La Isla

La isla capitulo 3

Capítulo 3: La verdad

Kai se quedó mirando la puerta.

Los tres golpes resonaron de nuevo, suaves pero firmes. La voz al otro lado era la de un hombre adulto, ronca y contenida, como de alguien que ha pasado demasiado tiempo en silencio y ya no recuerda cómo se usa la voz para otra cosa que no sea advertir.

—Sé que estás ahí dentro, chico. No voy a hacerte daño. Pero tienes que abrir. Ahora.

Kai no se movió. Su mente trabajaba a toda velocidad, repasando opciones. ¿Gritar? ¿Pedir ayuda? ¿Escapar por la ventana del baño? Pero algo en aquella voz le decía que no era una amenaza. O que, si lo era, era una amenaza distinta a las que había conocido hasta entonces.

Se levantó de la cama. Descalzo, sintió la frescura de las baldosas bajo los pies. Avanzó hacia la puerta, posó la mano en el pomo y respiró hondo. Lo giró.

En el umbral había un hombre vestido con el uniforme de los soldados de la Isla: pantalón oscuro, camisa gris, botas. Pero llevaba un pasamontañas negro que le cubría el rostro por completo, dejando ver solo los ojos. Eran unos ojos cansados, grises, con arrugas en las comisuras.

El hombre miró a Kai de arriba abajo.

—Vístete —dijo—. Ponte los zapatos. Vamos por ahí.

—¿Quién eres? ¿Qué quieres?

—Ahora no. Sígueme y lo sabrás. Pero no hagas ruido.

Había una urgencia en su voz que no admitía réplica. Kai se puso las zapatillas, se echó la sudadera por encima y salió al porche. La noche estaba silenciosa. Solo se oía el rumor lejano del mar y el canto monótono de algún insecto. Las luces del complejo seguían encendidas, pero no se veía a nadie.

El soldado echó a andar por un sendero que Kai no había visto antes. Se apartaba de las cabañas y se internaba en la vegetación, entre palmeras y arbustos de hojas anchas. Caminaron en silencio durante unos diez minutos, hasta que el sendero desembocó en un pequeño claro junto a un acantilado. Allí, donde el rumor del mar se volvía más fuerte, había una construcción baja de piedra. Parecía un antiguo almacén o un puesto de vigilancia abandonado.

—Entra —dijo el soldado.

Kai obedeció. El interior estaba oscuro, iluminado solo por la luna que se filtraba por una ventana sin cristal. El soldado cerró la puerta tras de sí y se quedó un momento quieto, como si escuchara algo. Luego se llevó las manos a la cabeza y se quitó el pasamontañas.

Era un hombre joven, de unos veinticinco o veintiséis años. Tenía el pelo castaño cortado a trasquilones, la mandíbula cuadrada y una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda. Pero lo que más llamó la atención de Kai fueron sus ojos. No solo estaban cansados, sino que había algo más en ellos: una tristeza profunda, antigua, como de alguien que había visto demasiado.

—Me llamo Kreng —dijo—. Y te voy a contar algo que va a salvarte la vida. La tuya y la de tus doce compañeros.

Kai frunció el ceño.

—No entiendo nada. ¿Qué está pasando?

—Siéntate. Es una historia larga.

Kai se sentó en un cajón de madera que había junto a la pared. Kreng se apoyó en la ventana y se quedó un momento en silencio, como si ordenara los recuerdos. Luego empezó a hablar.

—Hace un año, yo estaba en tu misma situación. Bueno, no exactamente igual. Yo no era uno de los trece. Yo era uno de ellos. —Señaló con la cabeza hacia el complejo—. Un soldado del Dispositivo de Bienvenida. Me entrenaron, me vistieron, me dieron un arma y me dijeron que estaba haciendo algo bueno por el mundo.

Hizo una pausa.

—El año pasado, el 8 de mayo, trece chicos como vosotros llegaron a esta isla. Tenían entre dos y dieciocho años. Pasaron el día riendo, jugando, bañándose en la cascada. Exactamente como habéis hecho vosotros hoy. Luego, al día siguiente, los llevaron a una sala. Una sala que tiene exactamente el tamaño de una cancha de voleibol. Allí los esperaban los soldados con las armas cargadas. Y Voss.

—¿Voss? ¿El agente de las gafas?

—El mismo. Su habilidad, porque sí, Voss es un Don, es anular los poderes de cualquier otro Don en un radio de una cancha de voleibol. Mientras estés dentro de ese radio, tu poder no existe. Eres una persona normal. Y una persona normal no puede detener una bala.

Kai sintió un escalofrío.

—¿Qué pasó con esos trece?

Kreng lo miró a los ojos.

—Los mataron. A todos. Los formaron en fila, Voss activó su poder y los soldados dispararon. Trece cuerpos cayeron al suelo. Luego los enterraron en el bosque y al año siguiente, es decir, hoy, la isla estaba lista para recibiros a vosotros.

—Eso no puede ser verdad —dijo Kai—. El gobierno no... Los Dones vuelven. Hay entrevistas, documentales...

—Mentiras. Todo mentiras. Documentales falsos, entrevistas con actores, familias sobornadas o eliminadas. ¿Tú has visto alguna vez a un Don dando un discurso en directo? ¿Has hablado con alguien que conozca personalmente a un Don de años anteriores? No. Lo único que hay son grabaciones y reportajes. Y si alguien pregunta demasiado, desaparece. Como desaparecieron las familias de los trece del año pasado. Como desaparecerá vuestra familia.

A Kai se le heló la sangre.

—¿Nuestra familia?

—Esta mañana, a las doce, dos agentes se presentaron en tu casa. Les dijeron a tus padres que los llevaban a un centro de acogida cerca de la isla. Los metieron en un coche, los llevaron a una cabaña en el bosque y les dispararon. A todos. Lo mismo hicieron con las familias de los otros doce. Es el protocolo. No dejan cabos sueltos.

Kai sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. Vio el rostro de su madre, de su padre, de Mateo, de Sara, de la abuela Adela. Los vio en el salón de casa, despidiéndolo con sonrisas y lágrimas. Recordó el estofado de la noche anterior, las palabras de su abuela, el abrazo de Sara.

—No te creo —dijo, pero su voz sonó débil, quebrada—. ¿Por qué haría eso el gobierno? Somos trece chicos. No somos una amenaza.

—¿Tú crees? —Kreng se apartó de la ventana y dio un paso hacia él—. ¿Crees que el gobierno va a dejar vivos a trece humanos con poderes de dioses? Solo hace falta un mal día, un error, una mala decisión, y uno de vosotros puede matar a miles de personas. ¿No lo entiendes? No es que seáis una amenaza ahora. Es que podéis llegar a serlo. Y para los gobiernos, eso es suficiente.



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En el texto hay: acción enemigos

Editado: 29.04.2026

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