La Inocente Novia Del Jeque

Capítulo 15: El hombre del bastón

Hay silencios que se pueden cortar con un cuchillo. El que cayó sobre la Sala de los Ancestros era de los que hacía falta cortar con un hacha, y nadie se atrevía a levantarla.

Yusuf seguía sonriendo. Esa era la parte que a Nour se le hacía insoportable. No tenía el rostro de un villano ni la mirada torva de quien conspira en las sombras. Tenía la misma cara amable de siempre, la que le había ofrecido el brazo al pie de la escalerilla del avión, la que le había dicho «bienvenida a casa» cuando ella no tenía casa en ninguna parte.

—Usted —dijo, y se le quebró la voz—. Usted me dijo que no aceptara comida de nadie que no me hubiera presentado.

—Y me alegra que me hiciera caso. —Yusuf inclinó la cabeza—. Me habría disgustado muchísimo que se envenenara con algo que no fuera mío.

—¡Eso es horrible!

—Es sincero. Ya es mucho en este palacio.

El rey Faisal dio un paso al frente, con el sudario dorado arrastrándole por el suelo y la barba todavía torcida. En cualquier otra circunstancia habría parecido cómico. En aquella, parecía una sentencia.

—Cincuenta años, Yusuf —dijo con voz ronca—. Cincuenta años sirviéndome el té. Cincuenta años escuchando mis problemas, aconsejándome, riéndote de mis chistes malos. Y todo ese tiempo...

—Todo ese tiempo, Majestad, le fui leal. —Yusuf levantó una mano con suavidad—. A mi manera.

—¿A tu manera?

—Nunca le mentí. Usted nunca me preguntó lo que de verdad importaba.

—¿Y qué importaba?

—Quién era yo.

Amir seguía con la daga en alto, aunque el brazo le temblaba. Nour lo miró de reojo. Tenía la mandíbula tan apretada que se le marcaban los tendones del cuello, y en los ojos, esos ojos oscuros que había aprendido a leer, ardía una furia tan fría que daba miedo mirarla.

—Basta de acertijos —dijo el jeque—. Hable.

—Por supuesto, Alteza. Pero antes... —Yusuf señaló con el bastón hacia una de las sillas de piedra del fondo—. ¿Me permite sentarme? Los antídotos me han dejado las rodillas hechas un desastre.

—No.

—Entonces hablaré de pie. No es la primera vez.

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—Mi nombre completo es Yusuf ibn Haroun al-Sabbagh —empezó, con la mirada perdida en un punto lejano—. No lo han oído jamás porque mi familia fue borrada de los registros hace sesenta años.

—Al-Sabbagh —murmuró Rashid, con los ojos muy abiertos—. Los señores de Qasr al-Nahr.

—Los mismos.

—Pero esa casa fue exterminada. Por orden del rey Khalid, el padre de Harun y de Faisal.

—Sí. Por una acusación falsa de traición. Mi abuelo fue colgado en la plaza. Mi padre, desterrado. Mi madre murió de pena. Yo tenía ocho años. —Yusuf sonrió, y por fin esa sonrisa tuvo algo roto—. Me dejaron vivir porque era niño. Me acogió un criado del palacio, un hombre bueno que me enseñó a servir té, a callar y a observar. Con el tiempo, subí. Fui copero, luego secretario, luego consejero. Y mientras escalaba, juré algo.

—Que destruirías a los Al-Fahad —dijo Layla.

—Que no quedaría piedra sobre piedra de lo que ellos construyeron sobre mi sangre. —Su voz se volvió dulce, casi tierna—. Pero soy un hombre paciente. Esperé. Estudié. Aprendí cuáles eran sus puntos débiles. Y cuando Harun subió al trono y Faisal se retiró a las sombras, comprendí que ya tenía el tablero perfecto.

—Por eso mataste a Harun —dijo el rey, con la voz rota.

—Por eso intenté matarle a usted, Majestad. Fue Harun quien murió porque, como bien dijo, le cambió el cuarto. Una casualidad cruel. —Yusuf cerró los ojos un instante—. Lloré por él. Era el mejor de los dos, ¿sabe? El único que me trató como a un igual.

—Y aun así lo mataste.

—Aun así.

Nour tenía las manos clavadas en el hábito de plañidera. Respiró hondo, porque si no respiraba, iba a ponerse a gritar, y los gritos le salían siempre mal.

—Tres minutos —dijo, con voz temblorosa—. Dame tres minutos para entender una cosa. ¿Por qué me ha traído hasta aquí? Si usted quería destruir a la familia, ¿por qué enviarme una carta? ¿Por qué un pasaje de primera clase? ¿Por qué me recibió con un abrazo?

Yusuf la miró con una expresión tan cargada de cariño que a Nour le dieron ganas de vomitar.

—Porque usted es lo único bueno que me queda, hija.

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El rey Faisal soltó una exclamación ahogada. Rashid se llevó una mano a la boca. Amir bajó la daga unos centímetros, mirando alternativamente a Yusuf y a Nour, como si intentara resolver una ecuación imposible.

—¿Qué quiere decir? —susurró Nour.

—Que Samira era mi hija.

La sala entera pareció contener el aliento. Layla dejó escapar un sonido, un gemido seco, desgarrado, como el de un animal herido. Dalia se tapó los labios. Y Nour sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Eso no es verdad —dijo, aunque la voz le salió sin fuerza.

—Es la mayor verdad que he dicho en cincuenta años. Samira nació de mi única noche de amor con una criada del palacio, la mujer que me dio de comer cuando yo era un niño perdido. Murió al parirla. Yo no podía criarla, no allí, no con mi nombre. Así que la dejé a las puertas del palacio, en una cesta, con una nota. «Cuídenla, que sabrá quién es». —Se le quebró la voz—. Y la cuidaron. Mejor de lo que yo habría podido.

—Entonces —dijo Layla, con los labios blancos—, Samira era tu hija.

—Y tú, Layla, eres hija de la hermana de la criada que la parió. Prima suya, por tanto. La familia que yo construí con migajas. —Yusuf la miró con una pena infinita—. Os vigilé a las dos desde lejos toda la vida.

—Me vigilaste —repitió Layla, con un temblor furioso—. Mientras yo creía que Samira no tenía a nadie. Mientras yo le decía que era huérfana. Mientras ella lloraba por no saber de dónde venía.

—Samira lo supo.

—¿Cómo?

—Porque se lo conté yo, la noche antes de la fiesta del halcón. —Yusuf cerró los puños sobre el bastón—. Le dije quién era. Le dije lo que iba a pasar. Le pedí que se fuera con la niña y no volviera nunca. Y ella me escupió en la cara.




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