La Isla

La isla capitulo 7

Capítulo 7
Tres semanas.
Veintiún días desde que Lien y los demás se internaron en el bosque y desaparecieron entre los árboles. Veintiún días desde que Kai se quedó solo junto a la fogata, con un niño de cinco años a su lado y un bebé en brazos. Veintiún días desde que el mundo se partió en dos.
La montaña seguía igual. Los mismos robles y hayas centenarias, el mismo arroyo de aguas cristalinas, el mismo cielo estrellado por las noches. Pero ya no era un lugar de paso. Ahora era un hogar.
La cabaña se alzaba en el claro junto al arroyo, a pocos metros de donde habían enterrado a Baz. No era una construcción elegante ni sofisticada. Era una cabaña tosca, hecha con troncos irregulares y tablones recuperados, con un techo de ramas y musgo que filtraba la luz en pequeños haces dorados. Pero era sólida. Y era suya.
Kai la había construido con sus propias manos. Bueno, con sus manos y con su poder. La gravedad resultó ser una herramienta de construcción sorprendentemente útil. Podía levantar troncos enormes sin esfuerzo, colocarlos en su sitio con precisión milimétrica y compactar la tierra hasta volverla dura como piedra. En tres semanas, había aprendido más sobre su habilidad que en todos los días anteriores. Descubrió que no solo podía aplastar o hacer flotar objetos, sino que también podía graduar la intensidad. Podía hacer que una roca pesara la mitad, o el doble, o diez veces más. Podía crear campos de gravedad localizados, zonas donde todo pesaba más o menos. Incluso podía, con mucha concentración, invertir la gravedad de un objeto pequeño y lanzarlo hacia arriba como un proyectil. Su poder estaba evolucionando, volviéndose más fuerte, más preciso. Y eso le daba esperanza. Porque si su poder podía crecer, quizás también pudiera crecer él.
Aquella mañana, Kai estaba sentado en un tocón frente a la cabaña, con Sol en brazos. El bebé ya no era tan bebé. Había crecido en esas tres semanas, aunque seguía siendo diminuto. Sus ojos, antes grises e indefinidos, habían adquirido un tono avellana que recordaba al de Kai. Ya no lloraba sin lágrimas. Ahora lloraba con fuerza, con pulmones poderosos, y reía cuando Yannis le hacía cosquillas en la barriga. Kai le daba leche en polvo reconstituida con agua del arroyo y papilla de frutas silvestres que machacaba con piedras. No era el mejor alimento del mundo, pero el bebé prosperaba. Los niños son resistentes. Más resistentes de lo que los adultos creen.
Yannis salió de la cabaña frotándose los ojos. Llevaba una camiseta vieja que Kai había encontrado en una mochila abandonada durante una de sus expediciones a las afueras de Porto Blanco. Le quedaba grande, como un vestido, pero a Yannis no parecía importarle. Se sentó en el suelo junto a Kai y apoyó la cabeza en su rodilla.
—Tengo hambre —dijo.
Era una frase que Yannis repetía cada mañana, y Kai siempre respondía lo mismo.
—Voy a cazar. Quédate con Sol.
—Vale.
Kai le pasó el bebé a Yannis, que lo sostuvo con una soltura que no tenía tres semanas atrás. El niño de cinco años había aprendido a cuidar de Sol como si fuera su hermano pequeño. Le daba el biberón, le cambiaba los pañales improvisados con tiras de tela, le cantaba canciones que no tenían letra pero sí melodía. Yannis no era un niño normal. Había visto demasiado, había perdido demasiado. Pero seguía siendo un niño. Y a veces, cuando jugaba con Sol, Kai veía en sus ojos un destello de lo que debería haber sido su infancia.
Se internó en el bosque con el arco improvisado que había fabricado con una rama flexible y tripas de animal secas. No era un gran arquero, pero no necesitaba serlo. Su poder hacía el trabajo difícil. Localizaba un conejo o una liebre entre los arbustos, le quitaba la gravedad durante un segundo —lo justo para que el animal flotara desorientado— y luego lo abatía con una flecha. No era muy deportivo, pero era eficaz. Y la eficacia era lo único que importaba cuando tenías tres bocas que alimentar.
Esa mañana cazó dos conejos. Los despellejó junto al arroyo, como le había enseñado su padre años atrás en una excursión familiar que ahora parecía pertenecer a otra vida. Su padre. León Herrera. Con sus gafas torcidas y su tableta siempre en la mano. «Hay que calcularlo todo», decía. «Si lo calculas, lo controlas.» Kai sonrió con tristeza al recordarlo. Ojalá su padre pudiera verlo ahora. Ojalá pudiera ver lo que su hijo era capaz de hacer.
Volvió a la cabaña con los conejos limpios y los puso a asar en un fuego que Yannis había mantenido encendido. El niño era sorprendentemente hábil con el fuego. Quizás porque había visto a Lien usarlo tantas veces. O quizás porque, en el fondo, todos los niños tienen un instinto primitivo que los conecta con las llamas.
—Hoy vamos a entrenar —dijo Kai mientras daba vueltas a los conejos sobre las brasas.
Yannis puso los ojos en blanco.
—Otra vez no.
—Otra vez sí. Tienes un poder, Yannis. Un poder que puede ser muy peligroso si no aprendes a controlarlo.
—No me gusta mi poder.
—Ya lo sé. Pero no puedes ignorarlo.
El poder de Yannis había despertado una semana atrás, en un momento tan inesperado como aterrador. Estaba jugando junto al arroyo, apilando piedras, cuando de repente apoyó las dos manos en el suelo y todo empezó a temblar. El agua del arroyo se agitó como si alguien la hubiera sacudido con una cuchara gigante. Los pájaros salieron volando de los árboles. Las piedras que Yannis había apilado se derrumbaron. Kai, que estaba dentro de la cabaña, salió corriendo y vio al niño en el suelo, con las manos apoyadas en la tierra y los ojos muy abiertos, aterrorizado.
—¡No puedo pararlo! —gritó Yannis.
Kai se arrodilló a su lado y le apartó las manos del suelo. El temblor cesó de inmediato. Yannis se echó a llorar, y Kai lo abrazó hasta que se calmó.
Desde entonces, habían intentado entrenar el poder de Yannis varias veces. Los resultados eran... irregulares. A veces, Yannis ponía las manos en el suelo y no pasaba nada. Otras veces, el temblor era tan leve que apenas se notaba. Y en ocasiones, como aquella primera vez, el terremoto era lo bastante fuerte como para agrietar la tierra y derribar árboles pequeños. El problema era que Yannis no controlaba cuál de las tres opciones iba a ocurrir. Su poder era como un músculo que se contraía de forma aleatoria, sin obedecer las órdenes del cerebro.
—Vamos a intentarlo otra vez —dijo Kai después del desayuno, limpiándose las manos en los pantalones—. Pero esta vez, lejos de la cabaña.
Caminaron hasta un claro apartado, donde Kai había colocado varias piedras de distintos tamaños. Era su campo de entrenamiento improvisado. Sol se quedó dormido en una cesta que Kai había tejido con ramas de sauce, a la sombra de un roble.
—Vale —dijo Kai, arrodillándose frente a Yannis—. Pon las manos en el suelo.
Yannis obedeció. Sus manos diminutas se apoyaron en la tierra, con los dedos abiertos.
—Ahora concéntrate. Intenta sentir la tierra bajo tus palmas.
—Ya la siento.
—No, no me refiero a tocarla. Me refiero a sentirla. Como si fuera parte de ti. Como si tus manos y la tierra fueran lo mismo.
Yannis cerró los ojos. Su ceño se frunció en un gesto de concentración que a Kai le recordó a su hermana Sara cuando intentaba resolver un problema de matemáticas. Pasaron diez segundos. Veinte. Treinta.
Un leve temblor recorrió el suelo. Las piedras pequeñas vibraron. Una lagartija salió disparada de entre la hierba. Y luego, nada.
—Lo has hecho —dijo Kai.
—Ha sido muy poquito.
—Ha sido algo. Y algo es mejor que nada. La semana pasada no podías ni eso.
—Pero no sirve para nada. Si vienen los malos, no voy a poder pararlos con un temblorcito.
Kai le puso una mano en el hombro.
—Nadie te pide que pares a los malos, Yannis. Solo te pido que aprendas. Poco a poco. Sin prisa.
—Pero Lien sí que podía pararlos. Lien era fuerte.
Kai apretó los labios. Lien. Hacía días que no pensaba en ella. En ellos. En los que se fueron. Se preguntaba dónde estarían, qué estarían haciendo. Si habrían encontrado comida, refugio. Si seguirían vivos.
—Lien tiene su camino —dijo—. Nosotros tenemos el nuestro.
—¿Volveremos a verlos?
—No lo sé, Yannis. No lo sé.
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A cientos de kilómetros de allí, Lien miraba una ciudad.
No era una ciudad cualquiera. Era Nueva Esperanza, la cuarta urbe más grande del continente de Aldoria. Una ciudad de dos millones de habitantes, con rascacielos de cristal, parques frondosos, avenidas bulliciosas y un puerto comercial que nunca dormía. Una ciudad viva. Una ciudad que no sabía lo que se le venía encima.
Lien estaba de pie en lo alto de una colina, con el viento agitándole el pelo. Ya no era la niña de vestidos coloridos que hablaba de su gata Pelusa y de los festivales de farolillos de su aldea. Aquella niña había muerto en la Isla del Primer Refugio. En su lugar había una joven de mirada dura, con el rostro afilado por la determinación y los ojos encendidos por un fuego que no se apagaba nunca. Llevaba ropa oscura, práctica, y las manos vendadas para proteger las palmas de las quemaduras que a veces se hacía al lanzar demasiadas bolas seguidas.
A su lado estaban los mellizos. Finn y Fian. Seguían siendo idénticos, seguían moviéndose al unísono, pero algo había cambiado en ellos. Ya no se abrazaban por miedo. Ahora se cogían las manos por poder.
El poder de los mellizos había despertado dos semanas atrás, durante una tormenta. Fue un accidente, como todos los despertares. Un rayo cayó cerca del campamento y los gemelos, instintivamente, se agarraron las manos. En ese momento, una barrera invisible surgió de sus palmas unidas y los protegió de la descarga eléctrica. Desde entonces, habían aprendido a controlar esa barrera. Podían expandirla, contraerla, moldearla. Pero solo funcionaba si sus manos estaban juntas. Si se soltaban, la barrera se desvanecía. Eran dos mitades de un mismo poder. Como siempre. Como todo en sus vidas.
Detrás de ellos, a unos metros de distancia, estaban Maren y Ravi. Maren tenía los brazos cruzados y el ceño fruncido. Ravi, a su lado, guardaba silencio. No era el Ravi de antes, el que hacía chistes y saltaba de panza al agua. Ese Ravi había desaparecido. En su lugar había un joven serio, callado, que miraba a Lien con una mezcla de lealtad y preocupación. Aron e Iria estaban un poco más atrás, junto a un árbol caído. Aron, como siempre, impasible. Iria, como siempre, en silencio. Los cuatro habían despertado sus poderes en las últimas semanas, pero aún no los habían mostrado. Lien lo sabía. Los demás lo sabían. Era un secreto a voces. Una carta guardada bajo la manga.
—Es hora —dijo Lien.
Su voz sonó plana, sin emoción. No era la voz de una niña de trece años. Era la voz de alguien que había tomado una decisión y ya no pensaba dar marcha atrás.
Los mellizos asintieron al unísono. Se giraron hacia la ciudad y se cogieron las manos. Sus dedos se entrelazaron con una precisión ensayada. Cerraron los ojos.
La barrera surgió de la nada.
Era una cúpula transparente, apenas visible, que se extendió desde las palmas unidas de los mellizos hacia el cielo y hacia los lados. Creció y creció, como una pompa de jabón imposiblemente grande, hasta cubrir toda la ciudad de Nueva Esperanza. Dos millones de personas encerradas bajo una cúpula invisible. Sin entradas. Sin salidas.
Abajo, en la ciudad, la gente empezó a notar algo extraño. Un zumbido en el aire. Un cosquilleo en la piel. Algunos alzaron la vista y vieron el cielo ligeramente distorsionado, como si lo miraran a través de un cristal sucio. Los pájaros chocaban contra la barrera y caían aturdidos. Los aviones que se acercaban a la ciudad se desviaban automáticamente, con los instrumentos de navegación enloquecidos. Las alarmas empezaron a sonar. Pero ya era tarde.
Lien alzó las manos.
El aura de fuego que rodeaba sus dedos era ahora más brillante, más intensa. En tres semanas, su poder también había evolucionado. Ya no lanzaba catorce bolas por minuto. Ahora podía lanzar más. Muchas más. Catorce por minuto seguían siendo su ritmo constante, pero si se esforzaba, podía mantenerlo durante más tiempo sin desmayarse. Sus bolas de fuego ya no eran del tamaño de una bola de demolición. Eran del tamaño de un coche pequeño. Y ardían más. Mucho más.
—Empecemos —dijo.
La primera bola de fuego surcó el cielo como un cometa invertido. Atravesó la barrera —las barreras de los mellizos dejaban pasar lo que ellos querían— y cayó sobre el centro de Nueva Esperanza. El impacto fue como una bomba. Un edificio de oficinas se desintegró en una nube de fuego y escombros.
La segunda bola cayó sobre el puerto. Los barcos ardieron. El agua hirvió. La gente saltó al mar, pero el mar también estaba en llamas.
La tercera, la cuarta, la quinta. Una tras otra. Catorce por minuto. Veintiocho en dos minutos. Cuarenta y dos en tres. Cincuenta y seis en cuatro.
Durante cuatro minutos enteros, Lien bombardeó Nueva Esperanza sin pausa. Sus brazos se movían como los de una titiritera macabra, lanzando fuego y más fuego. Los mellizos mantenían la barrera firme, con las manos unidas y los ojos cerrados, concentrados en su tarea. Maren, Ravi, Aron e Iria vigilaban los alrededores. Que no viniera nadie. Que no llegaran soldados. Que Kai no apareciera. Aunque sabían que Kai no vendría. Kai estaba lejos. Muy lejos.
Abajo, en la ciudad, el infierno.
La gente corría por las calles envuelta en llamas. Hombres, mujeres, niños, ancianos. No había distinción. El fuego no discriminaba. Los edificios se derrumbaban como castillos de naipes. Los coches explotaban en cadena. El asfalto se derretía. Los parques, los frondosos parques de Nueva Esperanza, ardían como antorchas. Los rascacielos de cristal se convertían en chimeneas de humo negro.
Los gritos eran ensordecedores. Millones de gritos que se elevaban hacia la barrera y no podían escapar. La cúpula transparente se tiñó de rojo con el reflejo de las llamas. Los mellizos seguían con los ojos cerrados, pero sus rostros estaban empapados de sudor. Mantener la barrera durante tanto tiempo era agotador. Pero no se soltaron. No podían.
Lien seguía lanzando bolas de fuego.
A los cuatro minutos exactos, paró. Bajó las manos. Le temblaban los brazos y el pecho le subía y bajaba con una respiración agitada. Pero no se desmayó. Ya no. Su cuerpo se había acostumbrado al esfuerzo. O quizás su odio era más fuerte que el agotamiento. Miró hacia la ciudad. Lo que vio era un páramo humeante. Donde antes había edificios, ahora había escombros. Donde antes había calles, ahora había cráteres. Donde antes había parques, ahora había cenizas. No quedaba nada. Nada.
Los mellizos se soltaron las manos. La barrera se desvaneció. El humo y las cenizas escaparon hacia el cielo, formando una columna negra que podía verse desde cientos de kilómetros de distancia. Finn se tambaleó. Fian lo sostuvo. Ambos estaban pálidos, exhaustos, pero en sus ojos brillaba una chispa de satisfacción. Lo habían conseguido.
Lien bajó la colina sin decir palabra. Los demás la siguieron. Nadie habló. No había nada que decir.
Nueva Esperanza había dejado de existir.
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En las afueras de la ciudad, los campos de cultivo que antes alimentaban a sus habitantes también habían ardido. El fuego se había extendido más allá de la barrera en los últimos segundos, cuando los mellizos ya no podían contenerlo. Los cadáveres de los que habían intentado huir yacían en las carreteras, en los senderos, en los campos. Algunos estaban completamente calcinados, reducidos a formas negras y retorcidas. Otros aún conservaban rasgos humanos: una mano extendida, un rostro congelado en un grito, un abrazo entre dos cuerpos que ya no eran cuerpos sino estatuas de carbón.
El viento soplaba y las cenizas bailaban en el aire. Copos negros y grises que caían sobre los hombros de Lien, sobre el pelo de los mellizos, sobre las manos de Maren y Ravi. Copos que antes eran personas. Miles de personas. Millones.
Lien se detuvo un momento. Se giró y contempló la ciudad en ruinas. El humo, las cenizas, el silencio. No había pájaros. No había sirenas. No había gritos. Solo silencio.
—Una menos —dijo.
Y siguió caminando.
---
Fin del Capítulo 7



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En el texto hay: acción enemigos

Editado: 06.06.2026

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