La Isla

La isla capitulo 6

Capítulo 6: Puntos de quiebre

La sangre de Eira aún estaba caliente sobre su piel.

Kai permanecía de pie frente al sofá, inmóvil como una estatua de sal. El rostro de Eira, apenas unos segundos antes sereno y vivo, era ahora una máscara rota. El agujero bajo su ojo izquierdo era diminuto, casi perfecto, como si alguien hubiera perforado porcelana con un punzón afilado. Un hilo de sangre le cruzaba la mejilla y le teñía el cuello. Sus ojos, aquellos ojos oscuros que habían observado el mundo con una mezcla de desconfianza y profundidad, ya no miraban nada. Estaban abiertos, fijos en el techo, vacíos como dos pozos secos.

Kai no parpadeaba. No respiraba. No pensaba. Su mente era un zumbido blanco, una estática densa que lo envolvía todo. La sangre de Eira le goteaba por la mejilla, por la barbilla, y él ni siquiera sentía el cosquilleo. Solo estaba allí. Plantado. Roto.

A su espalda, Maren gritaba. Un grito agudo, desgarrador, que parecía no tener fin. Ravi la sujetaba por los hombros, pero ella forcejeaba, quería acercarse a Eira, quería hacer algo, lo que fuera. Aron estaba lívido, con los puños apretados y la mandíbula tan tensa que los tendones del cuello le sobresalían como cuerdas. Iria se había quedado sentada en el suelo, con la tableta apretada contra el pecho, los ojos muy abiertos y las lágrimas corriéndole en silencio. Los mellizos Finn y Fian se habían abrazado el uno al otro, con las caras hundidas en los hombros del otro, temblando. Baz intentaba levantarse del suelo, maldiciendo entre dientes, pero la herida del hombro le impedía moverse con rapidez. Yannis estaba en la puerta del pasillo, con el bebé Sol en brazos —lo había cogido al oír el disparo, con un instinto que nadie le había enseñado— y miraba la escena con los ojos muy abiertos, sin entender del todo pero sabiendo que algo terrible acababa de ocurrir.

Y Lien.

Lien no estaba en el salón.

Kai no la había visto salir. Nadie la había visto salir. Pero en el instante en que el cristal de la ventana estalló, en el instante en que la cabeza de Eira se sacudió hacia atrás, algo en el interior de Lien se había quebrado de una forma distinta. Algo que no tenía que ver con la tristeza ni con la culpa ni con el miedo. Algo más oscuro. Algo que había estado dormido y que acababa de despertar.

Salió por la puerta trasera sin hacer ruido. Sus pies descalzos —se había quitado los zapatos en algún momento, no recordaba cuándo— pisaron la grava y el polvo del patio trasero. El aire de la mañana era frío, pero ella no lo sentía. No sentía nada. Solo veía.

Vio al hombre que corría.

Era joven, delgado, con un rifle en la mano derecha. Llevaba un delantal manchado de grasa y una camisa de cuadros. El empleado de la tienda. El que había golpeado a Kai en el callejón. El que le había visto la cara. El que había seguido a Kai hasta la casa. El que había apuntado a través de la ventana y había apretado el gatillo. El que había matado a Eira.

Corría calle abajo, alejándose de la casa. No miraba hacia atrás. Probablemente pensaba que nadie lo seguiría. Probablemente pensaba que aquellos chicos estaban demasiado asustados, demasiado rotos, demasiado débiles para reaccionar.

Se equivocaba.

Lien alzó las manos. El aura de fuego que rodeaba sus dedos desde que despertó su poder en la Isla era ahora más intensa, más furiosa. Las llamas lamían sus palmas y sus muñecas sin quemarla, como perros fieles esperando una orden. Y Lien dio la orden.

La primera bola de fuego salió de sus manos como un cometa furioso. Era del tamaño de una bola de demolición, una esfera rugiente de llamas anaranjadas y azules que surcó el aire con un silbido ensordecedor. Recorrió los cien metros que separaban a Lien del empleado en menos de un segundo. Impactó contra su espalda con la fuerza de un tren de mercancías.

El hombre no tuvo tiempo de gritar. Su cuerpo se desintegró en el acto. Los fragmentos de lo que había sido un ser humano salieron despedidos en todas direcciones: carne chamuscada, huesos astillados, jirones de ropa ardiendo. El rifle salió volando por los aires y cayó treinta metros más allá, doblado y humeante.

Pero Lien no se detuvo.

Lanzó la segunda bola. Impactó contra la fachada de un edificio en ruinas y la atravesó como si fuera papel. Las paredes se derrumbaron con un estruendo sordo, levantando una nube de polvo y escombros.

Lanzó la tercera. Esta fue a parar a un coche abandonado que explotó en una bola de fuego secundaria, enviando esquirlas de metal en todas direcciones.

La cuarta. La quinta. La sexta.

Kai, dentro de la casa, oyó las explosiones. El sonido lo arrancó de su parálisis como una bofetada. Parpadeó, vio a Maren gritando, vio a Ravi sujetándola, vio a Aron pálido, vio a Iria llorando, vio a los mellizos abrazados, vio a Baz intentando levantarse, vio a Yannis con Sol en brazos. Y no vio a Lien.

—¿Dónde está Lien? —preguntó, y su voz sonó ronca, extraña, como si acabara de despertar de un sueño muy largo.

Nadie respondió. Nadie lo sabía.

Kai salió corriendo por la puerta principal. Lo que vio lo heló.

Lien estaba en medio de la calle, descalza, con el vestido sucio y los brazos extendidos. A su alrededor, el mundo ardía. Los edificios se desmoronaban envueltos en llamas. Los coches explotaban uno tras otro. El asfalto se agrietaba por el calor. Y en el centro de todo aquello, Lien seguía lanzando bolas de fuego. Una tras otra. Sin pausa. Sin piedad.

Su rostro era una máscara de rabia pura. No había lágrimas. No había culpa. Solo odio. Un odio destilado, concentrado, que lo consumía todo. Sus ojos brillaban con un resplandor anaranjado que no era humano. Sus labios estaban apretados en una mueca que era casi una sonrisa. Disfrutaba. En el fondo de su ser, en ese lugar oscuro que todos llevamos dentro y que casi nunca sale a la superficie, Lien estaba disfrutando.

—¡Lien! —gritó Kai.



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En el texto hay: acción enemigos

Editado: 29.04.2026

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