La Jaula.

Duda Creciente.

El hallazgo de aquella habitación llena de fotografías ha dejado mi mente en un estado de caos permanente.

No importa cuánto intente ordenar los pensamientos: todo se superpone. Mi rostro multiplicado en versiones que no reconozco. Palabras escritas por una mano ajena que describen mi vida con una precisión inquietante. La sensación persistente de estar ocupando un lugar que no me pertenece.

Desde entonces, nada es igual.

Cada conversación con Damien pesa más.

Hay silencios que antes no notaba y ahora se vuelven insoportables. Pausas demasiado largas. Miradas que se detienen en mi rostro como si estuviera esperando algo de mí. Una palabra exacta. Un gesto específico. Un recuerdo que confirme que sigo siendo la persona que él cree conocer.

O que finge conocer.

Cuando me observa, no siento cariño. Siento evaluación.

Como si yo fuera una versión incompleta de algo que intenta reconstruir.

Esa tarde, el sonido del agua hirviendo en la cocina llena la casa con un murmullo constante, casi hipnótico. Damien prepara té con la calma meticulosa que lo caracteriza. Cada movimiento suyo parece ensayado: la forma en que toma la tetera, cómo acomoda las tazas con simetría perfecta, cómo evita mirarme directamente mientras trabaja.

Yo lo observo desde la mesa.

Tengo las manos entrelazadas para ocultar el temblor. El borde de la silla se clava en mis muslos. Respiro lento. Demasiado lento.

No puedo seguir guardándolo.

—Damien... —mi voz sale más baja de lo que esperaba—. ¿Por qué siento que algo no encaja?

Él no responde de inmediato.

El agua sigue hirviendo.

—¿A qué te refieres? —pregunta al fin, sin girarse.

—A todo —añado, tragando saliva—. A esta casa. A nosotros. A mí. Todo parece tan... armado.

Me obligo a separar las manos. No intento ocultar el temblor.

Damien apaga la cocina.

El clic metálico resuena como un disparo en el silencio.

Respira hondo antes de girarse hacia mí. Cuando lo hace, su expresión es impecable: calma absoluta, suavidad estudiada, una serenidad que no admite fisuras.

—No te preocupes —dice mientras se acerca—. Lo que estás sintiendo es normal.

Toma mis manos entre las suyas. Su contacto es cálido, firme, envolvente. Demasiado seguro.

—Has pasado por algo muy fuerte —continúa—. Tu mente está intentando reconstruirse.

Sus pulgares acarician mis nudillos con lentitud, como si marcara un ritmo.

—Yo te cuidaré siempre.

La frase debería tranquilizarme.

No lo hace.

Hay algo definitivo en su tono. Una certeza cerrada. Una promesa que no deja espacio para el error... ni para la elección.

—Siempre —repito en voz baja.

—Siempre —confirma él, sonriendo.

Asiento despacio.

—Lo sé —murmuro, aunque no es verdad.

Mi pecho arde con una mezcla amarga de miedo y desconfianza. Siento que, si insisto, si pregunto un poco más, algo en él cambiará. No sé qué. Pero sé que no quiero verlo.

Los días pasan sin que nada cambie realmente.

Damien sigue siendo atento. Cariñoso. Presente.

Y yo sigo sintiéndome como una invitada en mi propia vida.

Como una versión prestada de alguien que no está.

Una mañana, mientras desayuno en silencio, Damien me dice que saldrá a hacer unas compras.

—No tardaré —asegura.

Se inclina y deja un beso en mi frente. Es un gesto suave, casi tierno. Me sonríe como si todo estuviera bien. Como si no hubiera grietas.

La puerta se cierra tras él con un sonido leve, casi amable.

Y entonces algo en mí se rompe.

No puedo seguir esperando.

El impulso es inmediato, visceral. Me pongo de pie sin pensar. Empiezo a buscar sin un plan claro. Abro cajones, reviso estantes, hojeo libros, levanto mantas. Mis movimientos son torpes, desesperados.

Mi corazón late con fuerza.

Es como si una parte de mí supiera que la verdad está aquí. Oculta. Respirando en algún rincón que Damien no quiere que encuentre.

Y entonces lo veo.

Un cuaderno pequeño, de tapas negras, escondido detrás de una pila de mantas en el clóset. No destaca. No llama la atención.

Eso lo hace peor.

Mis manos se cierran alrededor de él.

Lo llevo a la cama y me siento. Respiro hondo antes de abrirlo.

La primera página está en blanco.

El silencio de la casa me envuelve. Es un silencio distinto al habitual. Expectante.

Busco un lápiz en la mesa de noche. Lo encuentro. Mis dedos tiemblan cuando lo sostengo.

Y empiezo a escribir.

No sé quién soy.

La frase se hunde en el papel como un ancla.

No sé si lo que me dicen es verdad.

Mi respiración se acelera.

Pero tengo que dejar constancia de lo que siento. De lo que pienso.

Las palabras fluyen con dificultad, pero no se detienen.

Algo dentro de mí sabe que no soy quien él dice que soy.

Al escribirlo, algo se agita en mi interior.

Destellos breves atraviesan mi mente. Fragmentos sin forma: una risa que no reconozco, una calle empedrada iluminada por faroles antiguos, un perfume distinto al de esta casa. Algo más vivo. Más real.

Intento aferrarme a esas imágenes.

Se disuelven.

—Vamos... —susurro, golpeando la página con frustración—. Por favor.

Cierro los ojos. Intento forzar un recuerdo. Un rostro. Un nombre.

Nada.

Solo sombras.

El cuaderno pesa sobre mis piernas como una promesa frágil.

Lo cierro despacio y lo escondo de nuevo, exactamente donde estaba.

Mi corazón sigue acelerado cuando escucho la cerradura moverse.

Damien ha vuelto.

Me incorporo rápido, tratando de parecer tranquila.

—¿Todo bien? —pregunta desde la entrada.

—Sí —respondo—. Todo bien.

Sonríe. Me observa un segundo más de lo necesario.

—Me alegra —dice.

Yo también sonrío.

Pero ahora lo sé.

Ese cuaderno es mi único refugio.




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