Las horas transcurren con una lentitud espesa en esta casa extraña que, se supone, debería sentir como hogar.
El tiempo no avanza: se arrastra.
Cada sonido se vuelve evidente, casi exagerado. El tic lejano de un reloj que no veo, el crujido suave del suelo bajo mis pasos, el murmullo del viento golpeando las ventanas cerradas como si quisiera entrar. A veces creo escuchar mi propia respiración rebotando contra las paredes.
Damien está ahí casi siempre.
No de forma invasiva. No de manera evidente. Simplemente... presente.
Aparece cuando despierto sobresaltada, cuando el dolor en la cabeza regresa como una marea brusca, cuando me quedo demasiado quieta mirando un punto fijo. Nunca me toca sin avisar. Nunca invade mi espacio. Se mueve con la precisión de alguien que ha aprendido exactamente hasta dónde llegar.
—¿Te duele otra vez? —pregunta una mañana, desde la puerta.
Asiento sin mirarlo.
Se acerca despacio y deja un vaso de agua sobre la mesa de noche. Luego, una pastilla. Siempre una sola.
—Despacio —dice—. No te fuerces.
Su voz es baja, controlada. No tiembla. No se quiebra.
Bebo el agua. La pastilla se desliza por mi garganta como una promesa silenciosa.
—Gracias.
—No tienes que agradecerme —responde—. Para eso estoy.
Para eso estoy.
La frase se queda flotando en el aire incluso después de que se marcha.
Es atento en cada gesto: acerca una manta cuando me ve estremecer, baja el volumen del televisor si frunzo el ceño, me observa con una paciencia que podría parecer amorosa si no me provocara una incomodidad difícil de explicar. Me mira como si yo fuera algo frágil, precioso, irremplazable.
Como si supiera exactamente quién soy.
Y eso es lo que me inquieta.
Porque yo no sé nada de él.
A veces intento provocarlo. Decir algo fuera de lugar. Contradecirlo.
—No recuerdo haberte querido —le digo una tarde, sin rodeos.
Damien no se ofende. No se tensa.
Solo me observa, apoyado en el marco de la puerta, como si hubiera ensayado esa escena.
—No pasa nada —responde—. El cariño no siempre vuelve primero.
—¿Y qué vuelve primero?
Sonríe apenas.
—La costumbre.
No sé por qué, pero esa palabra me eriza la piel.
Sus palabras siempre llegan envueltas en afecto, en una calidez medida. Nunca improvisa. Nunca duda. Cada frase parece pensada de antemano, colocada con cuidado, como si estuviera construyendo una historia alrededor de mí... o dentro de mí.
A veces me habla de cosas pequeñas: paseos al atardecer, risas compartidas, tardes tranquilas leyendo en el sofá. Lo hace con tanta naturalidad que casi podría creerle. Casi.
—Te gustaba sentarte cerca de la ventana —me cuenta una vez—. Decías que la luz te calmaba.
Miro la ventana. La luz entra, sí, pero no me calma.
—No siento eso —admito.
—Todavía —corrige—. No lo sientes todavía.
Pero algo dentro de mí se resiste.
Esa sensación se vuelve más intensa durante la cena.
La mesa está preparada con un cuidado casi ceremonial. Platos sencillos, comida tibia, aromas suaves. Velas encendidas que lanzan sombras largas sobre las paredes. Damien se mueve con soltura, como si hubiera repetido esta escena cientos de veces.
—¿Estás cómoda? —pregunta mientras se sienta frente a mí.
Asiento, aunque no estoy segura de que sea verdad.
Comemos en silencio unos minutos. No es un silencio incómodo; es uno aprendido. Como si él supiera exactamente cuándo hablar... y cuándo no.
—Recuerdo que siempre has amado las flores lilas —dice de pronto—. Decías que te hacían sentir en paz.
Levanto la vista lentamente.
Flores lilas.
La frase debería abrir una puerta en mi mente, traer consigo una imagen, un aroma, una emoción. Busco algo dentro de mí.
No encuentro nada.
—No... —respondo—. No estoy segura de qué me estás hablando.
Damien no parece sorprendido. Su sonrisa se suaviza, se vuelve más triste.
—Es normal —dice—. El médico dijo que podía pasar.
—Hablas mucho del médico —murmuro.
—Porque confío en él.
—¿Y yo debería confiar?
Sus ojos se clavan en los míos.
—En mí, sí.
La forma en que lo dice no admite réplica.
—Poco a poco lo recordarás todo —añade—. Te lo prometo.
Asiento, aunque mi estómago se contrae.
Quiero creerle. Necesito creerle. Aferrarme a la idea de que mi memoria volverá es la única forma de mantener el miedo a raya. Sin embargo, una voz persistente en mi interior insiste en que algo no encaja. Que las piezas que Damien coloca con tanto cuidado no son mías.
Más tarde, él se disculpa y se aleja hacia otra habitación.
—Solo un momento —dice—. Descansa.
Cuando me quedo sola, la casa parece cambiar.
El silencio se vuelve más pesado, menos amable. Respiro hondo y, pese al mareo, me levanto. No sé qué busco exactamente, pero mi instinto —esa parte primitiva que aún funciona— me empuja a moverme.
Camino despacio. Todo está limpio. Demasiado. No hay fotografías desordenadas, ni objetos fuera de lugar. No hay pasado visible.
Regreso a la habitación. Mis ojos se detienen en la mesa de noche. Abro el cajón inferior casi sin pensarlo.
Entre objetos comunes, mis dedos rozan papel.
Una carta.
Está doblada con cuidado, como si hubiera sido abierta y cerrada muchas veces. La desdoblo con manos temblorosas.
"Mi querida Andrea,
cada día que paso lejos de ti es un tormento. Cuento las horas para volver a verte y sentir tu piel contra la mía, para recordar que el mundo tiene sentido cuando estás cerca.
Con amor,
Siempre tuyo."
Mi respiración se detiene.
Andrea.
No Samantha.
La caligrafía es firme, segura. La tinta ligeramente desvaída, pero las palabras siguen vivas. Esto es amor. Verdadero. Intenso.
Mis dedos se cierran alrededor del papel y mi corazón martillea con fuerza.
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Editado: 11.01.2026