El consejo de guerra del reino de Al-Zahir se celebró al amanecer, en una sala con más mapas que sillas, más generales que ideas y un olor a sudor, a cera derretida y a rosas aplastadas que ningún incienso lograba disimular.
Nour ocupaba el último asiento de la mesa, todavía con el hábito de plañidera, el pelo hecho un nido y un cucharón de madera sobre las rodillas, del que se negaba a separarse por razones sentimentales. A su derecha, Layla dormitaba con la cabeza apoyada en el hombro de Dalia, que a su vez dormitaba con la cabeza apoyada en la pared. A su izquierda, Su Excelencia asomaba el hocico por la ventana, vigilando con mirada de oficial retirado un patio donde dos soldados intentaban, sin éxito, convencer a una cabra de que se apartara.
—Tres mil doscientos hombres —dijo el general Nasser, golpeando el mapa con un dedo grueso como una salchicha—. Contra veinte mil. En campo abierto, nos hacen picadillo antes del mediodía.
—Qué imagen tan apetitosa —murmuró Nour, y Layla se despertó con un sobresalto.
—Tras las murallas aguantamos una semana —continuó el general, sin hacerle caso—. Diez días, si racionamos el agua.
—¿Y después? —preguntó Amir.
—Después nos rendimos, Alteza. O morimos. Es lo mismo.
—No es lo mismo —dijo el rey Faisal desde la cabecera.
Seguía envuelto en el sudario dorado, que había perdido todo su esplendor y parecía una cortina de teatro después de una función pesada. Nadie había tenido tiempo de traerle ropa. Tampoco, a decir verdad, nadie se había atrevido a decirle que fuera a cambiarse, porque cuando un hombre ha resucitado en su propio velatorio, uno prefiere no discutir sobre vestuario.
—Majestad —dijo Rashid, que había recuperado su puesto en el Consejo por aclamación de veintitrés guardias y una cocinera con sartén—, la situación es grave. El sultán Zayd de Qarat lleva diez años esperando una excusa para cruzar nuestras fronteras. Safiya se la ha servido en bandeja.
—Zayd —repitió el rey, con una mueca de asco—. Un muchacho con más peinado que cerebro.
—Un muchacho con veinte mil lanzas.
—Eso lo cambia todo.
Hubo un silencio sombrío. Amir, de pie junto al ventanal, se frotaba el costado con una mano, y Nour contó, sin querer, las ojeras que se le habían formado bajo los ojos. Tenía el aspecto de un hombre que ha envejecido diez años en una noche y todavía no ha tenido tiempo de asimilarlo.
—Alguien tiene que hacer una pregunta —dijo Nour, levantando el cucharón.
—Señorita —dijo el general Nasser, con una paciencia que se le acababa—, estamos en un consejo de guerra.
—Ya lo sé. Yo solo quiero saber si alguien ha mirado en la biblioteca.
Cinco generales y tres consejeros se volvieron hacia ella a la vez. Alguien soltó una risita. Otro tosió con mucha elegancia para disimular la risa.
—¿En la biblioteca? —repitió Nasser.
—Sí. Es un sitio muy grande, con muchos libros. Allí suele haber información.
—Señorita Nour, estamos hablando de ejércitos.
—Y yo de tratados. Los ejércitos no aparecen de la nada. Siempre hay un papel debajo. Un permiso, una frontera, un pacto, una cláusula. Los libros de historia están llenos de guerras que se podían haber evitado leyendo la letra pequeña.
El general abrió la boca. La cerró. Miró a Rashid con expresión de súplica.
—Es una bibliotecaria —dijo Rashid, con una media sonrisa—. Es su forma de ver el mundo.
—Es una locura.
—Tiene un cucharón.
—Y un tarro de mermelada que ha dejado ciego a medio ejército —añadió el rey Faisal—. Yo le daría diez minutos.
Amir giró la cabeza hacia Nour. En su rostro cansado se abrió, despacio, una sonrisa pequeña y torcida. A Nour le dio un vuelco el corazón. Había perdido la cuenta de cuántas llevaba, pero esa, decidió, iba a guardarla.
—Diez minutos —concedió el jeque—. Y yo la acompaño.
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La biblioteca del palacio, de día y sin miedo, era todavía más grande de lo que Nour recordaba. Los rayos de sol atravesaban la cúpula de cristal y caían en columnas doradas sobre las estanterías, llenando el aire de polvo brillante. Había mesas de lectura, escaleras de caracol, pasillos que se bifurcaban en galerías y un silencio de siglos que a Nour le acarició la piel como un abrazo.
—Cien mil libros —susurró—. Y nadie los ha tocado en veinte años.
—Yo —dijo una voz gruñona—. Yo los toco todos los días. Cuando me dejan.
Bashir, el cronista, bajaba por una escalera de caracol con un tomo enorme bajo el brazo y las gafas torcidas sobre la nariz. Detrás de él, como un perrito fiel, trotaba Samar, con una bandeja de pasteles de dátiles y los ojos todavía enrojecidos de felicidad. Tariq iba de su mano, mordisqueando un trozo de bizcocho con la solemnidad de quien ha sobrevivido a un secuestro y ha decidido no perder nunca más una merienda.
—¡Mi señora! —exclamó la doncella.
—Samar. —Nour la abrazó con fuerza—. ¿Cómo está tu hermano?
—Dice que quiere ser camellero.
—Camellero —repitió Tariq, con la boca llena—. Como Su Excelencia.
Desde el pasillo llegó un bufido de aprobación. El camello, que había seguido a Nour por todo el palacio sin que nadie se atreviera a detenerlo, asomaba la cabeza por la puerta con aire de maestro halagado.
—Bashir —dijo Amir—, necesitamos un documento. Un tratado antiguo, entre nuestro reino y el de Qarat. Algo que regule el paso de ejércitos por el desierto.
—Hay veintisiete —respondió el viejo, sin levantar la vista de sus pasteles.
—¿Veintisiete?
—Tratados, Alteza. Entre Al-Zahir y Qarat. Desde la época de vuestro tatarabuelo. Hubo guerras, paces, treguas, alianzas y una vez un duelo entre dos camellos que decidió el destino de un pozo.
—¿Qué camello ganó? —preguntó Nour, con auténtico interés.
—El nuestro. Era muy escupidor.
Nour asintió, satisfecha, y le lanzó una mirada de reojo a Su Excelencia, que sonrió con modestia.
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Editado: 18.10.2026