La Inocente Novia Del Jeque

Capítulo 14: Las pulseras no mienten (pero las abuelas, sí)

La capucha cayó hacia atrás con un susurro de tela, y la luz de la vela dibujó un rostro joven, redondo, con las mejillas todavía manchadas de lágrimas secas y unos ojos castaños enormes que Nour conocía mejor que los de su propia madre adoptiva.

—Samar —dijo.

No fue una pregunta. Fue un hilo de voz que se le escapó entre los dientes, como cuando uno pisa un escalón que no existe.

La doncella se quedó paralizada sobre el cuerpo del rey, con el frasquito de cristal temblando entre los dedos. Las pulseras de plata tintineaban a cada latido de su muñeca. Tintín. Tintín. Tintín. Nour comprendió, con una claridad dolorosa, que llevaba tres días oyendo ese sonido sin saber de dónde venía. En el pasillo de los archivos. En la ventana de Yusuf. En la torre de las hierbas. Una risa pequeña, contenida, que ella había confundido con la brisa.

—Mi señora —susurró Samar, y la voz se le rompió—. No debería estar aquí.

—Qué curioso —respondió Nour, saliendo de detrás de la columna con las piernas hechas gelatina—. Iba a decirte exactamente lo mismo.

Amir salió de las sombras con la daga en la mano. Rashid, Layla y Dalia lo siguieron, formando un semicírculo silencioso alrededor de la plataforma. La muchacha miró a cada uno, uno por uno, y su rostro se fue desmoronando como un castillo de arena bajo una ola.

—Suelta eso —dijo Amir con voz baja.

Samar abrió los dedos. El frasquito cayó sobre las rosas blancas, rodó un palmo y se detuvo contra el hombro del difunto.

—No es veneno —murmuró—. Es... es solo un somnífero. Para que el rey no despertara. Me dijeron que si el rey despertaba, todo se acababa.

—Los somníferos no huelen a adelfa —dijo Rashid con frialdad.

—No sé a qué huele. Yo solo sé lo que me dijeron.

—¿Quién?

Samar no respondió. Se llevó las manos a la cara y empezó a llorar con tal desconsuelo que a Nour, pese a todo, se le encogió el estómago.

—No llores —dijo, sin saber muy bien por qué—. Si lloras, me pongo a llorar yo, y nos quedamos las dos aquí, perdidas en un funeral.

—Es que no quería, mi señora. De verdad que no quería. —Samar se secó la cara con la manga—. Usted fue la primera persona que me trató como a una persona. Me dijo que no hacía falta agacharse tanto. Me dijo que le daba lumbago por solidaridad. Yo nunca había oído algo así.

—Y entonces, ¿por qué?

—Porque tienen a mi hermano.

El silencio que siguió fue tan hondo que se oyó crepitar la cera de una vela.

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La historia salió a borbotones, entre hipidos, mientras Layla le acercaba un vaso de agua y Dalia, sentada en el borde de la plataforma, la escuchaba con una expresión que Nour no había visto nunca en ella: la de alguien que se reconoce en el espejo.

Samar tenía un hermano pequeño, Idris... no, Idris no, se apresuró a corregir cuando vio la cara de Rashid. Se llamaba Tariq y tenía seis años. Vivían los tres, ella, él y la abuela, en las dependencias del servicio, en la parte vieja del palacio. Su madre había muerto y su padre se había marchado antes de que Samar cumpliera ocho. La abuela los había criado a ambos con una disciplina de hierro y una ternura que solo usaba de noche, cuando creía que dormían.

Y hacía cuatro meses, Tariq había desaparecido.

—Una mañana no estaba en su cama —sollozó Samar—. Busqué por todas partes. Mi abuela no dijo nada. No lloró. No gritó. Solo me miró y me dijo: «Haz lo que se te pida y volverá». Yo no entendía. Hasta que apareció una nota debajo de la puerta. Con una sola frase: «Quien vigila a la luna, recupera al niño».

—La luna —murmuró Nour—. Yo.

—Me ordenaron que fuera su doncella. Que le contara cosas. Que le dijera quién tenía los ojos verdes, para que desconfiara de ellos. Que escuchara lo que hablaba con el jeque y se lo dijera a mi abuela. —Samar levantó la vista, con los ojos llenos de culpa—. Yo pensé que solo era un juego de la corte. Que nadie saldría herido.

—¿Y el consejero Yusuf? —preguntó Amir, con la mandíbula tensa—. ¿También era un juego?

—Eso no fui yo. Lo juro. Esa noche mi abuela me mandó a dormir temprano, y cuando me levanté, ya se había armado el escándalo. Me enteré de que lo habían envenenado por la servidumbre. Me puse a vomitar.

—¿Tu abuela? —repitió Layla despacio.

Samar asintió, con los labios temblorosos.

—Mi abuela se llama Hayat.

Amir se quedó muy quieto. Parecía haber dejado de respirar.

—Hayat —dijo—. La que me dio de comer cuando mi madre murió. La que me enseñó a atarme los zapatos. La que me cantaba por las noches, cuando tenía pesadillas.

—Sí, Alteza.

—Duerme a dos puertas de mi alcoba.

—Desde que usted era niño.

—Lo sé. —Amir cerró los ojos—. Lo supe en cuanto Fadwa me lo susurró. Y no quise creerlo.

Nour sintió que algo en su pecho se retorcía. Se acercó a él, tímidamente, y le puso una mano en el antebrazo. No dijo nada. Pero él abrió los ojos, la miró, y en aquella mirada había un agradecimiento tan crudo que ella tuvo que apartar la vista para no deshacerse.

—Hayat es la Daryah —dijo Rashid despacio—. La Guardiana de esta generación. D-A-R-Y-A-H. Tres letras que un camello se comió, y eran las que necesitábamos.

—Mi señora —dijo Samar, con un hilo de voz—, le escribí la carta del halcón. Esa en la que le decía que la princesa Dalia lo sabía y que corriera. Me la dictó mi abuela. Quería que se fuera hacia el oasis. Que encontrara a su madre. Que sacara el pergamino. Y que lo trajera de vuelta.

—Para que ella lo destruyera —completó Nour.

—No lo sé. Quizá.

—Así que yo era un perro de caza.

—Era una paloma mensajera, mi señora. Una paloma muy valiente.

—Qué consuelo.

Samar rompió a llorar de nuevo. Nour miró el techo, respiró hondo, contó hasta tres y, en un gesto que ninguna regla del protocolo habría aprobado, se agachó y abrazó a la muchacha con todas sus fuerzas.

—Te mentiría si dijera que no estoy enfadada —le susurró al oído—. Estoy muy enfadada. Y muy dolida. Pero también tengo un hermano pequeño, o algo parecido: un limonero. Si me lo secuestraran, hasta yo haría tonterías.




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