Basim llegó a la halconera con la bata a medio abrochar, las gafas torcidas y una bolsa de cuero que olía a carbón y a manzanilla. Subió doscientos catorce escalones sin detenerse ni una vez. Nour lo supo porque los contó desde arriba, con la voz estrangulada, para no pensar en otra cosa.
—Aparte —ordenó el médico, arrodillándose junto a Hayat.
La anciana estaba tendida sobre una manta, con la cabeza en el regazo de Amir. Tenía los labios grises y una sonrisa lejana, de las que se ponen cuando se oye música en otra habitación. Basim le abrió los párpados, le olió el aliento, le tomó el pulso en la muñeca y en el cuello y frunció el ceño hasta que las cejas casi se le juntaron.
—¿Cuánto bebió?
—Un sorbo largo —dijo Nour—. Y se comió un pastelillo.
—¿Uno solo?
—Medio. El otro medio se lo dejó a Amir.
—Gracias a Dios por la mantequilla.
—¿Perdón?
—La masa de dátil, con tanta grasa, retrasa la absorción. —Basim abrió su bolsa y sacó un frasco oscuro—. Le doy diez horas. Doce, con suerte. Pero necesito el antídoto.
—Lo tenemos en la torre norte —dijo Rashid—. Quedan cinco ampollas.
—Pues que alguien corra.
—Yo corro —se ofreció Zayd.
—Yo galopo —dijo Nour.
—Usted no va a ninguna parte, señorita. Yo la necesito aquí.
—¿Para qué?
—Para agarrarle la cabeza. Voy a provocarle el vómito, y yo solo no puedo con ella y con el frasco.
Nour miró a Hayat, después al médico y, por último, a Amir, que tenía los ojos fijos en el rostro de la anciana y la mandíbula tan apretada que parecía a punto de romperse un diente.
—Vaya —le dijo ella en voz baja, rozándole el brazo—. Yo me quedo.
Él asintió sin mirarla. No habló. No hacía falta.
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Lo que sucedió en las dos horas siguientes ocupó, en las crónicas de Bashir, tres páginas completas bajo el epígrafe «Incidentes de la mañana de la torre».
Nour sostuvo la cabeza de Hayat mientras Basim le daba de beber carbón disuelto en agua tibia. Hayat se resistió, lloró, llamó «hijo mío» a todo el que se le puso por delante y le contó a Rashid, con precisión asombrosa, la receta secreta de su abuela para el pan de cebada. Después vomitó una cantidad de líquido negro que Nour decidió no volver a recordar en ninguna circunstancia, ni aun bajo tortura.
Zayd, mientras tanto, volaba por las escaleras con el halcón negro sobresaltado en el hombro. Llegó a la torre norte con los pulmones ardiendo, abrió el cofre de plata con el código que Nour le había gritado desde arriba (luna, halcón, estrella, serpiente) y se quedó mirando el interior con una expresión de absoluta incredulidad.
Cinco ampollas de cristal azul, alineadas sobre el cojín de seda negra, relucían a la luz de la ventana. Tomó una. La destapó y la olió.
Agua. Agua con un poco de añil, para darle color.
Volvió a bajar con la ampolla en la mano y el rostro descompuesto.
—Idris —dijo, ya en la halconera, sin aliento—. Ha cambiado el contenido. Las cinco. Todas son agua teñida.
—No puede ser —dijo Rashid—. Yo conté las ampollas hace una semana.
—Las contó llenas. Pero no las probó.
—Eso se lo hizo Idris el mismo día que Yusuf cayó enfermo —murmuró Basim, secándose la frente con la manga—. Al devolver el cofre. Cuando bebió una gota delante de todos para demostrar que el antídoto era auténtico.
—¿Y qué bebió?
—Un poco del último vial, que luego sustituyó. Nunca ha habido antídoto. Solo agua, desde hace cuatro semanas.
—Pero Yusuf mejoró —dijo Nour.
—Yusuf se había administrado una dosis baja de adelfa. Su cuerpo la expulsó solo. Fue una suerte, no un tratamiento.
Hubo un silencio terrible. Hayat murmuró algo entre sueños, y Amir le apartó un mechón de pelo blanco de la frente con una ternura que le dolió a Nour hasta en los huesos.
—Entonces no hay nada —dijo Rashid, y se le quebró la voz.
—Hay un antídoto verdadero —dijo Basim, despacio—. Pero solo existe en un sitio.
—¿Dónde?
—En el bolsillo de quien preparó el veneno.
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El consejo de emergencia se celebró allí mismo, en lo alto de la torre, con once halcones encapuchados de testigos y una brisa fría que se colaba por las cuerdas.
—Hay que suspender la Fiesta —dijo Rashid—. Cancelarla. Es lo único razonable.
—No —dijo Nour.
Todos se volvieron hacia ella. Se había sentado en el suelo, con las rodillas dobladas y el cucharón sobre los muslos. Tenía manchas de carbón hasta los codos, el pelo en un moño que ya no era moño y las ojeras de quien ha envejecido mucho en una semana.
—Si cancelamos, Idris gana. Sabe que lo buscamos. Se esconderá otra vez, esperará un mes, un año, y volverá a atacar cuando no lo esperemos. Y no podremos relajarnos nunca.
—¿Y qué propone?
—Que la fiesta siga adelante. Pero esta vez con nosotros preparados.
—Es un riesgo enorme —dijo Amir, con la voz rasposa.
—Es el único trozo del tablero que él nos ha enseñado. Si sabemos dónde estará, podemos estar allí antes.
—¿Y los nueve días que faltan?
—Nueve días para tender una trampa que a Idris le parezca irresistible. —Nour sonrió con un cansancio muy dulce—. Ha dejado el cuaderno donde lo encontrara. Quería que lo leyéramos. Es un hombre que necesita público. Y a los hombres que necesitan público se les caza con un escenario.
Zayd la miró con una admiración abierta, sin disimulo.
—Dios mío. Es usted aterradora.
—Es un don.
—Es *mi* prometida —dijo Amir, con un matiz que le hizo ganar medio paso adelante.
—Lo sé, lo sé. Es solo una observación artística.
—Guárdesela.
—Me la guardo.
El rey Faisal, que había llegado jadeando con un criado a cada lado, se dejó caer sobre un banco con una mano en el pecho.
—Doscientos catorce escalones. A mi edad. —Respiró hondo—. ¿Qué me he perdido?
—Que Hayat se muere, abuelo —dijo Amir—. Y que Idris tiene el antídoto.
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Editado: 18.10.2026