Nour contempló la pluma roja sobre su regazo con la misma cara con que se mira una factura que se creía pagada.
—Esto ya me lo conozco —dijo.
—No es la misma —aclaró Bashir, que se había agachado a su lado con las gafas en la punta de la nariz—. Mire el raquis. Es más oscuro, más rígido. Esta es de un halcón negro de las caballerizas reales.
—¿Hay halcones negros en las caballerizas?
—En las halconeras, señorita. Hay doce. Los cría el palacio desde hace dos siglos. Y quien los entrenaba, hasta hace cuatro días…
—Era el médico de la corte —terminó Zayd, que se había acercado con el halcón dormido en el brazo—. Idris los tenía de pasatiempo. Lo supe porque una vez intentó venderme uno. Con una tarjeta de visita.
—¿Una tarjeta?
—Con su nombre grabado en relieve. Tenía un dibujo de halcón y todo.
—Qué hombre más aseado para ser un envenenador —murmuró Nour.
En el estrado, Amir había dejado de hablar con el Consejo. Había visto la pluma, y a Nour, y a Bashir con su plano de cisternas, y su expresión se había ido endureciendo hasta quedarse en una piedra pulida. Cruzó la sala a grandes zancadas.
—¿Cuándo?
—Esta mañana, según la jardinera. Las huellas junto a la fuente.
—Cuatro días —dijo con voz baja—. Lleva cuatro días caminando por mi casa.
—Hay que registrarlo todo —dijo Rashid.
—Hay que registrarlo sin que cunda el pánico —corrigió Nour—. Si se entera media ciudad de que hay un envenenador suelto, aquí nadie volverá a beber té. Y menos la cocinera.
—Eso último es grave.
—Es gravísimo.
El rey Faisal se había puesto de pie en el trono y los miraba desde arriba con una ceja arqueada.
—¿Algún problema, muchachos?
—Ninguno, abuelo —dijo Amir, demasiado deprisa.
—Mentira. Tienes la cara de cuando te escondías debajo de la mesa por una travesura.
—Es solo… un asunto logístico.
—Pues resuélvelo pronto, que tengo noticias. —Se frotó las manos con una sonrisa de oreja a oreja—. He consultado a los astrólogos, a los imanes, a los jefes de tribu y a una cabra que da muy buenos consejos. La boda se celebrará dentro de diez días.
Nour dejó escapar un chillido.
—¿Diez?
—Es la Fiesta del Halcón. La de cada año. Hace veintidós que no se celebra, desde la muerte de mi hermano. El reino necesita una alegría.
—¿No podría ser otro día? —preguntó Amir, con una voz extraña.
—Es tradición.
—Es *el* día, abuelo. Exactamente veintidós años después.
—Por eso mismo. Que el reino recuerde que lo bueno también sucede en esa fecha.
Hubo un silencio incómodo. Nour miró a Amir. Amir miró a Rashid. Rashid miró a Zayd. Zayd, con perfecta elegancia, se puso a examinar el techo.
—Me parece estupendo —dijo ella, con una sonrisa tiesa—. Diez días. Qué plazo tan generoso. Para encontrar un vestido, un peinado, un velo, una docena de damas de honor y un asesino con tarjeta de visita.
—Yo me encargo de las damas —dijo una voz seca desde el fondo.
La señora Fadwa se había puesto de pie, rígida como un obelisco, con el moño de nuevo impecable.
—Y del protocolo. Aunque debo advertir a la señorita Nour que ha perdido toda práctica en el arte de flotar.
—¡No he perdido nada! Floto estupendamente.
—Ha cruzado un desierto y se ha subido a un camello. No se sostiene sobre dos pies, se sostiene sobre dos esperanzas.
—Es una frase preciosa.
—Es un diagnóstico.
---
La primera lección de protocolo tras la reconciliación general se celebró esa misma tarde en el salón de los espejos, con una Nour bastante agotada, una Fadwa bastante emocionada y un público de cuatro personas que no tenían nada que hacer allí.
—Cabeza alta —ordenó Fadwa—. Hombros relajados. Un paso, otro. Como si flotara.
—Floto.
—Está arrastrando.
—Floto *con arrastre*.
—Menos pato.
—¡Eso no me lo decía desde que llegué!
—Lo echaba de menos.
Samar, sentada en un puf con una libreta en las rodillas, apuntaba cada defecto con una concentración quirúrgica. Dalia, a su lado, ofrecía consejos que nadie había pedido. Tariq, subido a una banqueta, imitaba la marcha de Nour a espaldas de la señora Fadwa con un talento cruel. Y en la puerta, apoyada en el marco con los brazos cruzados, Layla sonreía con los ojos húmedos, sosteniendo un bulto envuelto en una sábana.
—¿Qué llevas ahí, mamá?
—Ven. Te lo enseño.
Nour se acercó. Layla depositó el bulto sobre una mesa y desató los lazos con una lentitud ceremonial. Dentro, doblada con un cuidado casi religioso, había una tela de seda del color de la miel al amanecer, bordada en hilo blanco con flores de azahar, pequeñas lunas crecientes y, por todo el escote, un enjambre diminuto de halcones en vuelo.
Nour se quedó sin respiración.
—Es precioso.
—Lo empezó Samira.
—¿Qué?
—Hace veintidós años, la noche antes de huir, estuvo cosiendo en su cuarto. Yo la ayudaba. Se lo bordaba a una niña de cuatro años, que había soñado con ser princesa. —Layla se limpió los ojos con el borde del pañuelo—. Dijo: «Cuando Nour se case, lo llevará puesto. Esté donde esté».
—Pero se fue. Tuvo que irse.
—Se llevó el vestido. Lo terminó en Marsa, de noche, cuando tú dormías. Y lo guardó. Y cuando murió, me llegó por correo, con una nota.
—¿Qué decía?
—«Para el día que lo necesite».
Nour acarició la seda. Estaba suave, tibia, casi viva. Dentro del dobladillo, escondida entre dos costuras, descubrió una puntada diminuta y torcida, de las que hace una costurera cuando le tiemblan las manos.
—Aquí lloró.
—Sí. —Layla sonrió—. Pero ahí no lo arreglé. Lo dejé como estaba.
Nour la abrazó. No tuvo palabras. A su espalda, Fadwa carraspeó, se enderezó el moño y dijo con una voz extrañamente suave:
—Es un trabajo admirable. Aprobado en protocolo, en costura y en emoción.
—¿Hay un examen de emoción? —preguntó Tariq.
#1158 en Novela romántica
#442 en Novela contemporánea
amor accion mentiras secretos familia, jeque millonario, novia a la fuerza
Editado: 18.10.2026