La Isla

La isla capitulo 1

Capítulo 1

El sol caía sobre la ciudad de Veridiana como una moneda de cobre gastada, tiñendo los tejados de las casas bajas con una luz anaranjada y perezosa. Era una ciudad de tamaño medio, de esas que no aparecen en las guías turísticas ni en las noticias internacionales, pero que albergan cientos de miles de vidas pequeñas y ordenadas. Las calles del barrio de Los Tilos estaban tranquilas a esa hora, con los plátanos de sombra meciéndose suavemente y el rumor lejano del tren elevado cruzando el distrito norte.

En una de esas calles, la calle del Almendro número 14, se alzaba una casa de dos plantas con la fachada pintada de un color crema desvaído por el sol de muchos veranos. Las contraventanas, de madera azul, estaban abiertas de par en par. En el pequeño jardín delantero, las hortensias de la abuela florecían en racimos rosas y violetas. Una bicicleta vieja descansaba apoyada contra la verja, con el candado colgando del manillar, olvidado.

Era 7 de mayo. Y en esa casa, como en millones de hogares de todo el continente de Aldoria, el aire estaba cargado de una mezcla extraña de ilusión y ansiedad.

Kai apoyó la frente contra el vidrio de la ventana de su cuarto. El cristal estaba frío, con ese frío que todavía guardan las noches de primavera. Desde allí arriba veía el movimiento tranquilo del barrio: la señora Castelán sacudiendo un mantel por el balcón, dos chicos en monopatín bajando la cuesta del parque, el viejo Tómas paseando a su perro, un pastor de pelo canoso que ya no corría como antes. Todo normal. Todo exactamente igual que ayer y que anteayer y que el mes pasado.

Pero mañana no sería un día normal. Mañana era 8 de mayo. El día del Despertar.

Kai se apartó de la ventana y se dejó caer en la silla giratoria de su escritorio. La silla protestó con un chirrido metálico, como hacía siempre. Su habitación era un reflejo fiel de quién era: un chico de dieciséis años con más libros de los que podía leer, más videojuegos de los que podía terminar y más ideas en la cabeza de las que podía ordenar. Las estanterías combadas bajo el peso de novelas de fantasía y ciencia ficción, tomos de historia de la República de Aldoria, algún cómic de superhéroes que ya no leía pero no se atrevía a tirar. En la pared, un póster de la selección nacional de balonmano, el deporte que practicaba los sábados. En el escritorio, la tableta apagada, los auriculares enredados, un vaso de agua a medio beber. Y en el techo, aquellas estrellas fluorescentes que había pegado con diez años y que ya no brillaban, pero que seguían allí, como un pequeño cementerio de la infancia.

Se miró en el espejo de la puerta del armario. Pelo negro y lacio, cayéndole sobre la frente. Ojos color avellana, con ese tono entre marrón y verde que su abuela llamaba «ojos de bosque». Una camiseta gris con el logo de una banda que ya ni escuchaba. Delgado, no especialmente alto ni especialmente fuerte. Un chico normal. Un chico cualquiera. El tipo de persona que camina por la calle sin que nadie se gire.

Pero mañana, quizás, dejaría de serlo.

Esa era la cuestión. Esa era la maldita cuestión que daba vueltas en su cabeza desde hacía semanas, desde que el calendario empezó a acercarse peligrosamente al octavo mes del año. Porque cada 8 de mayo, en algún lugar del mundo, trece personas despertaban con un Don. Un poder único, irrepetible, que nadie más en la historia había tenido y nadie más tendría jamás. Trece personas entre toda la población mundial. Trece entre más de ocho mil millones. La probabilidad era tan ridícula, tan astronómicamente pequeña, que ningún matemático se molestaba en calcularla en serio.

Pero alguien tenía que ser.

—¡Kai! ¡La cena está lista! ¡Y no me hagas gritar más, que tengo la garganta hecha polvo!

La voz de su madre subió por las escaleras como un hilo cálido y enérgico. Su madre, Alba, tenía esa costumbre: gritar en vez de mandar un mensaje por la tableta. Decía que el grito tenía textura, intención, amor. Que un mensaje era frío y que ella no había criado hijos para comunicarse con ellos por texto. Kai sonrió a pesar de sí mismo y se levantó de la silla.

Antes de bajar, echó un último vistazo a su tableta. La había dejado encendida sobre la almohada, con un artículo a medias. Era un reportaje especial del Noticiario Central de Aldoria, como cada año, sobre el Despertar. El titular brillaba en la pantalla: «El 8 de mayo: todo lo que sabemos sobre el fenómeno que cambia el mundo». Kai lo había leído ya tres veces, pero siempre encontraba algo nuevo. O algo que olvidaba.

El fenómeno había comenzado exactamente treinta y dos años atrás. El 8 de mayo del año 94 del calendario de la Unión de Naciones, trece personas en distintos puntos del planeta habían despertado con habilidades inexplicables. Al principio, el mundo entró en pánico. Se habló de mutaciones, de experimentos secretos, de intervención divina, de invasión extraterrestre. Las teorías florecieron como hongos tras la lluvia. Pero con el paso de los años, cuando el patrón se repitió idéntico —siempre trece, siempre el 8 de mayo, siempre personas de entre uno y dieciocho años—, el pánico se convirtió en aceptación. Y la aceptación, en celebración.

Ahora, tres décadas después, el Despertar era parte de la vida. Parte del calendario. Parte de la cultura popular. Los niños soñaban con ser Dones. Los adolescentes fantaseaban con el poder que les podría tocar. Las familias rezaban —a los dioses, al azar, a lo que fuera— para que uno de los suyos fuera elegido. Porque ser un Don significaba ser especial. Significaba pasar un año en la Isla del Primer Refugio, un paraíso tropical donde los mejores entrenadores del mundo enseñaban a los jóvenes a dominar sus habilidades. Significaba volver convertido en alguien importante, alguien útil, alguien que podía cambiar el mundo.

Eso era lo que decía la propaganda oficial. Eso era lo que todo el mundo creía.

Kai apagó la tableta y bajó las escaleras. La barandilla de madera crujía bajo su mano, como siempre. El pasillo olía a cebolla pochada, a carne guisada, a laurel. El olor de la cocina de su abuela. Un olor que para Kai significaba hogar, seguridad, infancia.



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En el texto hay: acción enemigos

Editado: 29.04.2026

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