La Inocente Novia Del Jeque

Capítulo 19: La elección que nadie esperaba (y una sartén vieja que da mucho miedo)

La daga cayó sobre el mármol con un tintineo tan limpio que se oyó hasta en el último banco de la capilla.

Nour vio cómo el arma rodaba medio metro, daba una vuelta sobre sí misma y se quedaba quieta a los pies del altar. Después levantó la vista hacia Amir. Tenía las manos vacías, abiertas a los costados, y la expresión de quien acaba de soltar una carga que llevaba veintiséis años sobre los hombros.

—Sabía que elegirías bien —dijo Safiya, con una sonrisa que empezaba a florecer en las comisuras.

—No he elegido nada, abuela.

La sonrisa se detuvo a medio camino.

—¿Perdón?

—Que no elijo. —Amir levantó la barbilla—. Me has puesto delante dos puertas y has dicho que solo puedo cruzar una. Pero yo no soy un hombre de puertas. Soy un hombre que tiene una daga en el suelo y mucha vergüenza de lo que casi hace con ella.

—No seas dramático.

—Cuando mi madre murió, yo tenía cinco años. Me senté en la escalera de la torre sur y lloré durante una tarde entera. Tú subiste, me secaste la cara con tu pañuelo y me dijiste: «Los reyes no lloran, mi niño. Los reyes ganan». —La voz se le quebró, pero siguió—. Estuve veintiséis años creyéndote. Pensé que era una enseñanza. Era una jaula.

—Era amor.

—Era un entrenamiento. Para convertirme en alguien que, llegado el momento, eligiera entre su abuela y una mujer a la que no conoce, y eligiera mal.

Safiya soltó una risita corta.

—¿Y cuál sería la elección buena, según tú?

—Ninguna. Esa es la trampa. —Amir giró la cabeza y miró a Nour, y por primera vez en toda la noche sus ojos oscuros no tenían rastro de armadura—. Ella me dijo una vez, en un jardín, que yo estaba pisando los jazmines. Me regañó sin saber quién era. Y yo, que llevaba treinta años sin que nadie me regañara, me quedé tan desconcertado que pensé: «Esta mujer es la persona más peligrosa que he conocido».

—Gracias —murmuró Nour, con un hilo de voz—. Creo.

—Tenía razón. Era la más peligrosa de todas. Porque me hizo reír. Y un hombre que ríe ya no se deja manejar.

Se oyó un sollozo ahogado. Era Dalia, que se tapaba la boca con la mano del brazo sano. Layla le había pasado un brazo por los hombros. Rashid miraba al techo con intensidad, como si de pronto las vigas de la capilla fueran lo más interesante del reino.

—Así que no voy a elegir, abuela —concluyó Amir—. Si quieres matar a Nour, tendrás que pasar primero por mí. Y si quieres matarme a mí, tendrás que explicarle a todo el reino cómo asesinaste a tu propio nieto en una capilla. Elige tú, que eres la experta en elegir.

Hubo un silencio largo. Nour se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración, y de que a su lado Su Excelencia había dejado escapar un bufido muy suave, casi tierno, como quien aplaude con las pestañas.

Safiya cerró los ojos. Y los abrió con una calma que dio frío.

—Entonces mueren los dos.

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Los quince guardias avanzaron a la vez, en un semicírculo de acero que se cerraba sobre el pasillo central. Las espadas brillaban a la luz de las velas. Los hombres tenían los rostros blancos, las mandíbulas apretadas, los ojos fijos en un punto a dos palmos por encima de las cabezas de sus víctimas. Era la mirada de quien no quiere ver lo que está a punto de hacer.

Amir se colocó delante de Nour sin una palabra. Rashid arrancó una espada ceremonial de la pared, un adorno de latón dorado que no cortaba ni la mantequilla, y se puso al otro lado. El rey Faisal, con la barba torcida y el sudario hecho jirones, se colocó entre ambos con un candelabro de bronce en cada mano.

—Majestad —susurró Rashid—, tiene usted setenta y ocho años.

—Y llevo tres años tumbado. Tengo muchas ganas de moverme.

Dalia agarró el atril del Corán, lo levantó con la mano sana y lo balanceó como una maza. Layla se arremangó la túnica de plañidera y se quitó, uno a uno, cuatro anillos de los dedos, que apretó entre los nudillos con una expresión de abuela que ha decidido que ya no habrá más educación.

—Mamá —dijo Nour, conmovida.

—Yo crie a una niña que se enfrentaba a los consejeros con una página inventada del protocolo. No voy a dejar que la maten unos soldados con los ojos cerrados.

Nour miró a su alrededor y comprendió que no tenía nada. No tenía espada, ni daga, ni candelabro, ni siquiera un buen anillo contundente. Tenía una túnica de plañidera manchada de polvo, un pelo que parecía un nido de cigüeñas y un cucharón de madera que le había dado una cocinera de ochenta y cinco años.

Lo sacó de debajo del hábito y lo sostuvo en alto.

—Tengo un cucharón —anunció con toda la dignidad de la que fue capaz.

—Tiene un cucharón —repitió Amir, con un temblor sospechoso en la voz.

—Y un tarro de mermelada de higos con pimienta. —Sacó el tarro con la otra mano—. Dos armas de destrucción masiva. Les advierto que el soldado de Qasr al-Ayn todavía no ha recuperado la vista.

El guardia que iba en cabeza, un hombre joven de cara redonda y ojos asustados, miró el tarro con auténtico pavor. Hubo un movimiento de cabezas entre las filas. Dos soldados dieron un paso atrás. Uno murmuró: «Es la que echó fuego al capitán», y otro: «A mí me dijeron que el hechizo dura tres días».

—¡Avancen! —ordenó Safiya, con la voz seca como un latigazo—. ¡Cumplan con su deber!

Y entonces, desde el fondo de la capilla, desde la oscuridad entre dos bancos, sonó un gruñido bajo, largo y grave. Un gruñido que no era de perro, ni de caballo, ni de ninguna otra criatura que Nour hubiera oído antes.

Su Excelencia dio un paso al frente.

No sonreía. Tenía los labios apretados, las orejas echadas hacia atrás, las fosas nasales dilatadas y los ojos clavados en el soldado más cercano a Nour. Cada músculo de su cuerpo enorme y peludo parecía comprimido, como un resorte antes de saltar.

—Su Excelencia —murmuró Nour—. Tranquilo.

El camello la ignoró. Bajó la cabeza. Soltó un bufido que hizo ondear las cortinas de luto. Y se lanzó contra la línea de guardias con un bramido que hizo vibrar los vitrales de la capilla.




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