Capítulo 5: La primera salida
La luz del amanecer se filtraba por las rendijas de las ventanas tapiadas como hilos de oro sucio. El polvo bailaba en esos hilos, perezoso, indiferente al drama que se desarrollaba en el interior de la casa abandonada. Hacía frío. Un frío húmedo que se metía en los huesos y no se iba ni aunque te abrazaras a ti mismo.
Kai abrió los ojos. Le dolía todo. El cuello, por haber dormido apoyado en una pared de madera podrida. La espalda, por el suelo duro. El pecho, por el peso de todo lo que había pasado el día anterior. Se incorporó lentamente, con cuidado de no despertar a Yannis, que se había acurrucado a su lado durante la noche. El niño respiraba con la boca entreabierta, los puños cerrados, el ceño ligeramente fruncido incluso en sueños.
Miró a su alrededor. El salón estaba sumido en una penumbra grisácea. Los cuerpos de sus compañeros se amontonaban en los rincones como bultos abandonados. Ravi estaba tirado en el suelo, con la cabeza apoyada en su mochila hecha una bola. Maren se había quedado dormida sentada, con la espalda contra la pared y las manos en el regazo. Baz seguía en el mismo sitio, pero su respiración era más regular y su rostro, aunque pálido, había recuperado algo de color. Aron dormitaba en una silla junto al sofá donde yacía Eira.
Eira estaba despierta.
Tenía los ojos abiertos y miraba el techo con una expresión inescrutable. Seguía pálida, con ojeras profundas, pero sus ojos ya no estaban vidriosos como la noche anterior. Había recuperado la conciencia en algún momento de la madrugada.
—Eira —susurró Kai—. ¿Estás bien?
Eira giró lentamente la cabeza hacia él. El movimiento pareció costarle un esfuerzo enorme.
—Me duele la cabeza —dijo, con la voz ronca y débil—. Como si alguien me la hubiera partido en dos.
—Teletransportaste a trece personas y un bote. Es normal.
—¿Lo hice? —Eira parpadeó—. No me acuerdo bien. Solo recuerdo el ruido. Los soldados. Y luego... nada. Como si me hubiera quedado dormida de golpe.
—Llevas inconsciente desde ayer. Nos trajiste hasta aquí. A Porto Blanco.
—¿Porto Blanco?
—La ciudad. La ciudad que está al otro lado del estrecho.
Eira intentó incorporarse, pero un espasmo de dolor la atravesó y se dejó caer de nuevo.
—No te muevas —dijo Kai—. Todavía estás débil. Descansa.
—¿Y los demás?
—Baz recibió un disparo, pero está estable. Lien... —Kai dudó un instante—. Lien está entera, pero no bien. Los mellizos se encerraron ayer, no sé si habrán salido. Los demás están bien. Dentro de lo que cabe.
—¿Y Kreng?
Kai negó con la cabeza.
Eira cerró los ojos un momento. Luego volvió a abrirlos.
—¿Y el bebé?
—Sol está bien. Yannis lo cuida.
Eira asintió débilmente y volvió a cerrar los ojos. No se durmió, pero se quedó en una especie de duermevela, flotando entre la vigilia y el agotamiento.
Kai se levantó con cuidado y fue hacia la cocina. Necesitaban comer. El estómago le rugía con una fuerza que no había sentido nunca. No había probado bocado desde la cena en la Isla, hacía ya casi dos días. Abrió los armarios: vacíos. Revisó las alacenas: polvo. Solo quedaba el bote de leche en polvo que había encontrado la noche anterior, y apenas quedaba un tercio.
Salió de la cocina y se encontró con Iria, que estaba sentada en el pasillo con la tableta en las manos. La pantalla estaba encendida, pero no leía. Tenía los ojos fijos en un punto indeterminado de la pared.
—No hay comida —dijo Kai.
—Lo sé —respondió Iria sin moverse—. Lo sé desde anoche.
—¿Has dormido algo?
—No.
—Deberías.
—Tú también.
Kai no pudo evitar esbozar una media sonrisa. Iria era la más callada del grupo, la que siempre estaba leyendo, la que apenas hablaba. Pero cuando hablaba, iba directa al grano.
—¿Funciona la tableta? —preguntó Kai.
—Sí. Pero no tengo conexión a internet. Solo la radio.
—¿Alguna noticia nueva?
—Las mismas. Somos terroristas. Somos peligrosos. Diez millones por cabeza. —Hizo una pausa—. Antes han dado nuestros nombres. Todos. Y fotos.
—¿Fotos?
—De los archivos del Ministerio. Las que nos tomaron al llegar a la Isla.
Kai sintió un escalofrío. Sus caras estaban en todas partes. En cada televisor, en cada radio, en cada cartel callejero. Eran el enemigo público número uno.
—No podemos quedarnos aquí —dijo—. Es cuestión de tiempo que nos encuentren.
—Lo sé —repitió Iria.
Kai fue hacia el rincón donde estaba Lien. La niña de trece años seguía en el mismo sitio donde la había dejado la noche anterior: sentada en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared y las rodillas abrazadas. No estaba dormida. Tenía los ojos abiertos, pero vacíos. Como si su mente estuviera en otro sitio. O como si hubiera decidido no estar en ningún sitio.
—Lien.
Ella no respondió.
Kai se sentó a su lado, en el suelo. Notó la frialdad de las baldosas a través de los vaqueros. Se quedó un rato en silencio, sin decir nada. A veces, estar callado al lado de alguien era mejor que cualquier palabra.
—Mi hermana Sara —dijo por fin— tenía trece años. Como tú. Ayer, cuando los agentes vinieron a buscarme, ella se abrazó a mi cintura y no quería soltarme. Me hizo prometerle que volvería. Que le escribiría cartas de veinte páginas cada mes.
Lien no se movió, pero sus dedos se crisparon ligeramente sobre sus rodillas.
—Yo le prometí que volvería —continuó Kai—. Y ahora no puedo cumplir esa promesa. Porque ya no está. Ni ella, ni mi madre, ni mi padre, ni mi hermano, ni mi abuela. Todos muertos. Y yo no pude hacer nada para evitarlo.
Se hizo un silencio largo.
—Pero tú sí hiciste algo, Lien. Derribaste un satélite para protegernos. Y sí, fue un desastre. Sí, murió gente. Gente que no tenía nada que ver. Pero nosotros estamos vivos. Ravi, Maren, Baz, los mellizos, Aron, Iria, Yannis, Sol. Todos vivos. Gracias a ti.