La Inocente Novia Del Jeque

Capítulo 13: El muerto más vivo del reino

Una campana de luto tiene una característica muy desagradable: una vez que empieza a sonar, nadie en el mundo recuerda de qué estaba hablando.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Nour, tirando de la manga de Amir—. ¿Quién duerme a dos puertas de su alcoba?

El jeque no respondió. Tenía los ojos clavados en la señora Fadwa, que temblaba bajo la luz de su propia antorcha, y el rostro tan blanco que parecía otra tumba de la necrópolis.

—Alteza —susurró ella—. Tenemos que hablar a solas. Un minuto. Solo uno.

—Aquí no hay nada que no puedan oír los míos.

—Sí lo hay. Y usted lo sabe en cuanto lo oiga.

Hubo una pausa tensa. Amir apretó la mandíbula, dio un paso al frente, y los dos se apartaron hasta un rincón sombrío, junto al enorme Halcón de Piedra, donde los cantos de los peregrinos, ahora convertidos en un murmullo de rezos asustados, taparon sus palabras.

Nour los observó con todos los sentidos en alerta. Vio cómo Fadwa se inclinaba hacia el oído del jeque. Vio cómo movía los labios con un hilo de voz. Vio cómo Amir cerraba los ojos, como quien recibe un golpe en el estómago, y cómo las manos, esas manos que habían desarmado a tres soldados en una noche, empezaban a temblarle.

—Cinco —murmuró Layla, a su lado—. Cuatro. Tres. Dos. Uno.

—¿Qué cuenta?

—Los segundos hasta que se desmaye.

—Los jeques no se desmayan.

—Los jeques que se enteran de lo que se está enterando este, sí.

Pero Amir no se desmayó. Se enderezó despacio, abrió los ojos y su rostro se transformó. Ya no era el rostro del hombre que bromeaba sobre camellos; era una máscara de hierro, pulida y fría, la que Nour había visto en el salón del trono el primer día.

Volvió hacia ellos con paso lento.

—¿Y bien? —preguntó Rashid.

—Volvemos al palacio.

—¿Quién es? —insistió Nour.

—No puedo decirlo todavía.

—¿Cómo que no puede?

—Necesito estar seguro. Si me equivoco, mataré a una persona inocente. Y si acierto, también estaré matando a alguien que quise.

—¡Pero tiene que decírnoslo!

—No. —La voz de Amir sonó tan áspera que Nour retrocedió—. Hasta que lo vea con mis ojos, no.

Hubo un silencio incómodo. Nour sintió una punzada rara, una mezcla de enfado y de dolor. Había cruzado un desierto con aquel hombre, le había curado una herida, se había subido a sus hombros en una tumba. Y ahora le cerraba la puerta.

—Muy bien —dijo, cruzándose de brazos—. Guárdese su secreto. Pero cuando se equivoque, no me venga a pedir mermelada.

—Nour...

—Nada. No pasa nada. Soy una bibliotecaria acostumbrada a que los libros más interesantes estén en la sección restringida.

Amir abrió la boca, la cerró, y por un instante pareció a punto de decirlo todo. Pero después bajó la mirada y murmuró:

—Perdóneme.

Y a Nour, que ya tenía preparada una réplica de tres párrafos, se le deshizo de golpe en el pecho.

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La señora Fadwa los llevó hasta unas caballerizas ocultas detrás de la necrópolis, donde esperaban cuatro caballos y un carro cubierto con una lona negra.

—El carro es para llevar cadáveres —explicó con su voz de protocolo recuperada—. Nadie lo registra. Ni siquiera los guardias del Consejo.

—¿Vamos a viajar con los muertos? —preguntó Nour.

—Van a viajar como los muertos. Hay una diferencia. Los vivos pueden quejarse.

—Qué consuelo.

—Súbase, señorita. Y no hable hasta que yo se lo ordene.

—Me lo ha dicho un millón de veces.

—Y sigue sin obedecer.

—Soy una alumna con carácter.

Fadwa, pese a todo, sonrió levemente. Fue una sonrisa triste y torcida, como si le doliera el gesto.

—Siempre me gustó eso de usted. Es lo único bueno que ha pasado en este palacio en mucho tiempo.

—Entonces, ¿por qué me encerró en la tumba?

La sonrisa se le borró.

—No fui yo. Fue una orden. La cerradura se cierra desde fuera con una palanca, y mis hombres fueron obligados a hacerlo. Pero yo estaba esperando para abrirla en cuanto el aviso me alcanzara.

—¿Y por qué tardó?

—Porque la persona que da las órdenes me vigila. No podía moverme sin que lo supiera.

—¿Y ahora?

—Ahora la campana ha sonado. —Fadwa se santiguó—. Y todos estarán demasiado ocupados para fijarse en mí.

Les repartió ropas: túnicas grises de sepultureros para los hombres, hábitos negros de plañideras para las mujeres. Layla tomó el suyo con una sonrisa irónica.

—Qué detalle. Siempre quise vestirme de duelo.

—Yo creo que me sienta mal el negro —dijo Dalia, mirándose en una cuchara—. Me hace pálida.

—Estás pálida —dijo Nour.

—Qué amable.

—Y herida. Y en el carro de los muertos. No sé qué esperabas.

—Un poco de tacto.

—Se me acabó en el cañón.

Se miraron un instante, y por primera vez Dalia soltó una risa auténtica, breve, sorprendida de sí misma. Amir, que las observaba desde lejos mientras ayudaba a atar los caballos, apartó la vista con un gesto extraño. Parecía a punto de sonreír y a punto de llorar, y no se decidía por ninguna de las dos cosas.

Cuando Su Excelencia vio que lo dejaban atrás, protestó con un bramido tan escandaloso que a Fadwa se le cayó el moño.

—¡Silencio! —susurró, intentando recolocarse las horquillas—. ¡Que lo van a oír hasta en la capital!

—Es que quiere venir —tradujo Nour.

—No cabe en el carro.

—Entonces que vaya detrás, atado.

—Atado, no. Nos delataría.

—Lleva una sonrisa de oreja a oreja. Delata a cualquiera.

Al final tuvieron que negociar con el camello durante diez minutos, con tres dátiles, una promesa de jardín eterno y la amenaza de una cucharada de mermelada de higos con pimienta, que Su Excelencia olió, miró con desconfianza y aceptó, por fin, quedarse en las caballerizas. Con la condición, que Nour interpretó con absoluta precisión, de que a la vuelta le regalaran una palmera.

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El viaje en el carro de los muertos fue el más silencioso de toda su vida. Nour iba tumbada sobre un colchón de paja, con una manta negra por encima, entre dos ataúdes vacíos que olían a cedro. Layla viajaba a su lado, cogiéndole la mano. Dalia dormitaba al fondo. Amir y Rashid iban sentados fuera, de cocheros, con sombreros de ala ancha. Y la señora Fadwa, a caballo, abría la marcha con la espalda recta y el rostro de una dama que lleva a su propia hermana a enterrar.




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