraba en una especie de sonrisa perpetua.

Nour lo miró y se detuvo en seco.

—No.

—Es un animal tranquilo —dijo el mozo de cuadra, un muchacho que había sido sobornado con dos pasteles de dátiles y la promesa de que nadie sabría su nombre.

—Está sonriendo.

—Es su cara natural.

—El rey Faisal dijo que no me fiara de ningún camello que sonriera.

—El rey Faisal está senil —replicó el mozo con cara de absoluta inocencia.

—Eso dice él. Pero no es verdad.

—Señorita Nour —interrumpió Amir, ya montado sobre un camello gris mucho más discreto y de aspecto menos teatral—. Sube. No hay tiempo.

—¿Cómo se sube?

—Se agarra la silla, se pone el pie ahí y se salta.

—¿Y el camello qué hace?

—Se levanta.

—¿Con rapidez?

—Con rapidez.

—¿Y si me caigo?

—Pues se cae.

—Qué alentador. Me ha dado usted una gran confianza.

Nour apoyó el pie en el estribo, se agarró con las dos manos, saltó, perdió el equilibrio, se agarró con más fuerza, soltó un grito agudo, y de pronto el animal se incorporó con un bufido que la lanzó hacia atrás como una catapulta. Quedó sentada de lado, con una pierna colgando, el turbante torcido sobre un ojo y los dedos incrustados en el pelaje.

—¡Esto no es seguro! —chilló.

—¡Siéntate recta!

—¡Estoy recta! ¡Es el camello el que está inclinado!

—Los camellos no se inclinan.

—¡Este sí! ¡Es un camello rebelde!

Su Excelencia giró la cabeza, la observó con el ojo izquierdo y emitió un sonido gutural que sonó inequívocamente a carcajada. Nour se quedó muda.

—Se está riendo de mí.

—Los camellos no se ríen.

—Pues este sí. Y estoy segura de que me está insultando en un idioma que yo no hablo.

Amir se tapó la boca con una mano. Los hombros le temblaban.

—No se atreva a reírse.

—No me río.

—Se le nota en los hombros.

—Es el viento.

—No hay viento.

—Es... un temblor del desierto.

Nour estaba a punto de lanzarle el cucharón cuando el mozo de cuadra, muy serio, dio una palmada al camello. Su Excelencia echó a andar con un balanceo cadencioso, y de repente ella descubrió que, una vez que se acostumbraba al movimiento, resultaba hasta agradable. Como estar en una mecedora gigante con opiniones propias.




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