Nour reparó en dos cosas antes de que nadie dijera una palabra. La primera fue que los veinte guardias de las antorchas verdes se arrodillaron a la vez, con un golpe seco de rodillas contra el mármol. La segunda fue que Su Excelencia, plantado en medio de la sala con una cortina de luto colgándole del cuello, había dejado de sonreír.
Era la primera vez en toda su vida, o al menos en todo el tiempo que ella lo conocía. El camello miraba a la reina madre con la boca cerrada, los ojos entrecerrados y una expresión que Nour solo había visto en su jefa, la señora Teodora, cuando alguien devolvía un libro con una página arrancada.
—Levántense —dijo doña Safiya, con una voz dulce que se oyó hasta el último rincón—. No es hora de reverencias. Es hora de que alguien ponga orden en esta casa.
Era una mujer de unos sesenta y cinco años, alta, de porte señorial, con la piel clara y las arrugas justas de quien ha llorado en privado y sonreído en público durante décadas. El velo de seda negra le caía sobre los hombros sin un solo pliegue. Tenía los ojos oscuros, casi negros, y a Nour le pareció de pronto un detalle importante, aunque no habría sabido explicar por qué.
—Capitán —dijo la reina—. Lleven a esos niños con sus familias. Que el médico Basim, el de la enfermería de las mujeres, atienda al consejero Yusuf. Y a este...
Miró a Idris, que seguía inmovilizado bajo la rodilla de Amir con la nariz sangrando.
—A este, que lo amordacen y lo encierren en la torre norte. Sin visitas. Sin papel. Sin palabras.
—Majestad —jadeó Idris, con una sonrisa ensangrentada—, usted y yo sabemos que...
—Amordácenlo —repitió ella, con una suavidad que cortaba.
Dos guardias le metieron un trapo en la boca con una rapidez que a Nour le pareció sospechosa, aunque Tariq, Samar y Fadwa ya se abrazaban en un rincón, llorando y riendo a la vez, y era difícil atender a dos cosas al mismo tiempo. Layla había corrido a sostener a Yusuf. El rey Faisal se limpiaba la barba con el sudario dorado, mirando a su cuñada con los ojos muy quietos.
—Safiya —dijo.
—Faisal. —Ella inclinó la cabeza—. Qué alegría verte resucitado.
—Y qué casualidad verte tan oportuna.
—Mis damas me avisaron de que la campana había sonado. Vine a rezar por ti. Me encuentro con que estás tan vivo como siempre.
—Y tú con que me alegro muchísimo de verte.
Se sonrieron los dos. Era la sonrisa más cortés y menos afectuosa que Nour había visto jamás.
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Amir se había levantado. Tenía las manos manchadas de sangre ajena y la túnica de sepulturero rota por el costado, donde la venda se le había empapado otra vez. Dio un paso hacia su abuela, luego otro. Nour, sin pensarlo, le agarró la mano.
Él se detuvo y la miró.
—No —murmuró ella, tan bajito que solo él pudo oírla—. Todavía no.
—Es mi abuela.
—Lo sé. Pero hace cinco minutos Idris dijo que el acuerdo lo firmó alguien con el sello del rey, alguien que le crio. Y nadie lo ha negado.
—Nour...
—Solo un momento. Respire.
Amir cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, fue hacia su abuela con paso lento, sin soltarle la mano a Nour, y se detuvo a dos pasos.
—Abuela. Idris dice que firmaste tú el acuerdo.
—Sí.
Hubo un murmullo de asombro. Rashid dejó escapar un suspiro largo, de esos que se sueltan cuando una sospecha se confirma. Safiya no parpadeó.
—Lo firmé yo, con el sello de tu tío Faisal, que entonces estaba escondido y no podía hacerlo. Y lo volvería a firmar mañana mismo.
—¿Por qué?
—Porque era la única manera de salvar a una niña. —Safiya miró a Nour por primera vez, y su mirada fue tan intensa que a ella le dieron ganas de retroceder—. Y porque era la única manera de terminar con esto.
—¿Con qué?
—Con veintidós años de sangre. —Alzó una mano pálida y cargada de anillos—. Pero esto no se habla de pie, rodeados de cadáveres de cartón. Vengan conmigo a la capilla. Los que quieran, claro está. Solo los que de verdad deban oírlo.
—Yo voy —dijo Nour enseguida.
—No es necesario, querida.
—Mi madre está en esa historia. Y mi madre biológica, y mi madre adoptiva, y mi abuelo, que se está desangrando en una camilla. Voy.
Safiya sostuvo su mirada un segundo más de lo cómodo. Después sonrió y asintió.
—Tiene el mismo carácter que Samira. Venga, hija.
A Nour le recorrió un escalofrío. Nadie le había dicho a Safiya que ella fuera «hija» de nadie.
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La capilla de las rosas era una sala pequeña y circular, con un altar de mármol rosado, bancos de cedro y una cúpula de cristal por donde entraba la luz plateada de la luna. Olía a incienso y a flores frescas. Safiya se sentó en el primer banco con las manos sobre el regazo, como quien se prepara para confesar o para juzgar. Amir se quedó de pie. Rashid y el rey Faisal ocuparon el segundo banco. Layla, Dalia y Nour, el tercero, apretadas las tres, con los dedos entrelazados.
—Empezaré por lo más difícil —dijo Safiya—. Mi marido, Harun, no murió por casualidad. Murió porque yo no supe protegerlo.
—Idris dice que usted... —empezó Amir.
—Idris dice lo que le conviene decir. Es su único talento. —Safiya cerró los ojos un momento—. La noche antes de la fiesta del halcón, Samira vino a verme. Estaba pálida, descompuesta. Me contó que acababa de descubrir quién era su padre y qué pensaba hacer. Yo le creí a medias. Era demasiado terrible para creerlo del todo.
—Y no hizo nada —dijo Amir.
—Hice lo único que podía: advertir a Harun. Él se rio. Dijo que Yusuf llevaba cincuenta años sirviéndole el té y que antes se cortaría un brazo. —Una sonrisa amarga—. Y a las tres de la madrugada lo encontraron muerto.
Nadie dijo nada. Faisal bajó la cabeza.
—Samira huyó con la niña. Yo sabía que si Yusuf y su gente la encontraban, la matarían. Así que firmé en nombre del reino un acuerdo que le garantizara protección legal en cuanto volviera. La casé en secreto, sobre el papel, con mi nieto. Un matrimonio por contrato que solo se activaría el día que Nour cumpliera veintidós años.
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Editado: 18.10.2026