El agua tiene prisa. Nour lo comprendió mientras se arrastraba por la piedra de la plataforma, tosiendo y escupiendo limo. El vestido de seda color miel pesaba como una armadura mojada. El cucharón de madera, lo único que no había soltado, flotaba a su lado como un barquito leal.
—Respire —dijo una voz seca, justo encima de ella—. Si se ahoga ahora, no me sirve.
Nour levantó la cabeza. Safiya estaba de pie en el último escalón seco, con el agua lamiéndole el dobladillo del vestido negro, y la miraba como quien mira un reloj que se retrasa.
—¿Que no le sirvo? —tosió Nour—. Si acaba de empujarme al agua.
—La he sacado. Hay una diferencia.
—Para mí, bastante pequeña.
—Para mí, enorme. —Safiya se arregló el velo mojado con una calma desconcertante—. Dime, querida, ¿qué sabes de esa puerta?
Señaló con la barbilla la pared del fondo de la plataforma. Allí, enmarcada por un arco de piedra negra y medio devorada por el musgo, había una portezuela de bronce con una luna creciente en relieve. Nour no la había visto al entrar. Tampoco había visto que, a su alrededor, alguien había arañado la piedra una y otra vez con las uñas, con cuchillos, con cinceles, durante años.
—Es bonita —dijo con cautela.
—Es la Puerta de la Luna. La salida de la Cámara. La construyó la primera Señora de las Aguas para escapar de sus propias inundaciones. Y hace veintidós años, la noche en que huyó, tu madre la selló con una canción.
—Mi madre sabía muchas canciones.
—Solo una importaba. —Safiya sonrió sin alegría—. Llevo desde entonces intentando abrirla. Con ácido, con palancas, con un herrero sordo al que después tuve que… despedir. Nada. Esa puerta solo se abre cantando, y yo no he conseguido que me salga bien ni una nota.
—Qué pena. Es una nana muy fácil.
—Pues cántala.
—¿Yo?
—Tú. Ahora.
Nour miró alrededor. El agua ya cubría la plataforma hasta los tobillos y subía con un murmullo regular, casi amable. Idris seguía junto a la rueda de bronce, con el bisturí en la mano sana y la mirada perdida. En la columna, Yusuf tenía el agua por la barbilla y los ojos cerrados. Hayat, sobre su roca, rezaba en voz baja con el agua al pecho. Y al otro lado de la reja, medio ahogados por el rugido de la compuerta, se oían los golpes de Amir y los gritos de Zayd.
—No lo haré —dijo Nour.
—Entonces ahogaremos aquí a todos.
—Usted también.
—Yo tengo una escalera de cuerda en el techo, que Idris colocó hace tres días. Es un plan B. Los planes B son lo único que nunca falla. —Sonrió—. Pero con la puerta abierta saldríamos más cómodos. Y tú te quedarías aquí con los dos viejos y el agua. Piénsalo.
—Me lo estoy pensando.
—Rápido. El agua no espera.
—Tampoco yo. —Nour se incorporó despacio—. Primero libere a Yusuf y a Hayat. Que salgan por donde sea. Después canto.
—Me da la sensación de que mientes.
—Soy bibliotecaria. Solo sé mentir con los libros.
Safiya la estudió durante un largo momento. Luego se encogió de hombros.
—Idris. La cuerda.
---
Fuera, Amir golpeaba la reja con el hombro, con los nudillos y con todos los insultos que había oído en treinta y un años, que no eran muchos pero sí variados.
—¡No cede! —rugió—. ¡La presión la ha atrancado contra el marco!
—Hay que romper las bisagras —dijo Zayd, con el agua ya por las rodillas y la túnica azul hecha una ruina—. Pero necesitaríamos un ariete.
—No tenemos ariete.
—Tenemos mucha gente.
—Tenemos agua hasta el pecho.
—Tenemos un problema. Muy elegante, por cierto.
—Sultán, si no se calla, le ahogo yo.
—Es una forma de colaborar.
Dalia, a su lado, apretaba los dientes con la mano buena aferrada a la cuerda. Rashid contaba escalones en voz baja. Y los doce soldados de Qarat, con los ojos desorbitados y las lanzas al hombro, miraban el agua con la expresión de un hombre que ha visto un río por primera vez y lo encuentra ofensivo.
Fue entonces cuando oyeron el galope.
No venía de la escalera, sino del pasillo de servicio, y retumbaba como una manada de tambores. Un golpe seco, otro, otro, cada vez más cerca. El agua de la galería empezó a temblar en círculos concéntricos. Una antorcha se apagó con un chisporroteo. Y de la oscuridad, rompiendo la superficie con el pecho como la proa de una galera, apareció una cabeza enorme, peluda, de dientes amarillos, con una cortina de luto atada al cuello y una cuerda mordida entre los labios.
—Su Excelencia —murmuró Dalia.
El camello se detuvo delante de la reja. Los miró a todos con el ojo izquierdo. Soltó un bufido que apagó otra antorcha. Dio dos pasos atrás, tomó impulso en el agua con una elegancia sobrenatural y embistió la puerta de hierro con las dos patas delanteras.
El estruendo les reventó los tímpanos. La reja salió de su marco como una tapa de cacerola, voló tres metros hacia dentro y se hundió entre dos ondas, mientras una ola enorme los empujaba a todos hacia la sala.
—¡Por todos los…! —gritó Rashid.
—¡Excelencia! —aulló Zayd—. ¡Con razón lo llaman Excelencia!
Su Excelencia, empapado y triunfante, se sacudió como un perro. Después giró la cabeza y miró a Amir con una expresión que decía claramente: «Y ahora, ¿qué más quieres?».
Amir lo miró. Miró la rueda de bronce al fondo, donde el chorro oscuro del canal seguía bramando. Y por primera vez en toda aquella noche, sonrió.
—Rashid. La cuerda grande.
---
Dentro de la Cámara, el estruendo hizo que todos se volvieran. Idris, junto a la rueda, dio un paso atrás. Safiya apretó el anillo de rubí. Y Nour, que había estado a punto de dar un paso hacia la puerta de bronce, aprovechó la distracción para hacer lo único que se le ocurrió.
Sacó el pergamino mojado del pecho, lo agitó en el aire como una bandera y gritó:
—¡Safiya! ¿Esto es lo que quiere?
La reina madre se volvió con los ojos desorbitados.
#1158 en Novela romántica
#442 en Novela contemporánea
amor accion mentiras secretos familia, jeque millonario, novia a la fuerza
Editado: 18.10.2026