La Inocente Novia Del Jeque

Capítulo 27: La madre del envenenador y otras visitas con té

Hay personas que, al entrar en una habitación, hacen que todo el mundo busque un arma. Hayat entró con una lámpara de aceite, una cesta de mimbre y el aire de quien llega con retraso a una merienda.

Amir desenvainó la daga. Zayd sacó un sable curvo con una elegancia ensayada frente al espejo. Rashid agarró un candelabro. Nour levantó el cucharón de madera. Y por el pasadizo, a sus espaldas, Su Excelencia asomó el hocico, que lo había seguido hasta allí, y se quedó atascado entre dos paredes, bloqueando la única salida con la dignidad de un tapón de corcho.

—Bajad eso, hijos —dijo Hayat, sin perder la sonrisa—. Si quisiera haceros daño, habría empezado por apagar la lámpara.

—Es justo lo que diría alguien que quiere hacernos daño —respondió Nour.

—Es lo que diría alguien que lleva sesenta y ocho años sirviendo té. Se aprende a no asustar a los invitados.

Dejó la lámpara sobre la mesa, entre los frascos y las vendas manchadas, y abrió la cesta con una parsimonia casi insultante. Sacó una tetera de cobre, seis tazas pequeñas y un plato de pastelillos de dátil todavía tibios.

—No pienso beber nada —avisó Nour.

—Lo imaginaba.

Hayat sirvió una taza, la levantó a la altura de los ojos y bebió un sorbo largo, haciendo ruido, con los ojos cerrados.

—Hirviendo. Como le gustaba a Yusuf. —La dejó sobre la mesa y mordió un pastelillo—. Y estos son de Umm Zaynab. Aunque yo me muera antes de admitirlo delante de ella, nadie los hace mejor.

—¿Y si hubiera puesto el veneno solo en mi taza? —preguntó Nour.

—Entonces habría tenido que adivinar cuál cogías. Hija mía, con lo desconfiada que eres, no lo habría acertado.

Zayd soltó una carcajada que intentó disimular con una tos. Amir bajó la daga un par de dedos, no más.

—Hayat. ¿Dónde está?

—¿Quién?

—No juegue conmigo.

La anciana dejó el pastelillo. Se alisó el delantal con las dos manos, un gesto pequeño, doméstico, que a Nour le encogió el estómago porque era el gesto de alguien que se prepara para decir algo que lleva mucho tiempo callando.

—Se marchó hace dos horas —dijo—. Se despertó con fiebre, delirando, y murmuró que tenía que ir a ver a su pájaro. Eso fue lo que me asustó.

—¿Se marchó adónde?

—Aún no lo sé. Pero antes de que me preguntéis cómo sé que estaba aquí, o por qué no os lo dije, o qué hacía yo con un envenenador en la sala de los retratos de una familia a la que he servido toda mi vida, déjame deciros una cosa. —Respiró hondo—. Idris es mi hijo.

---

El silencio que cayó sobre la sala fue tan denso que Nour oyó chisporrotear la mecha de la lámpara.

—Repítalo —dijo Amir, con una voz que apenas se reconocía.

—Idris ibn Nabil. Mi hijo. Lo parí en el cuarto de al lado de donde te parió tu madre, nueve años antes que a ti. Su padre era el médico de la corte, mi esposo, que en paz descanse, o no, que a saber dónde descansa un hombre que envenenó a la madre de un príncipe.

—Por eso usted…

—Os crie a los dos. —La voz se le quebró—. A ti te enseñé a atarte los zapatos y a no meterte los dedos en la nariz delante de las visitas. A él le enseñé lo mismo. Y a uno le salió un jeque y al otro un monstruo, y todavía no sé en qué momento los separé.

Amir se había quedado quieto, con la daga colgando de la mano, el rostro blanco como el yeso. Nour dio un paso hacia él, pero no se atrevió a tocarlo.

—Lo sabía —murmuró él—. En el fondo, lo sabía. Cuando venía a revisarme el costado, me trataba con una dulzura que no cuadraba con el resto. Pensé que era cariño de médico.

—Era cariño de hermano. De uno que nunca supo quererte bien.

—¿Y nunca me lo dijo?

—No me atreví. Si te lo hubiera dicho, habrías tenido que elegir entre una anciana que te dio de comer y la memoria de tu madre. Y yo no quería que eligieras.

—Safiya me hizo elegir igual.

—Y fue mi culpa también, hijo. Cada vez que Safiya me pedía un favor, yo pensaba en Idris. En que si no obedecía, a él lo apartarían del palacio, le quitarían el título, lo dejarían en la calle. Lo protegí tanto que se convirtió en esto.

Nour se sentó en el borde de la mesa, porque las rodillas ya no le sostenían, y miró a la anciana con los ojos muy abiertos.

—Samar y Tariq…

—Son hijos de mi hija Nadia, que murió al parir al segundo. Idris es su tío. Y es el hombre que, en la Sala de los Ancestros, le acercó un vial de adelfa a los labios de su propio sobrino.

El silencio se volvió insoportable.

—Yo estaba en la puerta —susurró Hayat—. Con los guardias. Vi cómo lo hacía. Vi cómo Tariq lo miraba, buscando a su tío, esperando que le dijera que era una broma. Y fue entonces cuando entendí que a mi hijo se le había apagado algo, hacía años, y que yo había pasado esos años encendiéndole la luz de la entrada para que no se notara la oscuridad.

—Una imagen muy bonita —murmuró Rashid, sin ningún sarcasmo.

—Es lo único que sé hacer: poner velas.

Se llevó una mano a los ojos. Nour se levantó, rodeó la mesa y, sin decir una palabra, le puso en la mano un pañuelo limpio. Hayat lo miró un momento. Después, con un gesto de infinita cortesía, se sonó la nariz como un trombón.

---

—Dejadme que os cuente lo que pasó esta semana —dijo, una vez recompuesta—. Y luego haced conmigo lo que queráis.

Contó que la noche del naufragio en la Cámara de las Aguas había encontrado a Idris junto a la fuente del jardín de los jazmines, medio ahogado, tosiendo agua y sangre, con la nariz rota y el hombro dislocado. Que lo había arrastrado hasta el pasadizo de la lavandería, el que solo conocían los criados más viejos, y lo había escondido en la sala de los retratos porque era el único rincón del palacio donde nadie miraba desde hacía veintidós años. Que le había curado las heridas con las manos que le habían enseñado a curar las de los demás. Que había mentido a Samar, a Fadwa, a Umm Zaynab. Que le había dado de comer a escondidas. Que había rezado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.