Despierto con una presión insoportable en la cabeza, como si alguien hubiera hundido los pulgares en mis sienes y no pensara soltarlos nunca. El dolor no es punzante; es peor. Es sordo, constante, un martilleo lento que acompaña cada respiración, cada latido, como un recordatorio persistente de que algo no está bien.
Intento moverme y mi cuerpo responde con una lentitud alarmante. Pesado. Torpe. Ajeno. Como si no me perteneciera del todo.
Mis párpados arden cuando los abro. La luz es tenue, filtrada por cortinas gruesas de un color crema que apenas dejan pasar el sol. No es la claridad lo que me incomoda, sino la sensación inmediata y brutal de extrañeza que me golpea en el pecho.
No reconozco nada.
La cama no es mía. Es demasiado grande, demasiado blanda, con sábanas limpias que huelen a jabón caro y algo floral. Lavanda, creo. Las paredes están cubiertas de cuadros: paisajes tranquilos, colinas verdes, un lago inmóvil reflejando un cielo que parece pintado. Todo es sereno. Armónico.
Demasiado.
El aire huele a madera pulida, a orden, a un tipo de calma cuidadosamente construida. Una calma que no se siente natural, sino ensayada. Pensada para tranquilizar. Para hacer creer que este lugar es seguro.
Un escalofrío me recorre la espalda.
Intento incorporarme, pero una oleada de mareo me obliga a detenerme. La habitación gira apenas un segundo, lo suficiente para que el miedo se clave bajo mis costillas. Llevo la mano a la frente por puro instinto y mis dedos chocan con algo áspero.
Una venda.
Mi respiración se corta.
Trago saliva. El pánico empieza a moverse dentro de mí, lento, pesado, como una criatura que despierta en la oscuridad.
—¿Dónde estoy? —pregunto.
Mi voz suena mal. Áspera. Gastada. Como si no la hubiera usado en mucho tiempo.
—¿Qué... qué ha pasado?
El sonido repentino de una silla arrastrándose me hace sobresaltarme. Mi corazón da un salto violento. Giro la cabeza con torpeza y entonces lo veo.
Hay un hombre sentado cerca de la cama, ligeramente inclinado hacia adelante, como si hubiera pasado horas en esa posición. Es alto, de hombros anchos, cabello oscuro que cae de manera descuidada sobre su frente, dándole un aire casi juvenil que contrasta con la seriedad de su expresión.
Sus ojos son intensos. Oscuros. Pero cuando se posan en mí, lo hacen con una atención tan directa que resulta desconcertante. No me mira como a una desconocida. Me mira como si me conociera de memoria.
No sonríe de inmediato. Me observa, evaluándome, como si buscara algo específico en mi rostro.
—Tranquila —dice al fin, poniéndose de pie—. Estás despierta... eso es lo único que importa ahora.
Su voz es baja, suave, medida. Cada palabra parece cuidadosamente elegida para no alterarme.
—Estás en casa, mi amor —continúa, acercándose despacio—. Tuvimos un accidente, pero ya pasó. Estás a salvo ahora. Y no pienso moverme de tu lado.
Accidente.
La palabra rebota dentro de mi cabeza como un eco hueco.
—¿Accidente? —repito, apenas en un susurro.
Él asiente lentamente, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera romperme.
—Fue terrible —admite—. Pero lo superamos. Eso es lo único que importa.
Se acerca un poco más. Puedo percibir el aroma de su colonia: sobria, elegante, mezclada con algo más cálido, casi familiar. No sé por qué, pero ese olor consigue calmarme. Y eso me inquieta aún más.
—El médico dijo que el golpe fue fuerte —agrega—. Que podrías despertar confundida.
Confundida.
No. Eso no es confusión.
—No recuerdo... —mi voz tiembla—. No recuerdo nada.
El silencio se estira entre nosotros. Siento su mirada fija en mi rostro, intensa, atenta, como si cada reacción mía fuera una respuesta importante.
—Lo sé —responde finalmente—. Y está bien. No tienes que forzarte.
Trato de leerlo. Busco desesperadamente algo que me diga que lo conozco: un gesto, una expresión, una sensación en el cuerpo. Algo.
No hay nada.
—¿Quién eres? —pregunto al fin.
La pregunta cae entre nosotros con un peso extraño. Definitivo.
Su mandíbula se tensa apenas. Es un gesto fugaz, mínimo, pero lo veo. Luego sonríe, como si se recompusiera con rapidez.
—Soy Damien —dice—. Tu prometido.
Hace una breve pausa, como si quisiera suavizar el impacto.
—O al menos, el hombre que tuvo la suerte de que dijeras que sí.
La palabra me golpea sin aviso.
Prometido.
Siento que el aire se me queda atrapado en los pulmones.
—Eso no es posible... —murmuro—. Yo... yo debería recordarte.
—Y lo harás —responde de inmediato—. Solo necesitas tiempo.
Se sienta al borde de la cama y toma mi mano. Su contacto es delicado, casi reverente. Cálido. Y contra toda lógica, mi cuerpo no se tensa. No se resiste.
—Samantha —dice, pronunciando mi nombre con una intimidad que me eriza la piel—. Has pasado por algo muy fuerte. Déjame cargar con lo demás por ahora.
Samantha.
El nombre cae dentro de mí como una piedra en agua quieta.
—¿Ese es... mi nombre? —pregunto.
Su sonrisa se ensancha, apenas.
—Claro que sí.
Una punzada atraviesa mi cabeza, breve pero intensa. Aprieto los ojos.
—Me duele —susurro.
—Lo sé —responde de inmediato—. Descansa.
Levanta una mano y acaricia mi mejilla con una ternura tan natural que me deja inmóvil. No hay prisa en el gesto. No hay duda. Como si lo hubiera hecho cientos de veces antes.
—Voy a traerte agua —dice—. Y algo para el dolor.
Antes de alejarse, se inclina y deja un beso suave sobre mi frente, justo sobre la venda.
—No te muevas —añade—. Vuelvo enseguida.
Lo observo caminar hacia la puerta. Su andar es seguro, confiado, como si cada rincón de esta habitación le perteneciera. Cuando la puerta se cierra, el silencio cae sobre mí con un peso aplastante.
Aprieto las sábanas con los dedos.
#4896 en Novela romántica
#1468 en Chick lit
#1728 en Otros
secreto misterio amor recuerdos diario, romance acción aventura drama celos amor
Editado: 11.01.2026