Hay momentos en la vida en los que una bibliotecaria entiende que ningún manual, ni siquiera el de procedimientos de emergencia de la biblioteca municipal de Marsa, la ha preparado para lo que tiene delante.
Este era uno.
El doctor Idris estaba en el umbral de la Sala de los Ancestros con un abrigo negro impecable, un maletín de cuero y las manos apoyadas con suavidad sobre los hombros de dos niños asustados. Sonreía como quien acaba de llegar a una cena con un postre inesperado.
—No se muevan —dijo con voz cálida—. Es lo único que les pido. Los niños se ponen nerviosos con los movimientos bruscos, y yo soy médico. Sé exactamente lo que puede pasar.
Samar soltó un grito y dio un paso adelante. Nour la agarró del brazo con tanta fuerza que la muchacha gimió.
—No —susurró—. Espera.
—¡Es mi hermano!
—Ya lo sé. Y por eso no te mueves.
El pequeño Tariq miraba a su hermana con los ojos enormes, las mejillas sucias de lágrimas y un dedo metido en la boca. No lloraba. Tenía la expresión de quien lleva demasiado tiempo llorando y se le han acabado las reservas. A su lado, el otro niño, de unos nueve años, tenía la cabeza gacha y apretaba los puños con una rabia silenciosa que a Nour le resultó dolorosamente familiar.
La señora Fadwa, blanca como la cal, dio dos pasos hacia ellos. Se le había soltado el moño y le temblaban las manos. Era la primera vez que Nour la veía despeinada.
—Karam —dijo con un hilo de voz.
El niño levantó la cabeza. Tenía el rostro afilado, los ojos grandes y oscuros. Fadwa se llevó las manos a la boca.
—No es mi hijo —murmuró—. Es mi nieto. Se parece tanto a él que... —Se le quebró la voz—. Mi Karam tiene veintinueve años. Lo mantienen en una finca lejos de aquí, con su mujer, como un pájaro en una jaula bonita. Y a este pequeño... lo han traído a mi vista, como se enseña un trozo de pan a un hambriento.
—Abuela —dijo el niño, con una vocecita firme—. No llores. Me he portado bien. No he dicho nada.
—Lo sé, mi vida. Lo sé.
Idris suspiró con una paciencia casi tierna.
—Qué conmovedor. De verdad. Pero tengo prisa, y esta familia se enreda mucho con los abrazos.
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Nour lo miró con atención, de arriba abajo, y por primera vez lo vio de verdad.
Era un hombre de cuarenta años, delgado y elegante, con el cabello oscuro peinado hacia atrás y una barba corta que parecía recién recortada. Tenía las manos finas de quien nunca ha cargado nada pesado y los ojos más verdes que ella había visto jamás, de un verde pálido, líquido, como una botella al contraluz. Eran los mismos ojos que habían brillado en la oscuridad de una escalera, cuatro años atrás.
—Usted —dijo, y la voz le salió áspera—. Usted estaba detrás de mí.
—Qué memoria tan selectiva tiene, pequeña. Por fin la ha recuperado.
—Me tapó los ojos.
—Con mucho cariño. Para que no viera nada feo.
—Empujó a mi madre.
—Con cierta pena. Era una mujer admirable. —Idris ladeó la cabeza—. Pero sabía demasiado y no quería callar. Yusuf no fue capaz de resolverlo, así que lo resolví yo. Alguien tiene que ocuparse de las cosas difíciles.
—Cállese —dijo Amir.
Había levantado de nuevo la daga, y esta vez no le temblaba el pulso. La voz le salió tan baja y tan dura que hasta los guardias de las antorchas verdes retrocedieron un paso.
—Suelte a esos niños.
—No lo haré, Alteza.
—No se lo estoy pidiendo.
—Y yo no se lo estoy ofreciendo. —Idris sonrió, ladeando el maletín—. Aquí dentro tengo algo que se llama sulfato de adelfa, concentrado. Una gota bajo la lengua y el corazón de un niño se detiene en tres minutos. Los dos viales están preparados. Y créame, doctor como soy, que no necesito mucha práctica para usarlos.
Samar se tapó la boca. Fadwa sollozó. Dalia, sentada en el borde de la plataforma con el hombro vendado, se puso de pie y dio un paso hacia él con los ojos desorbitados.
—Eras tú —susurró—. Eras tú la voz detrás de la puerta.
—¿Qué puerta, querida?
—La que oí cuando tenía trece años. «Recuerda dónde está tu hijo». —Dalia retrocedió, con las manos temblorosas—. Era tu voz. Siempre me sonó conocida. Me traías medicinas cuando enfermaba. Me cuidabas. Me decías que yo era especial.
—Lo eras. —Idris sonrió con una dulzura que le heló la sangre a Nour—. Eres. La pieza más valiosa de todo el tablero. La heredera perfecta.
—¿De qué?
—Del trono, mi niña. Cuando el jeque Amir rechazara el matrimonio, o muriera en el intento, el Consejo habría tenido que designar a la siguiente en la línea de sucesión. Tú. Una joven educada, dócil, entrenada desde niña por Fadwa para obedecer. Y a tu lado, como consejero y marido, un médico de la corte que lleva veinte años ganándose tu confianza.
Dalia se quedó inmóvil. Nour vio cómo se le iba el color de la cara.
—¿Marido?
—Lo teníamos todo planeado. Ibas a sentirte tan sola, tan asustada después de la muerte de tu primo, que habrías aceptado cualquier brazo en que apoyarte.
—Eres un monstruo —dijo Dalia, y le temblaba la voz de asco.
—Soy un hombre práctico.
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Fue entonces cuando Yusuf, que había permanecido en silencio, apoyado en su bastón de ébano con el rostro gris, levantó la cabeza.
—Idris —dijo, con la voz cansada—. Me prometiste que a ella no le harías daño. A mi nieta.
—Y no se lo hice, Yusuf. Estaba detrás de ella, no a su lado. Le tapé los ojos.
—¡Dijiste que la dejarías en paz!
—Dije que la dejaría vivir. No es lo mismo.
—Hijo de... —Yusuf se detuvo, agarrándose el pecho—. Te saqué de la miseria. Te recomendé al rey. Te enseñé todo lo que sabes.
—Y se lo agradezco, de veras. Por eso no le dejé morir de la adelfa que usted mismo se administró, ¿recuerda? Le di un antídoto a medias. Lo suficiente para que siguiera siendo útil. —Idris se encogió de hombros—. Uno aprende de sus maestros. Usted me enseñó que a un enemigo hay que guardarlo para cuando se necesite.
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Editado: 18.10.2026