La baba de camello, descubrió Nour en aquel instante, es uno de los líquidos más espesos, verdes y ofensivos que existen en la naturaleza.
La princesa Dalia soltó un chillido que hizo vibrar los vasos de la mesa. El puñal de plata voló de su mano, rebotó contra la pared y fue a parar al fondo de la olla de lentejas. Ella retrocedió con las manos en la cara, la túnica de seda pegada al pecho y un hilo viscoso colgándole de la barbilla.
—¡Mi cara! —gritaba—. ¡Mi preciosa cara!
—Le queda muy bien —dijo Nour, sin poder contenerse—. Le da color.
Su Excelencia soltó un bufido satisfecho, giró la cabeza y la miró con aquella sonrisa inmensa que decía, claramente: «De nada».
—¡Cójanlos! —aulló Dalia, tambaleándose hacia la puerta—. ¡A todos! ¡Y mátenlo a él primero!
Los diez jinetes del Consejo irrumpieron en la casa con las espadas desenvainadas, y la pequeña vivienda de Layla se convirtió en cuestión de segundos en el escenario de una batalla que ninguno de los presentes había planeado.
Amir fue el primero en reaccionar. Se lanzó hacia delante, desvió con la daga el golpe de un soldado, lo empujó contra la pared y le arrebató el sable en un solo movimiento tan limpio que Nour, desde el suelo, soltó un suspiro involuntario de admiración.
—Nour —gritó él sin volverse—. ¡Al fondo! ¡Con su madre!
—¿Y usted?
—Yo me ocupo.
—¡Son diez!
—Son ocho. Su camello se ha llevado a dos.
Era cierto. En el rincón, Su Excelencia mantenía acorralados a dos guardias contra el telar, mordisqueándoles el turbante con parsimonia, como un maestro de ceremonias que decide a quién humillar primero.
—¡Quítenme esa bestia de encima! —gritaba uno.
—Es una bestia con principios —murmuró Nour.
Layla la agarró del brazo.
—Hija, escucha. Hay una trampilla bajo la alfombra del rincón. Da a un túnel que sale al pozo viejo, a trescientos pasos de aquí. Hace veinte años que lo tengo preparado.
—¿Veinte años? ¿Esperaba a alguien?
—Esperaba esta noche, mi luna. Sabía que llegaría. Vamos.
Nour agarró el pergamino medio revelado, se lo metió dentro del vestido y se arrastró detrás de su madre hacia el rincón. Pero justo cuando Layla levantaba la alfombra, un soldado se plantó delante de ellas, bloqueándoles el paso con una espada que casi rozaba la nariz de Nour.
—Ni un paso más, señoras.
Nour lo miró. El soldado era alto, ancho y de expresión poco inteligente. Tenía una cicatriz en la ceja y una mueca de triunfo que le dio muchísima rabia.
Entonces recordó el contenido de su bolsillo.
Metió la mano, sacó un tarro de cristal y lo destapó con una sonrisa tranquila.
—Perdone, caballero. ¿Le gusta la mermelada de higos?
—¿Qué?
—Es una pregunta sencilla.
—Pues... sí.
—Qué bien. Esta es especial. Lleva pimienta.
Y le estampó el tarro entero en la cara.
El soldado aulló. Un alarido agudo, inhumano, que hizo callar durante un segundo todos los demás ruidos de la casa. Soltó la espada, se llevó las manos a los ojos y empezó a dar vueltas sobre sí mismo, chillando que se quemaba, que veía fuego, que le habían echado un hechizo.
—No es un hechizo —dijo Nour con voz dulce—. Es receta de familia.
Y le dio un empujón con ambas manos, que lo mandó de espaldas contra la mesa de las lentejas.
Layla la miraba boquiabierta.
—¿De dónde has sacado eso?
—Me lo dio Umm Zaynab. Dijo que era para cuando tuviera el ánimo por los suelos y además tuviera que discutir.
—Esa mujer es un genio.
—Es un arma estratégica.
Un segundo soldado se abalanzó sobre ellas, con la espada alta. Nour sacó de la alforja, sin pensarlo, el cucharón de madera de Umm Zaynab, lo blandió como una maza y le asestó un golpe seco en la rodilla. El hombre cayó de rodillas, aullando. Nour lo contempló con asombro.
—Funciona.
—¿Has oído hablar del honor de los cucharones? —dijo Layla, con orgullo—. Mi madre usaba uno igual.
—Entonces es herencia.
—Es historia.
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Al otro lado de la habitación, Amir peleaba contra tres hombres a la vez. Se movía con una gracia casi cruel, esquivando un tajo, devolviendo otro, empujando a un adversario contra la pared y desarmando al siguiente con el filo de la espada. Tenía una herida superficial en el brazo izquierdo y la túnica rasgada, pero luchaba con una frialdad tan perfecta que a Nour se le quedó la mirada clavada en él, aunque tenía un cucharón en la mano y un soldado quejándose a sus pies.
—¡Alteza! —gritó uno de los guardias, retrocediendo—. ¡No queremos hacerle daño!
—Entonces no me lo hagan.
—¡Son órdenes de la princesa!
—La princesa no es la jefa del reino.
—¡Es la jefa del Consejo de Seguridad!
—¿Desde cuándo?
—¡Desde esta mañana!
Amir se quedó un instante inmóvil, con la espada en alto.
—¿Qué?
—El consejero Rashid ha sido destituido. Esta mañana, al amanecer. Por traición.
Un silencio helado cayó sobre la sala. Nour sintió un vuelco. Layla se llevó una mano al pecho.
—No puede ser —murmuró Amir.
—Es la verdad, Alteza. La princesa Dalia presentó pruebas. Dijo que Rashid había envenenado al consejero Yusuf y que usted lo encubría.
—¡Mentira!
—No lo sé, Alteza. Solo obedezco órdenes.
El jeque bajó lentamente la espada. Su rostro era una máscara de hielo, pero Nour, que ya empezaba a leerlo, vio cómo los nudillos se le ponían blancos sobre la empuñadura.
—Entonces —dijo en voz muy baja—, tengo dos opciones. O me rindo y me llevan ante un Consejo manipulado, o me defiendo.
—Alteza...
—Elijo la segunda.
Y atacó.
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El caos se desató por completo. Nour, arrastrando a Layla, logró meterse por la trampilla. Bajó unos peldaños de piedra resbaladiza, se detuvo, miró hacia arriba y comprobó que Amir seguía luchando. Un soldado le había herido en el costado. Él se tambaleó, escupió una maldición que habría hecho enrojecer a la señora Fadwa, y contraatacó con una fuerza sorprendente.
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Editado: 18.10.2026