La Jaula.

Encuentro.

Mis dedos recorren con lentitud el marco de una fotografía empolvada que descansa sobre una repisa. La superficie está fría bajo mis yemas, áspera en algunos bordes. La levanto con cuidado, como si temiera que pudiera deshacerse entre mis manos.

En la imagen, Damien sonríe.

No es su sonrisa amable de ahora, ni la contenida, ni la que parece calculada. Es una sonrisa amplia, despreocupada. Me rodea los hombros con una familiaridad incuestionable, posesiva incluso. Su cuerpo inclinado hacia el mío, como si quisiera ocupar todo mi espacio.

Yo estoy a su lado.

Apoyada contra su pecho. Envuelta en un vestido claro que no recuerdo haber usado jamás. Mi mano descansa sobre su abdomen con una naturalidad que me resulta incómoda.

Pero no es eso lo que me inquieta.

Es mi rostro.

La mujer de la fotografía sonríe con serenidad. No hay tensión en su expresión. No hay duda. Sus ojos parecen seguros, confiados. Hay algo en la forma en que inclina ligeramente la cabeza, en la suavidad de su boca, en la calma absoluta de su postura...

Algo que no reconozco.

Esa sonrisa no me pertenece.

—¿Es esto...? —pregunto, y mi voz se quiebra un poco—. ¿Eres tú con ella?

No despego los ojos de la imagen.

Damien se queda inmóvil.

No responde de inmediato.

Siento su presencia acercarse lentamente. Cada paso suyo resuena demasiado fuerte en el silencio de la casa, como si el aire mismo se contrajera a su paso. Cuando al fin se coloca a mi lado, noto cómo su cuerpo se tensa apenas.

—¿Por qué miras eso? —pregunta.

No es un reproche. Es una observación.

—Porque soy yo —respondo en voz baja—. O alguien que se parece demasiado.

Sus ojos se clavan en los míos con una intensidad que me obliga a contener la respiración.

—Es... una vieja amiga —dice al fin—. No le des importancia.

Su tono es tranquilo, cuidadosamente controlado. Pero su postura es rígida. Su mandíbula está apretada, como si hubiera ensayado esa respuesta demasiadas veces.

Aprieto la fotografía contra mi pecho sin darme cuenta.

—Claro —murmuro.

Pero algo dentro de mí grita.

No es una amiga.

No así.

—No deberías cansarte —añade—. Estas cosas pueden confundirte.

—¿Confundirme con qué? —pregunto.

Su mirada se endurece un segundo.

—Con lo que fuiste.

El silencio que sigue es espeso, incómodo. Damien se aparta primero. Se disculpa con una frase vaga, dice que debe salir un momento, que no tardará. No me mira cuando se va.

La puerta se cierra.

La casa vuelve a quedarse quieta.

Demasiado quieta.

El silencio no es descanso. Es presión.

No puedo resistir la tentación.

Mis pasos me conducen por el pasillo, uno tras otro, como si no tuviera control real sobre ellos. El suelo cruje bajo mis pies descalzos. Al fondo hay una puerta cerrada que no recuerdo haber visto antes.

Me detengo frente a ella.

Mi mano tiembla al posarse sobre el pomo.

—Solo mirar —me digo—. Nada más.

Giro con cuidado.

La puerta se abre sin hacer ruido.

Y entonces lo veo.

La habitación está cubierta de fotografías.

No es un caos. Es un orden meticuloso. Las paredes están tapizadas de imágenes. En estantes, mesas, marcos idénticos. Mi rostro me observa desde todos los ángulos posibles.

Sonrisas.

Miradas serias.

Gestos distraídos.

Hay fotos mías leyendo, caminando, durmiendo. Algunas parecen tomadas sin que yo lo supiera. Otras están claramente posadas. En algunas estoy sola. En otras, Damien aparece a mi lado, siempre cerca, siempre tocándome de algún modo.

Demasiadas.

Algunas parecen recientes. Otras muestran a una versión de mí que no reconozco en absoluto: peinados distintos, ropa que jamás usaría, expresiones que no siento mías.

Es como mirar a varias mujeres que comparten mi cara.

O como si yo hubiera sido reemplazada más de una vez.

—Esto no es normal... —susurro.

Mi corazón late con violencia. Siento un mareo leve, una presión conocida en la cabeza, pero me obligo a avanzar. No puedo detenerme ahora.

Sobre una mesa, perfectamente alineado, hay un diario.

Negro. Sin título.

Lo tomo con manos temblorosas y lo abro.

Las páginas están llenas de una letra elegante, firme, demasiado segura.

No es mi caligrafía.

Pero cada palabra habla de mí.

De mis rutinas.

De lo que "me gusta".

De lo que "me calma".

De lo que "me asusta".

Paso las hojas despacio al principio. Luego más rápido.

Hoy despertó inquieta. Hay que ser más paciente.

Le cuesta aceptar el vestido azul. Insistir con suavidad.

Volvió a preguntar por Andrea. Aún no está lista.

Mi respiración se acelera.

Algunas entradas describen días que no recuerdo. Otras hablan de errores. De recaídas. De momentos en los que "olvidé quién soy".

De correcciones.

Al final de una página, una frase está subrayada una y otra vez, con tanta fuerza que el papel casi se rompe:

"No lo olvides. No eres ella."

Un nudo se forma en mi garganta. La piel se me eriza por completo.

—¿Ella quién...? —susurro.

Cierro el diario de golpe, como si pudiera quemarme.

En ese instante escucho el sonido de una llave girando en la cerradura principal.

Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. El pánico me atraviesa. Dejo el diario donde estaba, retrocedo, cierro la puerta de la habitación con cuidado y camino de vuelta al pasillo con el corazón desbocado.

Damien entra.

—¿Todo bien? —pregunta, colgando las llaves.

—Sí —respondo—. Solo estaba... mirando la casa.

Me observa. Demasiado. Sus ojos recorren mi rostro, como si buscara algo fuera de lugar.

—Es fácil perderse aquí —dice—. Por eso prefiero que no explores sola.

Asiento.

—No volverá a pasar.

Sonríe. Me acaricia el cabello con un gesto lento, casi tierno.




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