La Inocente Novia Del Jeque

Capítulo 25: Cuatro llaves, un pergamino mojado y la última verdad

Nour durmió catorce horas seguidas. Cuando despertó, tenía el pelo convertido en una estructura arquitectónica, el cucharón de madera sobre la almohada, como un osito de peluche con delirios de grandeza, y una sospecha muy clara de que alguien la había observado mientras dormía.

—Buenos días, mi señora —dijo Samar, que estaba sentada en el borde de la cama con una bandeja de té y una sonrisa de oreja a oreja—. Son las cuatro de la tarde.

—¿De qué día?

—Del siguiente.

—Entonces todavía estoy viva.

—Muy viva. Y hay un camello en su balcón.

Nour se incorporó con un quejido. Todos los músculos del cuerpo protestaban en idiomas distintos. Se arrastró hasta la ventana y apartó las cortinas.

En los jardines, justo debajo, donde antes había un parterre de jazmines intactos, tres palmeras jóvenes se alzaban en fila, con sus raíces envueltas en sacos de arpillera y un letrero de madera clavado al pie de cada una. El primero decía «Palmera 1». El segundo, «Palmera 2». El tercero, con una caligrafía espléndida, una sola frase: *«Para Su Excelencia, de parte del sultán de Qarat, que paga sus deudas»*.

Y en el centro, tumbado a la sombra de la segunda palmera con las patas dobladas, los ojos entrecerrados y la sonrisa más inmensa de su vida, Su Excelencia masticaba una rosa con la solemnidad de un emperador retirado.

—Se las plantaron esta madrugada —informó Samar—. Zayd en persona, con un azadón. Dijo que un sultán que no sabe cavar no merece ganar guerras.

—¿Y no pisaron los jazmines?

—Solo un poquito. El jeque Amir les dijo que lo dejaran estar.

Nour sonrió. Después se dio cuenta de que Samar la miraba con una expresión demasiado inocente.

—¿Qué ocurre?

—Nada, mi señora. Solo que el jeque lleva toda la mañana paseándose por el pasillo de su cuarto.

—¿Paseándose?

—Seis veces. Lo he contado. Cada vez que oía un ruido, se paraba. Y cuando comprobaba que era el viento, seguía.

—Qué hombre más complicado.

—Y hay un cartel.

—¿Qué cartel?

—Verá.

Samar abrió la puerta. En el pasillo, clavado en la pared con cuatro alfileres de sastre, había un pergamino enorme escrito con una caligrafía tan cuidada que parecía un decreto real. Debajo del sello del halcón, decía:

«PROHIBIDO INTERRUMPIR AL JEQUE AMIR Y A LA SEÑORITA NOUR DURANTE LAS PRÓXIMAS DOS HORAS. LOS INFRACTORES SERÁN CASTIGADOS CON UNA CUCHARADA DE MERMELADA DE HIGOS CON PIMIENTA. FIRMADO: UMM ZAYNAB, COCINERA REAL. Y RASHID, CONSEJERO, QUE NO HA PODIDO EVITARLO».

Nour se llevó las manos a la boca.

—Esto es lo más bonito que han hecho por mí en mi vida.

—También han puesto a cuatro guardias en cada esquina del pasillo —añadió Samar—. Y a dos pinches en el tejado, por si alguien intenta bajar por la chimenea.

—¿Y los camellos?

—Su Excelencia ha prometido portarse bien. Hizo un gesto con la cabeza. Creo que era una promesa.

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La terraza era la misma, el balcón estrecho con vistas a los jardines, pero esa tarde el cielo tenía un color de albaricoque y el aire olía a tierra mojada y a jazmín pisado. Amir la esperaba apoyado en la barandilla, con una túnica limpia de lino blanco, el costado vendado con esmero y el cabello todavía húmedo de un baño reciente. Parecía otro hombre. Un hombre que ha dormido, que ha comido, que ha resuelto algunas de sus deudas con el mundo y que no está seguro de poder con las demás.

—Cuatro llaves —dijo, sin volverse—. Como pidió.

—¿Ha puesto cuatro llaves?

—En la puerta de la escalera. Una la tiene Rashid, otra Layla, otra Umm Zaynab y otra yo. Nadie puede abrirla sin que las cuatro giren a la vez.

—¿Y cómo vamos a salir?

—No vamos a salir. Durante dos horas, el mundo no existe.

—Qué aventurero.

—Qué previsor.

Nour avanzó hasta la barandilla y se apoyó a su lado, a un palmo de distancia. Los dos miraban hacia abajo, hacia el camello y las palmeras, sin decir nada.

—Va a empezar usted —dijo ella.

—No.

—Es su terraza.

—Es su conversación.

—¿Perdón?

—La última vez que intenté hablar, nos interrumpió un grito. La anterior, una chica con un plato de postre. Antes, un camello. —Amir se pasó una mano por la nuca—. Creo que el destino quiere que usted hable primero.

—Qué mala suerte.

—Qué justicia poética.

Nour soltó una risa. Después, mirando al frente, con los dedos aferrados a la piedra, empezó:

—Yo no sé hacer esto.

—Ni yo.

—Quiero decir que en las novelas siempre hay un discurso. Una frase de amor perfecta, de esas que se citan en las dedicatorias. Y yo tengo la cabeza llena de barro.

—No necesito un discurso.

—Menos mal. Porque solo tengo una cosa que decir.

—Dígala.

Se giró hacia él. Le temblaban las manos, así que las apretó contra el vestido.

—Hace diez días era una bibliotecaria con una caldera mala. Tenía miedo de abrir una carta, de hablar con un jeque, de subirme a un camello. Tenía miedo de casi todo. Y usted me dejó tener miedo y hacerlo igual. No me dijo que fuera valiente. Me dijo «vuelva». Y volví.

—Siempre vuelve.

—Porque usted me esperaba. —Se le quebró la voz—. Nadie me había esperado nunca. Ni en la estación, ni a la salida del trabajo, ni en el último escalón de una escalera de caracol. Y usted me esperó en una tumba, en un desierto, en una cisterna con el agua hasta el pecho.

—Nour...

—Déjeme terminar, que ya casi lo tengo.

Amir cerró la boca, aunque le brillaban los ojos.

—Esa boda que nos impuso el Consejo. Ese contrato de hace veintidós años. Esa condición de rey y de corona. Todo eso se acabó. Safiya lo urdió para usarme de anzuelo, y el anzuelo ya cumplió. Usted no tiene por qué casarse con nadie. Es libre.

—Ya lo sé.

—Entonces tiene que preguntarme algo distinto.

Amir sonrió. Fue una sonrisa pequeña, torcida, nerviosa, la número quince, o la veinte. Nour ya no podía llevar la cuenta.




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