El dolor en mi cabeza regresa como un latido frío y profundo.
No es punzante. Es peor. Constante. Insistente. Como si alguien presionara desde dentro, recordándome que algo quedó mal acomodado en mi memoria. Un engranaje fuera de lugar que amenaza con romperlo todo.
Esta vez, sin embargo, no llega solo.
Llega con una imagen.
Al principio es borrosa. Un destello sin forma, una sombra moviéndose en la oscuridad. Luego, sonido.
Una puerta cerrándose de golpe.
El impacto seco contra el marco hace vibrar algo en mi pecho, incluso ahora. Después, un grito.
Mi grito.
—¡No quiero estar contigo! ¡Tienes que dejarme ir!
La voz es mía. No hay duda. Rota. Desesperada. Cruda. Escucharme así me sacude más que el dolor físico. No suena como una invención, ni como un sueño confuso. Suena real. Vivo. Cargado de una urgencia que me aprieta la garganta incluso ahora, como si el eco siguiera atrapado en mis pulmones.
Y entonces llega la respuesta.
Su voz.
Grave. Contenida. No elevada, no furiosa. Peor: absolutamente segura.
—No te irás, Andrea. No lo permitiré.
Abro los ojos de golpe.
Aspiro aire como si acabara de emerger del fondo de un lago helado. Mi pecho sube y baja con dificultad, los latidos me golpean las costillas. La habitación está en penumbra, inmóvil, demasiado quieta. Las sombras parecen detenidas en un punto exacto, como si observaran.
El frío se me cuela bajo la piel.
O quizá es el recuerdo, todavía flotando en el aire, negándose a desaparecer.
Me quedo inmóvil, temblando.
—No... —susurro—. No fue un sueño.
Mi voz suena distinta. Más áspera.
¿Andrea?
El nombre retumba dentro de mí, una y otra vez, como un golpe seco contra una puerta cerrada. No fue un error. No fue un eco distorsionado. En ese recuerdo, él no me llamó Samantha.
Me incorporo despacio, apoyando una mano en el colchón para no marearme. El mundo parece inclinarse levemente, como si la casa hubiera perdido su eje. Trago saliva.
—Eso... eso pasó —murmuro—. Pasó de verdad.
Intento aferrarme a más detalles. A cualquier cosa. ¿Dónde estábamos? ¿Era de noche? ¿Había una ventana? ¿Qué había antes del grito? ¿Qué ocurrió después?
Cierro los ojos con fuerza.
Nada.
Las imágenes se disuelven como ceniza entre los dedos.
Solo queda la emoción desnuda: miedo, rabia, una necesidad feroz de escapar. La certeza de estar atrapada. De haberlo estado.
Y algo más.
Algo que me eriza la piel.
Si ese recuerdo es real... si realmente discutimos antes del accidente... entonces Damien me mintió.
Otra vez.
No fue solo omisión. Fue manipulación. Me ocultó algo esencial.
Pero hay algo peor latiendo en mi pecho. Más oscuro. Más profundo.
La idea se forma despacio, como una herida que se abre sin sangrar.
—¿Y si yo...? —susurro.
El aire se vuelve pesado.
—¿Y si yo soy Andrea?
La pregunta no llega como un grito. Llega como una certeza silenciosa que se instala en mi cuerpo antes que en mi mente. Me deja sin aliento.
Me pongo de pie y camino por la habitación sin rumbo. Mis pies se mueven solos, descalzos sobre el suelo frío, mientras mi mente empieza a unir piezas que antes parecían inconexas.
Las cartas.
Andrea, amor mío.
No te irás.
Todo lo hice por nosotros.
Las fotografías.
Versiones de mí que no reconozco. Sonrisas que no me pertenecen. Miradas seguras que ahora me resultan imposibles.
La forma en que Damien pronuncia mi nombre.
—Samantha...
Como si lo midiera. Como si comprobara si aún encaja.
El diario.
Las correcciones.
Las recaídas.
Los errores.
La frase subrayada hasta casi romper el papel.
No eres ella.
Me detengo frente al espejo.
El reflejo me devuelve una mujer pálida, con los ojos demasiado abiertos, los labios tensos. Hay cansancio en su rostro. Y algo más. Algo antiguo. Una angustia que no recuerdo haber vivido... pero que mi cuerpo sí reconoce.
Inclino la cabeza. Busco algún gesto familiar. Algo que me pertenezca.
—Andrea... —susurro.
El nombre cae de mis labios con un peso extraño.
No se pierde en el aire.
Algo en mi interior responde.
Un temblor pequeño, casi imperceptible, pero real. Como una cerradura girando apenas. Como una puerta entreabriéndose.
Mi respiración se acelera.
—Si yo soy Andrea... —digo en voz baja— ¿quién es Samantha?
La pregunta me deja sin aire.
¿Soy yo?
¿O es solo un nombre que Damien me dio?
¿Una máscara conveniente?
¿Un reemplazo dócil para la mujer que quiso irse?
Las piernas me fallan y me dejo caer en la cama. Me aferro a las sábanas con fuerza, como si fueran lo único sólido en un mundo que empieza a resquebrajarse. El tejido se arruga bajo mis dedos.
Necesito sentir algo real.
Nada encaja.
Y, al mismo tiempo...
Todo empieza a hacerlo.
Si no pudo aceptarlo cuando quise dejarlo...
si esa discusión ocurrió de verdad...
un escalofrío me recorre de la nuca a la espalda.
—¿Qué hiciste, Damien...? —susurro.
¿Qué tan lejos estaría dispuesto a llegar para evitar que me fuera?
La casa permanece en silencio, pero ya no es un silencio neutro. Es denso. Vigilante. Como si cada pared supiera algo que yo recién empiezo a recordar. Como si el lugar mismo hubiera sido construido para contenerme.
Me inclino hacia adelante y me cubro el rostro con las manos.
El latido en mi cabeza vuelve a intensificarse.
Y por primera vez, la duda no es si Damien me ama.
Es si está construyendo una vida para una mujer que ya no existe.
O peor aún...
Para una mujer que está haciendo todo lo posible por olvidar quién era.
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Editado: 11.01.2026