Nour descubrió en las cocinas del palacio que hay una diferencia enorme entre un reino en pie de guerra y un reino con una inundación en el sótano. En la guerra, la gente corre hacia delante. En la inundación, corre en todas direcciones, grita «¡el agua!» como si nadie lo hubiera notado y alguien siempre se pone a rescatar los sacos de harina.
—¡Los sacos no! —bramaba Umm Zaynab desde lo alto de una mesa, con la sartén vieja en una mano y el cucharón en la otra—. ¡Los corderos! ¡Y las ollas de cobre! ¡Y el que toque mis especias sin guantes lo castigo con pimienta!
—¡Maestra! —gritó un pinche, con el delantal empapado hasta el pecho—. ¡El agua ha llegado a la despensa!
—¡Pues que se vaya!
—¡No se quiere ir!
—¡Es agua, no un invitado! ¡Échala!
Amir, Nour, Dalia, Rashid y el sultán Zayd cruzaron la cocina a la carrera, esquivando bandejas voladoras, cocineros desesperados y un reguero de dátiles que flotaba con aire festivo por el suelo. Detrás venían doce soldados de Qarat con cuerdas, antorchas y una expresión de profunda desconfianza hacia cualquier tipo de líquido que no fuera té.
La despensa trasera, la misma donde Nour había leído las páginas arrancadas del cronista, estaba inundada hasta media pantorrilla. Los sacos de arroz habían formado una isla. Las ristras de ajos colgaban del techo como lámparas de un barco hundido. Y en el centro, donde antes se alzaba un barril de aceitunas, se abría ahora una trampilla de piedra con una argolla de hierro, abierta de par en par, por la que subía un olor húmedo y frío a cueva.
—Esta puerta no estaba aquí —dijo Nour.
—Siempre estuvo —respondió una voz gruñona—. Pero tapada con un barril de aceitunas. Nadie mueve un barril de aceitunas si no tiene mucha hambre.
Bashir, el cronista, avanzaba con el agua por los tobillos, las gafas empañadas y un libro enorme bajo el brazo. Samar lo seguía con un farol, y Nour, al verla, sintió una punzada de alivio.
—¿Tariq? —preguntó.
—Con la abuela y con Layla, en el patio. Nadie va a moverlas de allí. —Samar tragó saliva—. Mi señora, mi abuela Hayat ha bajado por esa trampilla hace diez minutos.
—¿Qué?
—Dijo que conocía el camino. Que no quería que nadie más muriera por su culpa.
—¡Por Dios! —Amir apretó la mandíbula—. Rashid, que nadie más baje sin cuerda.
—Ya la llevo.
—Y sin luz no se va a ninguna parte —dijo Bashir, golpeando el libro con los nudillos—. Aquí tienen el plano.
Nour miró la portada. Letras doradas medio borradas, una ilustración de una berenjena heroica sobre un campo de batalla.
—*Cien maneras de preparar la berenjena en tiempos de asedio* —leyó, con incredulidad.
—Ya les dije que lo escondí donde nadie mirara. —El viejo lo abrió por la mitad, y entre dos recetas de berenjena rellena apareció un pliego de papel enrollado—. Los planos de las cisternas reales. Hechos por mi abuelo, que era arquitecto y comía mucha berenjena.
Extendió el papel sobre un saco de arroz y todos se asomaron. Era un laberinto de pasillos, arcos y depósitos, dibujado con tinta azul, que se extendía bajo todo el ala oeste del palacio. Había tres niveles. En el más profundo, marcada con una estrella roja, aparecía una sala circular con la leyenda *«Cámara de las Aguas. Solo para la Señora»*.
—Ahí —dijo Nour, señalándola—. Safiya era la Señora de las Aguas. Es su despacho. Su cueva secreta.
—Y su tumba, si no nos damos prisa —añadió Zayd, con gravedad—. Por lo que veo en el plano, la cámara tiene una compuerta que da al canal del norte. Si la abre por dentro, el agua entra a toda presión y llena la sala en menos de una hora.
—¿Y ella dónde queda?
—Arriba. Hay un estrecho pasadizo de servicio con una escalera. Si cierra la compuerta desde fuera, es una trampa perfecta.
—Para Yusuf —murmuró Nour.
—Para Yusuf, para Hayat y para cualquiera que se acerque —confirmó Amir—. Vamos.
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La escalera de piedra descendía en espiral, tan resbaladiza como un jabón mal enjuagado. El agua les llegaba ya por las rodillas, helada, oscura, con un olor a cosa vieja que se pegaba a la garganta. Las antorchas proyectaban sombras largas y temblorosas sobre las paredes de ladrillo cubiertas de musgo. Cada paso producía un eco que rebotaba por los pasillos como si hubiera cien personas más caminando detrás.
Nour iba pegada a la espalda de Amir, con una mano en su cinturón y la otra agarrada a la cuerda que Rashid había atado a una argolla de la entrada. Sentía el corazón en la garganta, las piernas de gelatina y una verdad horrible que llevaba rato intentando ignorar.
—Tengo que confesarle algo —susurró.
—Dígame.
—No sé nadar.
Amir se detuvo tan de golpe que ella chocó contra su espalda.
—¿Cómo que no sabe nadar?
—Fui una vez a la piscina municipal de Marsa. Me hundí en tres segundos. El socorrista tuvo que sacarme con un gancho. Me prohibieron volver.
—¿Le prohibieron la piscina?
—Dijeron que mi manera de flotar era una amenaza para la seguridad del resto.
—Debería haberlo dicho antes.
—Ya lo estoy diciendo.
—Antes de bajar.
—Es que usted dijo que todo el que supiera nadar... y yo pensé que, quizá, la herencia genética...
—Nour.
—Sí.
—No se separe de mí. Ni un paso. Ni dos centímetros.
—Eso me lo sé de memoria.
—Y si el agua sube, se agarra a mi cuello. Aunque me ahogue.
—No hable de ahogarse.
—Entonces no hable usted de gelatina.
Detrás de ellos, Zayd soltó una risa sofocada.
—¿Qué? —preguntó Dalia, con la cabeza gacha.
—Nada. Que es la pareja más entretenida que he visto en tres reinos.
—Cállese, sultán —dijo Amir, sin volverse.
—Es una admiración sincera.
—Ya lo sé.
Siguieron bajando. El agua les llegó a la cintura. El techo, abovedado y cubierto de estalactitas diminutas, se fue haciendo más bajo, y las antorchas empezaron a chisporrotear. Se oía, a lo lejos, un rumor sordo y constante, como el de un río enterrado, y de vez en cuando un chasquido metálico que Nour no supo identificar.
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Editado: 18.10.2026