La Inocente Novia Del Jeque

Capítulo extra: La que llegó con el amanecer

La primera contracción llegó a las once y cuarto de la noche, en medio de la sección de recetarios, mientras Nour discutía con la señora Teodora sobre si Cien maneras de preparar la berenjena en tiempos de asedio debía ir en Gastronomía o en Historia Militar.

—Es un libro de cocina —decía la señora Teodora, con las gafas en la punta de la nariz.

—Es un libro de supervivencia. Hay un capítulo entero sobre cómo hacer una berenjena a la brasa con una lanza.

—Eso es cocina de campaña.

—Eso es historia militar con aceite de oliva.

—Nour, no voy a...

—Ay.

La señora Teodora se interrumpió. Nour se había quedado inmóvil con una mano sobre el vientre, que a los nueve meses parecía un melón con ambiciones, y los ojos muy abiertos, fijos en un punto lejano de la estantería.

—¿Ay qué?

—Ay, nada. Una berenjena. Una berenjena muy fuerte.

—Nour Alia.

—Es un tema de clasificación.

—Nour Alia, ¿estás de parto?

—No. Todavía no. Es pronto. Tengo cosas que hacer. Hay que catalogar el tomo cuarto de los halcones y... ¡ay!

La señora Teodora, que en su vida había corrido más que para coger un autobús, se quitó las gafas, se las guardó en el bolsillo y salió disparada hacia la puerta de la biblioteca con una agilidad que le habría envidiado cualquier atleta.

—¡Bashir! —aulló por el pasillo—. ¡Samar! ¡Que alguien avise al jeque! ¡Y a la cocinera! ¡Y al camello!

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Amir estaba en el Consejo, de pie junto a un mapa, discutiendo con tres jefes de tribu sobre el reparto de un pozo, cuando oyó el grito.

No distinguió las palabras. Solo el tono: agudo, repetido, cada vez más cercano. Antes de que su cerebro terminara de procesarlo, ya había soltado el compás, dado la vuelta a la mesa y echado a correr por el pasillo, con la túnica ondeando y el corazón martilleándole en los oídos.

—¡Alteza! —gritó un consejero—. ¡No hemos terminado!

—¡Terminad sin mí!

—¡El pozo!

—¡Que se lo beba el camello!

Cruzó la galería de los espejos, bajó dos tramos de escaleras, atravesó el patio de las fuentes y se estrelló contra Rashid, que venía en sentido contrario, jadeando, con la barba revuelta y una expresión de pánico que en doce años de Consejo nadie le había visto.

—¿Dónde está? —preguntaron los dos a la vez.

—En la biblioteca.

—No. La han llevado a la sala de los retratos.

—¿Por qué allí?

—Porque Basim dice que es el sitio más tranquilo del palacio.

—¡Ahí hay un cuadro de su madre!

—Por eso mismo —dijo Rashid—. Dice que Nour quería estar con ella.

Amir se quedó callado un segundo. Después le puso una mano temblorosa en el hombro.

—Hemos acabado juntos en un pasillo, a medianoche, sin saber cómo respirar.

—Es una familia muy rara, Alteza.

—Es la mía.

Echaron a correr otra vez.

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La sala de los retratos, aquella cripta fría que veintidós años antes había guardado un secreto, estaba convertida en un campamento de maternidad.

Habían encendido veinte braseros, tendido cuatro alfombras y montado una cama grande con sábanas blancas, mantas de lana y una montaña de cojines. En las paredes ardían las lámparas de aceite. El aire olía a menta, a manzanilla y a cordero asado, porque Umm Zaynab, que no concebía una emergencia sin comida, había instalado en un rincón un hornillo con una olla de caldo.

—¡Más agua caliente! —gritaba, con el cucharón en alto—. ¡Y toallas! ¡Y alguien que me traiga mi sartén!

—¿Para qué quiere la sartén? —preguntó Samar, desbordada.

—Por si acaso.

Layla, arremangada hasta los codos, se había hecho cargo de la parte técnica, que era, según decía, «dar la mano, decir tonterías y no soltar a la niña». Había traído a una anciana comadrona del oasis, de ojos azules y manos como raíces, que murmuraba oraciones en voz baja y mascaba una hoja de menta con una expresión de absoluta serenidad. Basim, con las gafas empañadas, revisaba un instrumental diminuto sobre una bandeja. Fadwa, en un rincón, de pie, con las manos entrelazadas, repetía en voz baja un protocolo de recepción real que nadie le había pedido.

Y en el centro de la cama, sentada con la espalda apoyada en los cojines, con el pelo hecho un nido, el camisón arrugado y un cucharón de madera en la mano derecha, estaba Nour.

—Hola —dijo, cuando vio entrar a Amir—. Qué rápido.

—Corrí.

—Me alegro.

—¿Cómo estás?

—Me duele muchísimo.

—Ay, Dios.

—Pero me hace gracia.

—¿Gracia?

—Que lleve nueve meses pensando en esta noche y ahora que ha llegado no recuerde nada de lo que leí. Ni el capítulo sobre la respiración, ni el de las posiciones, ni el de... ¡aaaay!

Amir se lanzó hacia ella y le agarró la mano libre. Nour se la apretó con tanta fuerza que le crujieron los huesos.

—Respira —dijo Layla desde el otro lado.

—Estoy respirando.

—Estás conteniendo el aire.

—Es un método.

—Es un error.

—¡Es mi método!

—Hija, tu método tiene los labios morados.

Nour exhaló con un resoplido enorme. Amir, a su lado, hizo lo mismo, en perfecta sincronía, aunque nadie se lo había pedido. Layla los miró con una ceja arqueada.

—¿Tú también?

—Me sale solo.

—Ven aquí, jeque. Siéntate. Y no te desmayes.

—No me voy a desmayar.

—Todos los padres dicen lo mismo.

—Yo no soy todos.

—Eso mismo dijo Rashid.

Desde el otro extremo de la sala, apoyado contra una columna, con la túnica sudada y los ojos rojos, el consejero levantó una mano en señal de rendición.

—Me desmayé en tu parto, Layla. Fue vergonzoso.

—Yo no estaba en parto.

—Fue en el de la niña. Cuando me la enseñaron.

—Tú no estabas allí.

—Lo imaginé tan fuerte que me desmayé en la cocina.

Layla soltó una carcajada que le ganó una mirada fulminante de la comadrona y, de pronto, a pesar de los dolores, de los nervios y del frío de la sala, todos se rieron a la vez. Nour, entre contracciones, con los ojos llenos de lágrimas, se dio cuenta de que aquello era exactamente lo que había deseado toda su vida sin saberlo: una habitación llena de gente que se queja, se ríe, se desmaya y no se va.




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