Estoy parado sobre esa arena negra, sueve, fresca, el olor de la lluvia se impregna con fuerza y escucho las gotas fuertes que se estrellan contra el oceano, no hay azules, ni amarillos, ni ningun color que pueda ser descrito, es como si todo estuviera envuelto en mil tonalidades de gris y negro, llevo un abrigo pesado, los botones dorados bien pulidos, mis botas cubiertas de heridas y lodo, el pequeño gorro en mi mano, de un verde oscuro igual al de mi casco, estoy a la orilla, no tengo miedo, no tengo frío, tampoco siento felicidad, solo puedo percibir el aire gélido que se cuela por mi nariz, se desliza por mi garganta y se pierde en mis pulmones, la brisa levanta con cuidado el pañuelo blanquecino que se encuentra alrededor de mi brazo, a lo lejos, las parvadas de golondrinas se pasean dando vueltas en las monumentales formaciones de roca.
No puedo sentir nada pero a la vez lo siento todo, puedo escuchar una tormenta a lo lejos, y la arena húmeda me indica que hubo una anterior a lo que el océano pudo tocar, me cuesta describir con certeza lo que se aloja en mi pecho, es razonable, más para mi persona ha de generar una tremenda desesperación, no por resolverlo, no del todo, sino, porque quiero explicarlo, quiero hablar, quiero expresar, hacer comprender y quizá, si es congruente, creer que aún hay camino por delante.
Tras las centenas, miles y millones de pétalos rojizos que se ciernen sobre esa arena, sobre esa jungla conjunta, de quienes han volado palabras y cartas que tal vez no sean entregadas, de pequeñas alas de juventud que solo fueron imaginadas tras la imposibilidad de siquiera crecer, más en mi interior me siento realizado, no por lo que paso, quiero creer que es porque estoy vivo, pero me he de descubrir pensando que es mas que nada, mi señor, por la inmensa sensación de alivio, de resolución, de cuando llegas a la orilla después de haber luchado por no ahogarte.
En mi mente, en mis recuerdos, incluso cuando imagino una restauración, me regaño a mi mismo porque dada alguna extraña razón el hecho de no estar en ruinas me hace pensar que el motivo de la historia que guarda los sentimientos de quienes estuvieron ahí no es suficiente, que no es valorada, pero no es eso mi señor, es el deseo mas humano de saber que somos aquello, que lo más importante que tenemos es la fortaleza y esfuerzo llamado humano para hacernos tomar un poco de lo que llamamos vida.
En esa arena negra, en ese mar tranquilo pero fuerte, en donde se pierden los rastros de un disturbio abrupto e irascible, en las colmenas de pensamientos que me acechan mientras mi rostro permanece sereno, ahí mi señor, me recuerdo una y otra vez que si pude salir vivo, o medio vivo del infierno en la tierra, es entonces, capaz el alma de sufrir mil balas antes de verdaderamente morir en la guerra del propósito.