Capítulo 4: El peso de la verdad
El polvo flotaba en el aire como una niebla fina y perezosa. Los rayos de luz que se filtraban por las rendijas de las ventanas tapiadas dibujaban líneas doradas sobre el suelo de madera gastada, iluminando motas que danzaban sin rumbo. La casa abandonada olía a humedad, a madera podrida, a abandono. Pero también olía a algo más: a sangre. La sangre de Baz, que empapaba la camisa rota que Maren le había quitado con cuidado. La sangre seca bajo la nariz de Eira, que seguía inconsciente en el viejo sofá del salón.
Kai recorrió la casa con el bebé Sol en brazos. Sus pasos resonaban en el suelo de madera como latidos huecos. La casa era más grande de lo que había parecido desde fuera: un salón amplio, una cocina con los armarios abiertos y vacíos, un pasillo largo y oscuro, varias habitaciones con muebles cubiertos por sábanas polvorientas que olían a naftalina y a tiempo detenido. En una de las habitaciones del fondo encontró una cuna vieja, de madera oscura, con las barras carcomidas por la carcoma. La meció un poco para comprobar que no se desmoronaba y, con cuidado, depositó a Sol dentro. El bebé seguía durmiendo, ajeno a todo, con los puñitos cerrados y los párpados temblorosos. Kai lo cubrió con una manta que encontró doblada sobre una silla y se quedó un momento mirándolo. Aquel bebé no tenía nombre, no tenía familia, no tenía nada. Y sin embargo, estaba vivo. Como ellos.
Salió de la habitación y cerró la puerta con suavidad. En el pasillo se cruzó con Yannis, que estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, mirando la pared sin verla. El niño de cinco años no había dicho una palabra desde que llegaron a la casa. Sus ojos grandes y oscuros seguían los movimientos de Kai con una atención muda.
—Yannis —dijo Kai, arrodillándose frente a él—. Necesito que me hagas un favor muy importante.
Yannis parpadeó.
—¿Ves esa puerta? Ahí dentro está el bebé Sol. Necesito que te quedes con él un rato. Que lo vigiles. Si llora, me avisas. Si se mueve, me avisas. ¿Puedes hacer eso por mí?
Yannis asintió lentamente. No dijo nada, pero se levantó y caminó hacia la puerta con paso firme. Antes de entrar, se giró y miró a Kai con una expresión que no era miedo, ni tristeza, sino algo más profundo: una seriedad impropia de un niño de cinco años. Luego abrió la puerta y desapareció en el interior.
Kai se quedó un momento en el pasillo, apoyado en la pared. El cansancio le pesaba en los hombros como una losa. No había dormido en toda la noche. Su cuerpo le pedía cerrar los ojos y dejarse caer, pero no podía. Todavía no. Tenía que hacer lo más difícil.
Respiró hondo y volvió al salón.
El grupo estaba disperso por la estancia como náufragos en una isla diminuta. Aron estaba junto al sofá donde yacía Eira, con una mano apoyada en su frente para controlarle la fiebre. Su rostro, normalmente impasible, mostraba ahora una preocupación que no necesitaba palabras. Maren y Ravi atendían a Baz, que se había sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared. Tenía el torso desnudo y un vendaje improvisado con tiras de una camiseta vieja que Ravi había encontrado en su mochila. La herida del hombro había dejado de sangrar, pero Baz estaba pálido y le temblaban las manos. De vez en cuando apretaba los dientes y cerraba los ojos, pero no se quejaba.
Lien estaba en un rincón, hecha un ovillo. Se había sentado en el suelo, con la espalda contra la pared y las rodillas abrazadas contra el pecho. Su vestido de colores vivos, el que llevaba cuando llegó a la Isla con una sonrisa y una historia sobre su gata Pelusa, estaba ahora sucio, manchado de hollín y salpicado de algo que Kai prefirió no identificar. No lloraba, pero sus ojos estaban enrojecidos e hinchados, y miraba la pared sin pestañear. Parecía una muñeca rota.
Los mellizos Finn y Fian estaban sentados juntos en el suelo, hombro con hombro, en silencio. Por primera vez desde que Kai los conocía, no hablaban. No bromeaban. No se hacían fotos. Solo estaban allí, compartiendo un silencio denso, como dos mitades de un mismo ser que hubiera dejado de funcionar. Iria estaba cerca de ellos, con la tableta en la mano, aunque la pantalla estaba apagada. No leía, por una vez. Solo sostenía el dispositivo como si fuera un amuleto.
Kai se quedó de pie en el centro del salón. Carraspeó. Nadie levantó la vista.
—Tenemos que hablar —dijo.
Su voz sonó más fuerte de lo que pretendía, rebotando en las paredes desnudas. Algunos levantaron la cabeza. Otros no. Kai esperó. Vio a Aron girarse lentamente. Vio a Maren soltar el vendaje de Baz. Vio a Ravi fruncir el ceño. Vio a Iria encender la tableta por puro reflejo, aunque luego la apagó al ver que nadie más se movía.
—He pedido a Yannis que cuide del bebé —continuó Kai—. Porque lo que voy a decir no es para un niño de cinco años.
—¿Qué pasa, Kai? —preguntó Ravi, y su tono era más serio de lo habitual. El chico que siempre hacía chistes y saltaba de panza al agua había desaparecido. En su lugar había un joven de diecisiete años con la mandíbula tensa y los ojos alerta.
Kai los miró uno por uno. A Maren, que lo observaba con sus ojos claros llenos de aprensión. A Aron, que había dejado de mirar a Eira para prestarle atención. A Iria, que se había quitado los auriculares. A Baz, que abrió los ojos a pesar del dolor. A Lien, que no levantó la vista pero dejó de temblar por un instante. A los mellizos, que alzaron la cabeza al unísono.
—Anoche —dijo Kai—, alguien llamó a mi puerta.
Y se lo contó todo.
Les contó lo del soldado llamado Kreng, que había sobrevivido a la masacre del año anterior. Les contó lo de Aldo, el chico de catorce años que quería ser médico y que había muerto salvando a Kreng con su último aliento. Les contó lo de Voss, el Don de las gafas oscuras que podía anular los poderes de cualquiera en un radio de una cancha de voleibol. Les contó el plan original: despertarlos a las seis, reunirlos, huir hacia el bote. Les contó cómo el plan se había truncado cuando el soldado apareció en su puerta para anunciar que el entrenamiento se había adelantado. Les contó la escena en la sala, las armas levantadas, la entrada de Kreng con los explosivos, la carrera hacia el acantilado, el disparo que hirió a Baz, el forcejeo entre Kreng y Voss. Les contó que Kreng se había quedado atrás, que probablemente había muerto, que probablemente había volado por los aires llevándose a Voss con él.