La Inocente Novia Del Jeque

Capítulo 29: El nido de la luna

—No —dijo Amir.

—Todavía no he terminado de explicarlo.

—No me hace falta. Es un no definitivo, con mayúsculas, con tres llaves y con un camello de testigo.

—Tiene el cuello rojo —observó Nour.

—Es la rabia.

Estaban en el salón de los espejos, al amanecer del día siguiente, con el plan de Nour extendido sobre la mesa en forma de siete papeles, dos mapas, una caja de dátiles y un cucharón de madera. Zayd se mordía el labio para no sonreír. Rashid miraba el techo con un interés sospechoso. Dalia bebía té de rosas a sorbos tan pequeños que parecía rezar. Y en un rincón, Su Excelencia fingía dormir con tanta convicción que tenía hasta un hilo de baba verde de atrezo.

—Idris dice «sin jeque, sin sultán y sin camello» —explicó Nour por cuarta vez—. Dice que los halcones lo ven todo. Pues bien: los once halcones negros están encapuchados en la torre, con Zayd y doce soldados de Qarat vigilándolos. Y la duodécima, la única que podía vigilarme, soy yo.

—Qamar —dijo Zayd, con admiración.

—Qamar. Vendrá conmigo. Idris cree que me espía. En realidad, me guía.

—¿Y qué lleva usted encima? —preguntó Amir, con los brazos cruzados.

—Un tarro de mermelada con pimienta. La dagita que usted me regaló. Una horquilla de Dalia con una gota de somnífero de rosas en la punta, que no mata, pero duerme a un caballo. Y mi cabeza.

—Lo más peligroso es lo último.

—Es lo único que nunca me han podido quitar.

Amir cerró los ojos. Cuando los abrió, se había acercado un paso más, y Nour tuvo que levantar la barbilla para sostenerle la mirada.

—Si no vuelve —dijo en voz muy baja—, yo derribo ese nido con las manos. Y después derribo el desierto.

—Entonces volveré. Para que no se canse.

Le tendió el cucharón de madera. Amir lo miró con perplejidad.

—¿Qué es esto?

—Una promesa. Se lo dejo en prenda. Tengo que volver a por él.

—Esto es un utensilio de cocina.

—Es *mi* utensilio de cocina. Cuídelo.

Amir lo tomó con ambas manos, como si fuera el cetro de un rey, y se lo guardó en el cinturón con una solemnidad tan absurda y tan conmovedora que Dalia tuvo que girar la cara para no llorar.

—Tres horas —dijo él—. Después de la puesta de sol. Ni una más.

—Dos y media.

—Dos.

—Trato hecho.

—Eso me lo dice siempre —murmuró, y le besó la frente, despacio, delante de todos, sin ningún protocolo.

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El desierto del este, de día, era una inmensidad de dunas color miel que se plegaban unas sobre otras como las sábanas de un gigante dormido. Nour las cruzó a lomos de una mula pequeña y obstinada llamada Hormiga, el único animal del palacio que no sonreía, no escupía y no tenía opiniones sobre su jinete. Delante, sobre el cielo azul, Qamar trazaba círculos lentos, guiándola con un graznido cada vez que se desviaba.

Llevaba cinco horas de camino cuando oyó, a lo lejos, un ruido sospechoso.

Se detuvo. Miró hacia atrás. A medio kilómetro, en lo alto de una duna, había una forma peluda y marrón, inmóvil, con la joroba muy recta y la cabeza muy alta. Parecía una roca. Una roca extraordinariamente atenta.

Nour entrecerró los ojos.

—Excelencia.

La roca no se movió.

—Sé que eres tú.

Silencio. Un grano de arena cayó por la ladera.

—Te dije que sin camello.

La roca ladeó la cabeza un milímetro. Nour juraría que la sonrisa era visible desde allí.

—Está bien —suspiró—. Pero a trescientos pasos. Y sin hacer ruido. Y si Idris te ve, te haces el cactus.

El camello, con una dignidad inmensa, se agachó hasta pegar el vientre a la arena y se quedó convertido en un montículo anodino. Nour siguió su camino sacudiendo la cabeza, con una media sonrisa que no consiguió borrar en toda la tarde.

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El nido de Qamar era una torrecilla de adobe medio derruida, encaramada en lo alto de una duna del este, con una escalera de piedra desmoronada y una enorme jaula de madera sin puerta en el tejado. Antiguamente había servido de refugio a los halconeros durante las cacerías largas. Ahora, bajo la luz roja del atardecer, tenía el aspecto de un esqueleto con la boca abierta.

Qamar descendió en picado y se posó en el alféizar de la única ventana. Nour ató la mula a un poste, se sacudió la arena del vestido y subió los peldaños uno por uno, con el corazón latiéndole en la garganta y una oración idiota repitiéndosele en la cabeza: que no me trague el suelo, que no me trague el suelo.

La puerta estaba entornada. Dentro, a la luz de un candil, había una mesa baja con dos tazas de cobre, una tetera humeante, un plato de pastelillos y una silla. En la otra silla, envuelto en una manta, sentado con la espalda muy recta, el doctor Idris levantó la cabeza.

Estaba irreconocible. La nariz rota le había dejado el rostro hinchado, tenía el cabello pegado a la frente por el sudor y una venda sucia le cruzaba el hombro. La fiebre le brillaba en los ojos, en aquel verde pálido que ahora parecía un cristal a punto de agrietarse. Pero se había afeitado. Y se había puesto una túnica limpia. Y sonreía con una cortesía infinita, la de un hombre que recibe a la visita más esperada de su vida.

—Señorita Nour —dijo—. Ha venido sola.

—Eso parece.

—Qué valiente.

—Qué poco original. Mi madre ya lo decía de cualquiera que cruza una puerta.

Idris soltó una risa corta, que acabó en tos.

—Siéntese. Hay té.

—No bebo nada.

—Lo sé. Por eso he preparado dos tazas con el mismo agua. —Sirvió las dos, bebió un sorbo de la suya con los ojos clavados en ella y empujó la otra hasta el centro de la mesa—. Es solo té. Si prefiere, se lo bebo yo entero.

Nour lo miró un largo rato. Después tomó la taza, la olió, la dejó de nuevo sin probarla y se sentó.

—El antídoto —dijo.

—Directa. Me gusta.

—Tengo prisa. Y miedo. Y las dos cosas me ponen de mal humor.

—Aquí está.

Idris sacó de la manga un frasquito de cristal azul y lo dejó sobre la mesa, entre las dos tazas. Nour no lo tocó.




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