La Inocente Novia Del Jeque

Capítulo 11: Peregrinos, mudos y un camello con antecedentes

Amanecieron con arena en el pelo, sabor a camello en la boca y un silencio muy particular, el de cuatro seres vivos que han tenido una noche demasiado larga y no quieren ser los primeros en hablar.

Nour abrió un ojo. Tenía la cabeza apoyada en algo cálido, peludo y ligeramente húmedo.

—Su Excelencia —murmuró—. Le agradezco el detalle de hacerme de almohada, pero se está comiendo mi pañuelo.

El camello masticó con serenidad, la miró de reojo y siguió masticando.

—Es mi pañuelo favorito.

Otro mordisco.

—Es el único que tengo.

El pañuelo desapareció por completo. Nour suspiró y se incorporó, con la espalda hecha una tabla, las rodillas protestando en un idioma desconocido y la sensación de que había envejecido veinte años en tres días. A pocos pasos, Layla removía unas brasas con un palo, y Amir, sentado contra una roca con la túnica abierta y la venda ya algo manchada, miraba el horizonte con cara de general que ha perdido una batalla contra un animal rumiante.

—Buenos días —dijo Nour con voz ronca.

—Se ha comido el nombre del traidor —respondió Amir, sin volverse.

—Buenos días a usted también.

—Lo digo para que no se nos olvide.

—Créame, no se nos va a olvidar.

—Tres letras. Tres. D, A, R. Si algún día escribo mis memorias, el capítulo se va a titular «El camello».

—Yo ya tengo el título del mío —dijo Nour, sentándose a su lado—. «Cómo llegué a conocer a mi familia y por qué no debería haber abierto aquel sobre».

—¿Se arrepiente?

Nour pensó la respuesta un momento. Miró a Layla, que le sonreía desde el fuego con los ojos todavía hinchados de felicidad. Miró al hombre que tenía al lado, con el pelo revuelto y una sombra de barba de tres días que, vaya injusticia, le sentaba espantosamente bien.

—No —dijo al fin—. Ni un poquito. Aunque sí echo de menos mi caldera.

—¿Su caldera?

—Nunca funcionaba, pero era mía.

Amir sonrió. Se lo había visto hacer cuatro veces en total, y Nour llevaba la cuenta con la disciplina de una bibliotecaria obsesiva. Esta era la quinta.

—Desayunad —intervino Layla, tendiéndoles pan duro y dátiles—. Tenemos mucho camino.

—¿Adónde exactamente? —preguntó Nour.

—Al Valle de los Halcones Dormidos. Allí está la necrópolis real. Y allí, al fondo, la tumba de Harun.

—¿Está lejos?

—A dos días. Detrás del palacio.

—¿Detrás del palacio? —Amir se enderezó—. Quieres decir que para llegar a la tumba hay que volver al mismo sitio del que huimos.

—Exacto.

—Qué conveniente.

—Es el lugar más seguro del mundo —replicó Layla, con un brillo travieso en los ojos—. Nadie busca a un fugitivo en la puerta de su propia casa.

Nour miró a Amir. Amir miró a Nour.

—Esa lógica —dijo él— es la más disparatada que he oído jamás.

—Y precisamente por eso funciona —añadió Layla—. Samira siempre decía lo mismo.

—Entonces es de familia —murmuró Nour—. Lo disparatado.

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Para entrar en el valle había que hacerse pasar por peregrinos.

Layla lo explicó mientras vendaba de nuevo el costado de Amir con las manos más delicadas que Nour había visto. Cada otoño, los fieles de todo el reino acudían a la necrópolis para el Festival de los Difuntos, una celebración de tres días en que las familias visitaban las tumbas de sus muertos, les dejaban dulces, rezaban y cantaban. Durante esos días, el valle se llenaba de miles de caravanas, tiendas, vendedores de velas y niños persiguiéndose entre las lápidas.

—Es la tapadera perfecta —dijo Layla—. Entre tanta gente, un halcón negro pasaría desapercibido.

—¿Y nosotros qué vamos a ser? —preguntó Nour, con un mal presentimiento.

—Una viuda piadosa, su hermana mayor y su cuñado mudo.

—¿Mudo? —Amir levantó la vista de golpe.

—Tu voz, querido, es la de un hombre acostumbrado a mandar. Si abres la boca delante de un soldado, te reconocen a media sílaba.

—No es verdad.

—Di «buenos días».

—Buenos días.

—¿Veis? —Layla se volvió hacia Nour—. Ha sonado como si me hubiera condenado a muerte.

—Es que le sale así, mamá. Es un defecto de fábrica.

—No pienso hacerme el mudo —protestó Amir.

—Tienes dos opciones —dijo Layla con dulzura—. O callas, o te pintamos de barro, te ponemos una cabra y te hacemos pasar por un pastor sordo.

Hubo un silencio.

—Mudo —cedió el jeque, con la dignidad de un rey que firma una rendición.

—Muy bien. Y para mayor autenticidad, tendrás que hacer gestos.

—¿Gestos?

—Los mudos hacen gestos. Es lo que los distingue.

Nour estuvo a punto de atragantarse con el dátil.

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Hacia el mediodía se incorporaron a una caravana de peregrinos que avanzaba lentamente por el camino del este, entre carros de bueyes, mulas cargadas de velas y viejecitas que rezaban en voz alta con un entusiasmo preocupante. Nour llevaba un velo negro, un vestido de luto prestado por Layla y una expresión de dolor profundo que había ensayado durante tres horas. Layla, a su lado, había sacado de su zurrón un manojo de pulseras de plata que tintineaban a cada paso, y avanzaba con el aire ligeramente ofendido de una tía mayor que lo ha visto todo.

Amir cerraba la marcha, tirando de Su Excelencia, con un turbante cubriéndole media cara y la boca cerrada con una firmeza que no admitía discusión.

—Qué bien lo hace —susurró Nour.

—Se nota que ha nacido para esto —respondió Layla, sin mover los labios.

Una peregrina entrada en años, de nariz ganchuda y ojos curiosos, se acercó al trote con un cesto de higos.

—Buenas tardes, hermanas. ¿Vienen de lejos?

—De muy lejos —dijo Nour, con voz quebrada—. Perdí a mi esposo hace dos semanas.

—Ay, hija. ¿De qué murió?

—De... de un... —Nour buscó desesperadamente una causa de muerte creíble—. De una indigestión de pastel de dátiles.

—Qué horror.

—Sí. Muy repentino. Un día estaba comiendo, y al siguiente... pues eso.




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