La Inocente Novia Del Jeque

Capítulo 9: La mujer de los anillos

Nour descubrió al mediodía que existe un tipo de miedo que solo se experimenta sobre un camello al galope, y que consiste en aceptar que tu vida depende de un animal que te desprecia.

—¡Su Excelencia! —gritaba, aferrada a la joroba con ambos brazos—. ¡Le prometo mermelada de higos! ¡Un cucharón! ¡Mi limonero, si hace falta! ¡Pero frene un poco, por favor!

Su Excelencia no frenó. Giró la cabeza, le mostró aquella sonrisa enorme de dientes amarillos y aceleró.

—¡Está disfrutando! —chilló ella.

—¡Los camellos no disfrutan! —respondió Amir, que cabalgaba a su lado con el turbante hecho jirones y una calma insultante.

—¡Pues este sí! ¡Me está tomando el pelo a lo grande!

—¡Agáchese!

—¿Por qué?

—¡Flechas!

Nour se aplastó contra el lomo justo cuando algo silbó sobre su cabeza y se clavó en la arena, a tres metros. Se atrevió a mirar atrás y deseó no haberlo hecho. Los diez jinetes del Consejo se habían convertido en una nube negra de polvo con antorchas verdes que ya no parecían de adorno, y al frente, sobre una yegua blanca como la leche, con el cabello suelto ondeando y una túnica de seda color esmeralda, cabalgaba la princesa Dalia.

Sonreía. Incluso desde lejos, Nour podía ver que sonreía.

—¡Es la mujer más inquietante que he visto en mi vida! —gritó.

—¡Mire hacia delante!

—¡Miro hacia donde me da la gana!

—¡Hay una duna!

—¡Siempre hay una duna! ¡Estamos en un desierto!

—¡Esta es más grande!

Nour levantó la vista y vio una pared de arena rojiza que se alzaba frente a ellos como una ola congelada. Abrió la boca para protestar, pero Su Excelencia ya había decidido: subió la pendiente a una velocidad que desafiaba toda lógica, la lanzó hacia delante en la cima y descendió por el otro lado con la dignidad de un trineo furioso.

Cuando llegaron abajo, Nour se dio cuenta de que había estado gritando la misma palabra durante cinco segundos seguidos.

—¡Aaaaaah!

—Puede parar —dijo Amir con suavidad.

—Ya sé que puedo. Es que no quiero.

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Los jinetes ganaban terreno. Amir lo sabía; lo veía en el modo en que apretaba la mandíbula y en cómo sus ojos recorrían el horizonte buscando una salida.

—Hay un cañón a media hora —dijo—. La Garganta del Viento. Es estrecho y peligroso, pero solo se puede pasar de uno en uno. Si logramos entrar antes que ellos, tendrán que desmontar o rodear la sierra, y eso les costará medio día.

—¿Por qué se llama Garganta del Viento?

—Porque cuando sopla, aúlla como una mujer a la que le han quitado un hijo.

—Qué poético.

—Y mortal.

—Eso ya no tanto.

El cañón apareció de pronto, como una cicatriz abierta en la roca: dos paredes de piedra roja de cincuenta metros de altura, tan juntas arriba que apenas dejaban ver una rendija de cielo. Amir entró primero, tirando de las riendas de su camello. Nour lo siguió, con los ojos entrecerrados y las uñas clavadas en la silla.

Dentro, la luz era de un naranja mortecino y el aire olía a piedra caliente. El camino se estrechaba tanto en algunos puntos que las rodillas rozaban las paredes. Todo estaba en silencio, salvo el eco de las pezuñas.

—Me da un poco de miedo —admitió Nour.

—A mí también.

—¿A usted? ¿El implacable heredero del trono?

—Tengo mis momentos.

—¿Y cuáles son?

—Este. Y cuando usted se pone a cantar.

—¿Yo canto?

—Tararea. Sin darse cuenta.

—Ah. —Nour se mordió el labio—. ¿Y le molesta?

Hubo una pausa breve.

—No —dijo él, sin volverse—. Es lo único que me tranquiliza.

El corazón de Nour dio un salto tan fuerte que Su Excelencia, que lo notó, giró la cabeza hacia ella con una ceja arqueada, que en un camello es un gesto muy elocuente.

—No me mire así —le susurró—. Es una conversación privada.

Un bufido le contestó, que Nour interpretó como: «Todo el cañón lo ha oído».

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Estaban a mitad del desfiladero cuando se oyó un rumor lejano, como de bestias enormes respirando. Al principio pensó que eran los jinetes. Después comprendió que venía de arriba.

—Amir —dijo, con voz repentinamente aguda—. ¿Eso es el viento?

—No debería soplar a esta hora.

—Pues sopla.

Una ráfaga helada recorrió el cañón de punta a punta, levantó polvo, arrancó el velo de Nour y lo lanzó volando hacia las rocas. Y entonces, el desierto empezó a aullar. Un sonido profundo, largo, que subía y bajaba como el lamento de un animal gigante.

—¡Pegue la espalda a la pared! —gritó Amir.

—¿Cuál?

—¡La que sea!

—¡No sé cuál es mejor!

—¡La que no se vaya a caer!

—¡Todas parecen igual de decididas!

Un muro de arena apareció al fondo del cañón, avanzando hacia ellos como una pared viva. Amir saltó de su camello, agarró las riendas de Su Excelencia, los obligó a arrodillarse con una orden seca, y empujó a Nour hacia el suelo.

—¡Cúbrase la cara! ¡Respire a través de la tela!

Nour se acurrucó contra el flanco del camello, con la capa de Amir sobre la cabeza y el corazón desbocado. El mundo desapareció. Solo había ruido, arena, un peso brutal sobre los hombros y la sensación de que alguien rugía sobre su espalda. Duró un minuto o una hora. No habría sabido decirlo.

Cuando por fin cesó, el silencio fue tan enorme que le zumbaron los oídos. Levantó la cabeza, escupió arena, se frotó los ojos y se encontró con el rostro de Amir, a diez centímetros del suyo, cubierto de polvo rojo, con las pestañas llenas de arenilla y una expresión de alivio tan desnuda que le cortó la respiración.

—Está viva —dijo él.

—Eso parece.

—No se ha roto nada.

—Salvo mi dignidad.

—Esa ya la había perdido en el primer camello.

Nour soltó una carcajada que se convirtió en tos. Él sonrió. Y por un instante que pareció eterno, ninguno de los dos se movió. Estaban demasiado cerca, demasiado cansados, demasiado vivos.




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