Yusuf avanzó por la capilla de las rosas con la lentitud de quien cruza un puente que sabe a punto de romperse. Lo sostenían dos criados jóvenes, uno de cada brazo, y a cada paso dejaba en el suelo una gota oscura que Nour vio caer sobre el mármol con un sonido minúsculo y horrible.
—Consejero —dijo Amir, dando un paso hacia él—. No debería estar de pie.
—Alteza, llevo setenta años sin hacer lo que debo. Déjeme hacer, aunque sea una vez, lo que quiero.
—Yusuf —dijo Safiya con voz suave—, estás delirando. Es la fiebre. Llévenlo a la enfermería.
—No, Safiya. —El anciano levantó la cabeza, y sus ojos, hundidos en un rostro gris, brillaron con una claridad que Nour no le había visto nunca—. Hace cincuenta años que obedezco tus silencios. Esta noche vas a escuchar los míos.
Los dos criados lo sentaron en un banco. Layla corrió a ponerle un cojín tras la espalda. Yusuf le sonrió con tristeza, y a Nour le dio por pensar que era la única persona en toda la sala que lo miraba sin odio, y que ni ella misma sabía por qué.
—Gracias, prima —susurró.
—No me llames prima —dijo Layla, con la voz temblando—. Todavía no sé si te perdono.
—Haces bien.
Respiró hondo. Se llevó una mano al costado vendado. Y comenzó.
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—Todo lo que les conté en la Sala de los Ancestros es verdad —dijo—. Menos una cosa. Una sola. Y es la que ha torcido mi vida entera.
Nadie se movió.
—Yo no maté a Harun.
Un murmullo recorrió la capilla. El rey Faisal se incorporó en su banco con los ojos muy abiertos. Rashid soltó una exclamación entre dientes.
—Quise matar a Faisal, sí. Eso lo reconozco. Preparé la leche con un somnífero fuerte, de los que paralizan sin matar, porque lo que yo quería era humillarlo, no verlo muerto. Quería que despertara amarrado en la plaza, delante del pueblo, y que le pidieran cuentas por la sangre de mi familia. Era un plan cruel y estúpido. Pero no era un asesinato.
—Entonces, ¿quién puso la adelfa? —preguntó Nour.
—Esa es la pregunta. —Yusuf cerró los ojos—. Cuando el copero entró en los aposentos del rey aquella noche, llevaba mi vaso. Pero antes, en el pasillo, una dama de la corte le entregó un frasquito de cristal. Bashir lo anotó en su cuaderno.
—Hayat —dijo Dalia.
—Hayat era la dama. Pero no hizo lo que ella quería. Hizo lo que le ordenaron.
—¿Quién se lo ordenó?
Yusuf no contestó. Abrió los ojos y los clavó en la reina madre.
Safiya había vuelto a sentarse en el primer banco, con las manos enlazadas sobre el regazo y el rostro sereno de quien escucha un sermón aburrido. Pero Nour, que desde la infancia había aprendido a leer a los lectores nerviosos, vio la mano derecha: los nudillos blancos, el pulgar clavado en el dorso de la izquierda como queriendo atravesarla.
—Yo la creí mi amiga —dijo Yusuf—. Era la única mujer del palacio que me trataba como a una persona. Me escuchaba. Me daba consejos. Me contaba sus penas. Cuando le confesé mi odio por los Al-Fahad, no me juzgó. Me dijo: «Yusuf, tienes derecho a vengarte. Y yo puedo ayudarte».
—Eso es una calumnia —dijo Safiya, sin alzar la voz.
—Me proporcionó el somnífero. Me indicó cuándo, cómo y dónde. Me dijo que Faisal bebería la leche a las dos y veinte, y que ella se encargaría de que nadie lo molestara. Yo fui un niño obediente. Hice todo lo que me dijo. Y al día siguiente, Harun estaba muerto.
—Porque tú cambiaste el vaso —murmuró Faisal.
—Yo no cambié nada. Fue ella.
—¿Por qué lo haría? —preguntó Amir, con la voz hecha un hilo—. Era su marido.
Yusuf lo miró con una piedad inmensa.
—Porque Harun iba a destapar el nombre de la envenenadora del reino.
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Nour sintió que le subía un frío por la espalda. Se acordó del pergamino, de las dos mitades, de la tinta que se borraba con limón. De la caligrafía apretada del número diecisiete.
—Hace años que se envenenaba a gente en este palacio —continuó Yusuf—. Rivales, aspirantes, funcionarios incómodos. Siempre con adelfa, siempre sin rastro. Harun lo notó. No era tonto. Empezó a investigar por su cuenta, a llevar una lista, a hablar con el médico real. Un día, tres semanas antes de la fiesta del halcón, descubrió que todas las muertes tenían algo en común: la víctima había discutido, de un modo u otro, con su esposa.
El silencio fue tan hondo que se oyó el vuelo de una polilla alrededor de una vela.
—Harun la amaba —dijo Yusuf, con una crudeza que dolía—. Y por eso no se atrevió a creerlo. Fue a hablar con Samira, a la que quería como a una hija, y le pidió que investigara en secreto. Samira descubrió la verdad. Copió el registro. Pero cuando intentó avisar a Harun, ya era tarde: Safiya había movido sus piezas antes.
—Mientes —dijo Safiya, con una voz que por primera vez no era dulce.
—Me usó, Alteza. Utilizó mi odio, mi sed de venganza, mi soledad. Me hizo creer que el crimen era mío. Y cuando comprendí que había sido un instrumento, fue demasiado tarde: ya llevaba la culpa de un asesinato que no había cometido, y ella me tenía agarrado por el cuello con una soga invisible.
—¿Y Samira? —preguntó Nour, con los labios secos—. ¿Por qué mi madre no la acusó?
—Lo intentó. Pero Safiya era reina y Samira, una huérfana sin apellido. —Yusuf bajó la cabeza—. Y yo era el hombre que ella creía más tentado de mentir. Cuando le dije quién era, la noche antes de la fiesta, le conté la mitad de la historia. La mía. Ella comprendió demasiado tarde que el verdadero peligro no era yo.
—Por eso se fue con una niña de cuatro años —murmuró Layla.
—Por eso no dijo la verdad. Porque no tenía forma de probarla. Y porque sabía que, si hablaba, mataría a la niña.
Nour se llevó las manos a la cara. Sentía el pecho tan oprimido que no podía respirar. Una parte de ella quería gritar. Otra quería reír, de pura rabia, de puro alivio, de puro cansancio. Cuatro años creyendo en un accidente. Una semana creyendo en un traidor con ojos verdes. Y ahora, en una capilla de mármol rosado, descubría que el verdadero monstruo no tenía los ojos verdes, ni mala cara, ni siquiera mala fama.
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Editado: 18.10.2026