La Inocente Novia Del Jeque

Capítulo 12: Enterrados con vistas a una esmeralda

La oscuridad de una tumba sellada tiene una virtud: obliga a todo el mundo a decir lo que piensa.

-Esto es un desastre -dijo Rashid.

-Esto es un entierro prematuro -dijo Layla.

-Esto es lo que pasa por cantar -dijo Amir.

-¡Oiga! -protestó Nour-. La canción fue idea de la puerta.

-Se lo digo sin ánimo de ofender.

-Pues ha ofendido.

-Entonces con ánimo de ofender.

-Así está mejor. Por lo menos es honesto.

La luz azul de las estrellas pintadas se había apagado casi del todo. Solo quedaban unas velas que Layla había encendido de su zurrón, tres cabos de cera que iluminaban el sarcófago, los mosaicos y los rostros pálidos de cinco personas que, hasta hacía un minuto, se habían estado mirando con desconfianza y que ahora compartían el mismo problema: el aire.

-¿Cuánto tiempo tenemos? -preguntó Nour.

-Esta sala es grande -respondió Rashid, mirando el techo-. Y hay rendijas. Pero la llama ya tiembla. Un día. Quizá menos.

-¿Un día? ¡Qué amable! Pensé que serían diez minutos.

-Con tanta charla, quizá lo sean.

-Entonces dejemos de hablar y busquemos una salida.

-Ya lo estoy haciendo -dijo Dalia desde el suelo.

Todos se volvieron hacia ella. Seguía sentada junto a la columna, con la mano apretada sobre el corte del hombro, que sangraba a través de la seda verde. Tenía el cabello revuelto y los ojos enrojecidos. Nada quedaba de la mujer perfecta que había cabalgado sobre una yegua blanca. Parecía una muchacha de nueve años metida en el cuerpo de una mujer de treinta y uno.

-¿Qué estás haciendo? -preguntó Amir, con recelo.

-Contando. La tumba tiene doce columnas. Once tienen un relieve de halcón. Esta tiene una luna. -Dio un golpecito a la piedra con los nudillos-. Me lo enseñó ella, cuando me traía aquí de niña a rezar. Decía que si algún día me perdía, siguiera la luna.

-¿Ella?

Dalia cerró los ojos.

-Primero cúrate -intervino Nour, arrodillándose a su lado-. Después hablamos.

-No me toques. Soy tu enemiga.

-Eres una enemiga que sangra encima de una alfombra sagrada. Déjame ver.

-Nour -advirtió Amir.

-Es un corte, no una conspiración.

Sacó de su alforja una venda limpia, la botella de agua y el último tarro de mermelada de higos sin pimienta. Dalia la miró con aire incrédulo.

-¿Piensas curarme con mermelada?

-Pienso limpiarte con agua y vendarte con lino. La mermelada es para después, por si necesitas ánimos.

-Eres rarísima.

-Me lo dicen en todos los reinos.

Mientras le lavaba la herida, Nour notó que la princesa temblaba. No de dolor, sino de algo más hondo.

-¿Por qué me ayudas? -susurró Dalia.

-Porque me dijiste que no confiara en el nombre. Y porque en la casa de mi madre, antes de huir, estuviste a punto de decirme algo y una flecha te cortó. Ese gesto me lo apunto.

-Fue una flecha de los míos.

-Pues eso. Tus propios guardias te querían callar. Algo sabrás.

Dalia no respondió. Pero cuando Nour terminó de vendarla, le tomó la mano durante un segundo, apenas un roce, y la soltó enseguida, como si temiera quemarse.

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-Bien -dijo Rashid, con los brazos cruzados-. Ahora que la princesa está viva, y que todos hemos sobrevivido a una tarde de emociones, es hora de explicar el pergamino. Alteza, ¿quiere leerlo usted?

Amir tenía el papel en las manos. Lo había mirado tantas veces que las letras parecían grabadas a fuego en sus ojos. Lo levantó hacia la vela y leyó en voz alta una palabra:

-«Daryah».

Layla soltó un gemido ahogado. Rashid se llevó la mano a la frente. Nour miró alrededor.

-Perdón, pero soy la única que no sabe lo que significa, ¿verdad?

-Es un título muy antiguo -explicó Rashid, con una voz que de pronto sonó vieja-. «Daryah» significa «La Guardiana». Era la mujer encargada de cuidar a los hijos del rey desde la cuna hasta la mayoría de edad. Nodriza, institutriz, madre sustituta y jefa del ala infantil, todo a la vez.

-¿Y por qué es peligrosa?

-Porque la Daryah, desde hace siglos, tiene acceso a todo lo que toca a los niños reales: sus comidas, sus medicinas, sus tutores, sus secretos. Y custodia, además, el Registro de las Sustancias, esa lista de venenos y antídotos de la que hablaba el rey Faisal.

-Entonces sí podía envenenar a cualquiera.

-Podía, y puede. Pero hay algo más. -Rashid vaciló-. El título no se hereda por sangre. Se transmite por designación. Cuando una Daryah muere, la anterior, o el Consejo, elige a su sucesora entre las mujeres de la corte. Y quien es elegida no puede rechazar el cargo.

-¿Nunca?

-Jamás. Se considera la mayor de las honras. Y también la más pesada de las cadenas.

Nour recordó la frase de la carta: quien lo porta ahora no lo eligió.

-Mi madre quería que entendiera que la traidora no es mala por naturaleza -murmuró-. Que es alguien a quien obligan.

-O alguien a quien chantajean -añadió Layla.

Todos miraron a Dalia.

-Dijiste que te criaron desde los nueve años -dijo Amir-. Que quien te crio te enseñó la canción, que te hizo rastrear el registro, que te ordenó vigilar. ¿Quién es?

La princesa se quedó muy quieta. Se mordió el labio, miró el suelo, y cuando habló, su voz fue tan baja que casi no se oyó.

-La señora Fadwa.

Se hizo un silencio sepulcral. Que era, dadas las circunstancias, el único tipo de silencio posible.

-¿Fadwa? -repitió Nour-. ¿La señora Fadwa? ¿La del protocolo?

-Sí.

-¿La que me enseñó a flotar?

-Sí.

-¿La que me llamó pato asustado?

-Sí.

-¡Pero si se rió con mis chistes!

-Es muy buena fingiendo -murmuró Dalia-. Lleva veintidós años fingiendo.

-No me lo creo -dijo Nour, con las manos en la cabeza-. Una mujer con esa postura no puede ser mala. Es imposible. Cuando alguien tiene la espalda tan recta, es porque no tiene nada que esconder.

-Querida -dijo Layla con una media sonrisa-, justo al contrario.




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