La Jaula.

Andrea.

No puedo detenerme.

La carta que encontré no debería estar sola. Esa certeza se clava en mí con una fuerza incómoda, insistente, como un impulso que no nace del miedo, sino de algo más profundo. Instinto, quizá. O supervivencia.

Si Damien fue capaz de guardar una, es muy probable que existan más.

La idea me provoca un nudo en el estómago, pero también una urgencia que no sé controlar.

Mi corazón late con tanta fuerza que siento el pulso en las sienes. Me arrodillo junto a la mesa de noche y abro el cajón con cuidado, despacio, como si el simple roce de la madera pudiera delatarme. El aroma a papel viejo y madera encerada me invade.

Saco otra carta.

Luego otra.

Y otra más.

Todas dirigidas a Andrea.

Los sobres están alineados, ordenados por tamaño, por fecha. No hay descuido. No hay abandono. Es una colección cuidada con devoción. La misma caligrafía elegante, firme, inconfundible.

Mis manos tiemblan cuando desdoblo la primera.

"Andrea, amor mío, no puedo soportar la idea de estar lejos de ti. Cada noche sin tu voz es una condena."

El aire se me atasca en el pecho.

Paso a la siguiente, sin darme tiempo a pensar.

"Todo lo que he hecho es por nosotros, por nuestro futuro. Aunque no lo comprendas ahora, algún día lo entenderás."

Un escalofrío me recorre la espalda.

No son cartas casuales.

No son recuerdos olvidados en un cajón.

Son promesas.

Planes.

Justificaciones.

Confesiones escritas con una intensidad que no se finge.

Mi respiración se vuelve errática. Inspiro hondo, pero el aire no alcanza. El pecho me arde, como si cada palabra hubiera dejado una marca invisible.

—No... —susurro—. Esto no es normal.

La sensación de extrañeza que he sentido con Damien desde que desperté se intensifica hasta volverse casi dolorosa. Si me ama tanto como dice... ¿por qué estas palabras no me pertenecen? ¿Por qué están dirigidas a otra mujer?

—¿Quién es esta mujer...? —murmuro, con la voz rota.

El nombre Andrea resuena dentro de mí de una forma incómoda, como si rozara algo dormido. No es un recuerdo. Es una presión. Un eco.

Las cartas destilan un amor profundo, obsesivo. Un deseo que no se escribe por costumbre ni por nostalgia.

Esto no es una exnovia.

Esto es alguien a quien amó de verdad.

A quien quizá aún ama.

Entonces escucho pasos en el pasillo.

El sonido es leve, casi casual, pero basta para helarme la sangre. El pánico me atraviesa como una descarga. Doblo las cartas con torpeza, sin cuidado, las devuelvo al cajón y lo cierro justo cuando la manilla gira.

Damien entra.

—Ah —dice—, pensé que estabas descansando.

Sonríe.

Es la misma sonrisa cálida, encantadora. Pero ahora la veo distinta. Ensayada. Controlada. Su mirada recorre la habitación con rapidez, se detiene en mí, baja al cajón, vuelve a mi rostro.

—¿Te sientes bien? —pregunta.

—Sí —respondo demasiado rápido—. Solo... me mareé un poco.

Se acerca despacio, sin brusquedad. Se sienta a mi lado en la cama, lo suficientemente cerca como para que su presencia me envuelva. Su perfume es suave, limpio. Familiar... y ahora, inquietante.

—No deberías levantarte sola —dice—. Aún estás débil.

—No soy de cristal —contesto, más seca de lo que pretendía.

Me observa. No se molesta. Parece evaluar.

—Lo sé —responde—. Pero ahora mismo necesitas cuidados.

Su mano roza la mía. No aprieta. No invade. Solo se queda ahí, firme.

—Samantha —dice con cuidado—, ¿hay algo que quieras preguntarme?

Su tono es suave, pero hay algo nuevo debajo. Precaución. Como si ya supiera que crucé una línea invisible.

El silencio se estira entre nosotros.

—Las cartas —digo al fin—. ¿Quién es Andrea?

El cambio en su expresión es mínimo, casi imperceptible. Pero lo veo.

Su mandíbula se tensa. Su sonrisa vacila una fracción de segundo antes de recomponerse.

—Ella fue... —empieza, y se detiene— fue alguien importante para mí. Hace mucho tiempo.

Aparta la mirada, apenas.

—Antes de ti.

—¿Antes de mí? —repito—. ¿Entonces por qué siguen aquí?

Damien suspira, como si estuviera cansado. Como si yo fuera una niña insistente.

—Porque no todo el pasado se borra de inmediato —dice—. A veces se guarda. Se supera. Se deja atrás.

—No parece algo superado —respondo—. Parece... vivo.

Vuelve a mirarme. Esta vez no sonríe.

—No quiero que te alteres —dice—. No es bueno para ti.

Aprieta mi mano con un poco más de fuerza.

—Recuerda que estuviste en un accidente. El médico fue muy claro. El estrés podría empeorar tu estado.

Un escalofrío me recorre entera.

No suena como una preocupación.

Suena como una advertencia cuidadosamente disfrazada.

—¿El médico también te dijo que me ocultaras cosas? —pregunto en voz baja.

Sus ojos se oscurecen apenas.

—Te oculto lo que podría hacerte daño.

—¿Y quién decide eso? —susurro.

Se inclina hacia mí, lo justo para que su voz solo me alcance a mí.

—Yo.

En ese instante lo entiendo con una claridad aterradora:

No solo hay cosas que Damien no me ha contado.

Hay cosas que no quiere que recuerde.

Y por primera vez desde que desperté, no siento miedo de perder mi memoria.

Siento miedo de recuperarla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.