La Inocente Novia Del Jeque

Capítulo 21: La deuda de un sultán con demasiado peinado

Hay palabras que, dichas en voz alta ante veinte mil hombres armados, producen un silencio tan perfecto que se oye el sudor de los caballos.

«Cobrar la deuda en la persona de su hija» era una de ellas.

Nour sintió que le subía por la nuca un calor que no tenía nada que ver con el sol del desierto. A su derecha, Amir se había quedado tan rígido que parecía haberse convertido en una de las estatuas del jardín. A su izquierda, Rashid carraspeó con la delicadeza de quien intenta no meterse en un incendio. Y debajo de ella, Su Excelencia giró la cabeza y la miró con una ceja arqueada, que en un camello es un comentario completo.

—No me mires así —susurró Nour—. Yo no he hecho nada.

El camello bufó, y a ella le sonó claramente a «todavía».

—Sultán Zayd —dijo Amir, con una voz tan neutra que daba miedo—. Le agradeceríamos que concretara.

—Con mucho gusto. —El sultán sonrió, y el halcón negro que llevaba en el antebrazo abrió un ojo, evaluó la situación y volvió a dormirse—. En Qarat existe una ley muy antigua, la Ley de la Sangre Salvada. Quien debe la vida a otra persona queda obligado a servirla, ella o su heredero, durante un año y un día. O bien, si el acreedor lo prefiere, a concederle un único deseo, sea cual sea, que no deshonre al reino del deudor.

—¿Cualquier deseo? —preguntó Nour.

—Cualquiera.

—¿Aunque sea muy raro?

—Aunque sea rarísimo.

—¿Aunque pida un jardín de jazmines del tamaño de una provincia?

—Ya veo que lo tiene pensado.

—Es para un camello.

—Los camellos merecen jardines.

Su Excelencia soltó un suspiro de satisfacción tan profundo que le tembló la joroba. Amir cerró los ojos un instante, como quien invoca la paciencia de todos sus antepasados, y habló entre dientes:

—Sultán, nos honra su gesto, pero el momento no es el más adecuado para...

—Es el único adecuado, jeque Amir. —Zayd inclinó la cabeza con elegancia—. Mi ejército lleva tres semanas cruzando el desierto por una causa que resultó ser una trampa. Veinte mil hombres con hambre, sed y la moral por los suelos. Si ahora acepto vuestro pan y vuestra sal, no será por rendición, sino por justicia. Y quiero que todos lo oigan.

Volvió el caballo hacia sus tropas y alzó la voz, que sonó clara y potente sobre las dunas:

—¡Hombres de Qarat! ¡Escuchadme! ¡Hemos sido engañados por una reina que nos prometió una ciudad y nos ofrecía una mentira! ¡No hemos venido a luchar contra Al-Zahir! ¡Hemos venido a pagar una deuda de honor! ¡Y esa deuda se cobra con pan, con sal y con respeto!

Un rugido recorrió las filas. Ocho mil lanzas se alzaron a la vez, luego doce mil, luego las veinte mil, en un bosque de acero que brilló bajo el sol. Nour, con los oídos zumbando, comprendió con un escalofrío de alivio que aquel clamor no era una declaración de guerra. Era un vítor.

—Qué manera de cambiar de plan —murmuró Rashid, secándose la frente—. Una hora antes pensábamos que íbamos a morir.

—Una hora antes teníamos un cucharón —dijo Nour.

—Y una bibliotecaria.

—Eso también.

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La entrada de un ejército de veinte mil hombres en una ciudad en duelo, bajo la Ley del Pan y la Sal, resultó ser un espectáculo tan solemne como caótico.

Los soldados de Qarat desfilaron por la avenida principal con las lanzas boca abajo y las banderas negras plegadas, en un silencio respetuoso que contrastaba con el griterío de los niños, que corrían a su lado imitando el paso militar. Las mujeres arrojaban pétalos desde los balcones, entre confusas y entusiasmadas. Un vendedor de higos, que no entendía bien qué estaba pasando pero detectaba una oportunidad comercial, ofreció gratis un cesto entero al primer batallón, que lo aceptó con una reverencia tan profunda que acabó derribando el puesto.

Nour, sobre Su Excelencia, avanzaba al frente de la comitiva junto al sultán y al jeque, con la espalda tan recta como le había enseñado la señora Fadwa y el estómago tan encogido como lo tenía desde hacía una semana. Zayd cabalgaba a su derecha, con una soltura de actor, saludando con una mano y sosteniendo con la otra el halcón. Amir iba a su izquierda, mirando al frente con la mandíbula tensa.

—Qué ciudad tan hermosa —comentó el sultán, con tono amable—. Mucho más grande de lo que recordaba.

—Gracias —dijo Nour.

—Y qué gente tan acogedora. Me siento casi como en casa.

—Es el duelo. Nos hace muy hospitalarios.

—Qué costumbre tan práctica.

—Mi madre decía que la mejor forma de ganar una guerra es dar de comer al enemigo.

—Una mujer sabia.

—Y una gran costurera.

—Y una gran costurera. —Zayd sonrió con ternura—. Siempre llevaba una aguja en el pelo. Cuando me envenenaron, me clavó una en el pulgar para comprobar si todavía sentía dolor. Gritaba yo como un loco, y ella se reía y me decía: «Eso es buena señal, majestad».

Nour soltó una risa nerviosa y emocionada.

—Eso es muy de ella.

—Me contó que tenía una hija pequeña. Que se la había dejado a una nodriza en el pueblo, para protegerla. Dijo que si algún día me hacía falta una amiga, la buscara. —El sultán la miró con un brillo cálido, casi fraternal—. No sabía que la encontraría con un camello.

—Se llama Su Excelencia.

—Un nombre excelente.

—Lo eligió el mozo de cuadra. Era una burla.

—Pues le sienta de maravilla.

Amir, a su izquierda, emitió un carraspeo tan seco que Nour miró de reojo. Tenía la vista clavada al frente, las riendas tan apretadas que se le marcaban los nudillos y una vena latiéndole en la sien.

—¿Se encuentra bien, Alteza?

—Perfectamente.

—Tiene la cara un poco rara.

—Es el calor.

—Hace fresquito.

—Es la herida.

—¿Le duele?

—Un poco. Mucho. Menos que antes. —Apretó los labios—. No es nada.

El sultán Zayd los observó a los dos con una sonrisa que empezaba a parecerse sospechosamente a la de un gato junto a un plato de crema.




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