La jacaranda del diablo 2. Misiones.

1. La misión de Lynxe

La Jacaranda del Diablo. Junio, 2005.


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Tomo 1. La rebelión

Tomo 2. Misiones

Tomo 3. La guerra

 

El carruaje jalado por caballos alados llegó hasta las montañas afueras de la ciudad de Citlap. El cansado y avejentado cuerpo de Lynxe se movía torpemente entre el bosque lluvioso, llegó hasta un claro y observando todo a su alrededor y suspiró, hacía décadas que no veía ese lugar.

― Doherkey ―susurró. Una cabaña hecha de madera de cedro y grandes ventanales apareció por encima de la hojarasca, dentro todo estaba polvoso y descuidado. Con calma se concentró en cada rincón. Un pequeño remolino apareció llevándose todo el polvo, pero dejando intactos los adornos, instrumentos y libros que descansaban sobre los muebles. Era un alivio no tener que limpiar manualmente, le apetecía descansar en un lugar limpio y tranquilo antes de continuar su viaje.

Esos siglos de vida le habían dejado gran poder y sabiduría, los hechizos que para ella eran simples y cotidianos, para otros magos resultaban incluso imposibles. Nunca había confiado el secreto de ninguno de sus hechizos más poderosos a ningún mago ya que la vida la había hecho huraña, pero con el tiempo llegó un hombre quien se ganó su confianza de tal forma que no pudo negarse a convertirlo en su discípulo. Si en alguien confiaba era en Conrad Riff, y tenía más de una razón para hacerlo, no sólo había pasado todas las pruebas de lealtad si no que era todo un filósofo, realmente amaba el conocimiento. Pero aun más que el conocimiento, Conrad respetaba la vida de cada ser en el mundo. Yal sabía usar muchos de esos hechizos sin saber que, sin ella, él sería el único mago en el mundo capaz de efectuarlos. Además, Lynxe había ayudado a la formación de Yal, tenía la seguridad de que había dejado su herencia en buenas manos. Acomodó sobre el escritorio los libros y artefactos que creía le serían útiles a su joven amigo y se retiró a descansar.

Al siguiente día, de nuevo con su apariencia fuerte y jovial, Lynxe bajó por una trampilla en la cocina. El sótano estaba lleno de cajas apiladas, ella buscó en especial una caja de madera apolillada, subió a la cocina con ella y la abrió, dejando ver un tapete enrollado. Lo extendió sobre el suelo era una alfombra rectangular con el tamaño suficiente como para que se recostaran tres personas adultas, con el colorido diseño de un fractal, pero la base era lo más peculiar, era como hecho de goma traslúcida. Lynxe lo hizo flotar en el aire y evaluó el aspecto, por encima era un tapete común y corriente, pero por abajo simplemente era invisible.

― Buscarás el camino a casa luego de que me lleves a mi destino, así que grábatelo, por favor. ―El tapete vibró por toda respuesta.

Lynxe se subió a él y se sentó en flor de loto. El tapete se elevó por el aire y salió por la puerta trasera volando por encima de los árboles. Lynxe cerró los ojos disfrutando de la brisa cálida de verano, hacía décadas que no volaba en ese tapete, lo había construido unos trescientos años atrás, inspirada en los antiquísimos cuentos que hablaban sobre magos que volaban en pequeñas alfombras, pero ella le agregó la base hecha con piel del invisible delfín macropina. Los radares no la detectaban, desde abajo, la piel del macropina dispersaba la luz de tal forma que se hacía invisible y si alguna nave se vislumbraba en el horizonte, el tapete se enrollaba alrededor de su amo sin necesidad de que se le ordenara.

En la costa se encontraba la zona imperial y era el sitio más resguardado del mundo. Debía cruzar dos murallas, la primera, llamada el muro exterior, era la que rodeaba el área conocida como el Xopán.

Era una enorme extensión privilegiada, en esta zona había cinco pequeñas ciudades, una cerca de Citlap, dos más en la playa y dos en los bosques altos, era ahí donde habitaban las familias de los miembros más importantes del ejército así como los pocos afortunados que se habían ganado la confianza del emperador.

La segunda muralla custodiaba la ciudad imperial, pocos conocían esta ciudad, pues en ese lugar habitaban sólo los familiares cercanos de los grandes jerarcas del ejército dorado, los magos del imperio y algunos comerciantes, músicos, actores y asistentes que servían o entretenían a sus habitantes. Era el lugar más bello y prolífico del imperio, pero vivir ahí llegaba a tener un costo elevado ya que año con año, al menos una décima parte de su población era condenada a muerte por alguna falla que Yorg encontraba imperdonable. Sin embargo, muchos estaban dispuestos a arriesgarlo todo con tal de vivir entre ese lujo y opulencia.

Era de esperarse que la primera muralla tuviera vigilancia estrecha, pero la segunda muralla era casi impenetrable. Había una estación de vigilancia por cada kilómetro y cada estación contaba con radares, detectores de movimiento y de calor. Pero Lynxe estaba preparada para eso, su tapete era a prueba de cualquier detector que el imperio pudiera tener, y sobre todo, a pesar de haber irrumpido un centenar de veces, Yorg no tenía aun idea de la existencia de ese magnífico invento.

La alfombra aterrizó entre los árboles de un parque, se escuchaba la risa de los niños y los jóvenes jugueteando en el lugar. Lynxe se despidió de su alfombra y salió de entre los árboles. Ella portaba un vestido hecho de seda rosa y amarillo, sostenido desde el cuello con una gargantilla de oro y diamantes. Sus sandalias eran color rosa con hebillas adornadas con topacios. Llevaba joyería en oro blanco y amarillo; pendientes, pulseras, anillos y hasta un brazalete en su tobillo izquierdo. Pero por hermoso y ostentoso que pareciera, no era nada que llamara la atención, era el tipo de vestimenta que la gente usaba en la ciudad imperial y ella debía usarla si quería pasar desapercibida.




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