Estaban a un centímetro de distancia. Nour lo sabía porque lo había medido mentalmente, con la precisión de una bibliotecaria que lleva años calculando el espacio entre libros. Un centímetro. Menos que el lomo de un bolsillo.
El grito de la torre se apagó. Después se oyeron cuernos, pasos de botas y un rumor de pánico que subía desde el patio como una marea.
—Cuatro —dijo Amir, con los ojos cerrados.
—Cinco, si cuenta el camello de la capilla.
—Ese cuenta doble.
—¿Hay un reglamento?
—Lo estoy redactando.
Nour soltó una risa temblorosa y le apretó la mano. Le habría gustado quedarse allí, en aquel balcón con olor a jazmín, hasta que el mundo se olvidara de ellos. Pero abajo, en el patio, un camello de dientes amarillos los miraba con la cabeza alzada y la expresión de quien ha perdido una apuesta consigo mismo.
—Le prometo una cosa —dijo ella, soltándole la mano a regañadientes—. La próxima vez será en una habitación sin ventanas, sin torres y sin camellos.
—Y sin ejércitos.
—Y sin ejércitos.
—Y con la puerta cerrada con llave.
—Con tres llaves.
—Cuatro.
—Ya está usted otra vez contando.
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La celda de la torre norte no tenía nada de heroico. Era una habitación de piedra del tamaño de una despensa, con un camastro, un cubo y una ventanita enrejada por la que no cabía ni un gato. La puerta de hierro estaba abierta de par en par. Fuera, en el pasillo, dos guardias dormían apoyados en la pared, con las lanzas caídas y una sonrisa de absoluta felicidad.
—Roncan —dijo Nour, asombrada.
—Con mucha convicción —admitió Rashid.
—Es el sueño más profundo que he visto desde que la señora Teodora se quedó dormida en una conferencia sobre catalogación.
Amir se agachó junto al más joven, el de la cara redonda que había soltado la espada en la capilla, y le dio unas palmadas en la mejilla. El muchacho murmuró algo sobre un pastel de dátiles y se acurrucó contra la pared.
—Somnífero —dijo Dalia, que había llegado detrás de ellos con el brazo en cabestrillo y el rostro tenso—. Del bueno. Huele a rosas y cardamomo.
—Porque es el suyo —murmuró Nour.
—Es mi receta. —Dalia se mordió el labio—. La que Fadwa me enseñó cuando tenía trece años. Solo la conocíamos ella, yo y la persona que se la dio.
—¿Quién se la dio a Fadwa? —preguntó Amir.
La institutriz, que había subido sin aliento escaleras arriba, se quedó muy quieta en el umbral.
—Hace veinte años —dijo con un hilo de voz—, la reina Safiya.
—Genial —suspiró Nour—. La receta es de familia. Como todo en este palacio.
Una bandeja de plata descansaba en el suelo, junto a los guardias, con dos tazas vacías y una tetera todavía tibia. En el borde llevaba grabado el halcón de cobre de las cocinas reales. En ese momento, un alarido estremeció la escalera.
—¡¿Quién ha usado mi bandeja?!
Umm Zaynab irrumpió en el pasillo con la sartén en alto y el pañuelo rojo echando chispas. Se plantó delante de la bandeja, la contempló como quien contempla un cadáver y se llevó una mano al pecho.
—Esta bandeja no sale de mi cocina sin mi permiso. Esta bandeja solo sirve té al ala real. ¡Y yo no he mandado ningún té a la torre!
—Alguien se lo ha robado —dijo Nour.
—¡Alguien me ha deshonrado!
—Lo importante es que...
—¡Y se han llevado también mi cuchara de ensayo!
—Umm Zaynab...
—¡Mi cuchara! ¡La buena!
—Se la compro luego —dijo Zayd, con una sonrisa diplomática.
La anciana lo miró con desconfianza.
—¿Con qué? ¿Con una ciudad?
—Con tres.
—Aceptado.
Nour, mientras tanto, se había agachado dentro de la celda. Examinó el camastro, el cubo, las paredes. En el suelo, junto al cabecero, brillaba un trapo manchado de sangre seca. La mordaza de Idris. No estaba arrancada ni desgarrada, sino cortada limpiamente, con un solo tajo.
—Esto lo hizo un bisturí —dijo.
—Idris es médico —replicó Amir—. Quizá llevaba uno escondido.
—Iba atado de manos y con un trapo en la boca. Alguien le trajo el instrumento. Alguien con acceso a la torre, a la bandeja y al té. —Se llevó la mordaza a la nariz y la olió. Frunció el ceño—. Huele a algo.
—¿A qué?
—A menta. Y a alcohol.
La palabra se le quedó prendida en la cabeza, como una migaja entre los dientes. Menta. Alcohol. Estaba segura de haberlo olido hacía poco, en otra habitación, en otra noche. Pero en ese momento llegó Rashid, jadeando, con un mensajero pegado a los talones.
—Los guardias de la puerta norte vieron salir un carro hace media hora —informó—. Un carro de los muertos, con dos plañideras y un cochero. No lo registraron, por respeto al duelo.
—Otra vez el carro —murmuró Nour.
—Va hacia el este —añadió el mensajero—. Por el camino viejo de las caravanas.
—Hacia la frontera —dijo Zayd, y sus ojos dorados brillaron—. Mis jinetes lo alcanzarán antes del amanecer. Jeque Amir, ¿me permite acompañarle?
—Sería un honor.
—Yo también voy —dijo Nour.
—No —dijeron Amir y Rashid a la vez.
—Voy.
—Señorita...
—He cruzado un desierto en camello, he sobrevivido a una tormenta de arena, me han enterrado viva y he amenazado a un capitán con mermelada. Voy.
—Y yo —dijo Dalia, con la voz quebrada pero firme—. Esa mujer me crio. Quiero mirarla a los ojos cuando la encuentren.
Amir cerró los ojos. Nour sabía que estaba contando hasta diez.
—Está bien —dijo al fin—. Pero no se separan de mí.
—Ni muertas —prometió Nour.
—Esa expresión me preocupa mucho.
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Salieron de la ciudad poco antes de medianoche, a galope tendido, cuarenta jinetes de Qarat y cuatro de Al-Zahir, con el halcón negro del sultán abriendo el camino entre las estrellas. Nour cabalgaba sobre Su Excelencia, que había decidido, sin consultar a nadie, que aquella era su misión personal. Corría con la cabeza alta, los labios apretados y una determinación casi marcial, y cada vez que Nour intentaba frenarlo, él le respondía con un bufido que significaba claramente: «Tú pagas, yo conduzco».
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Editado: 18.10.2026