El corazón me late con tanta fuerza que temo que Damien pueda escucharlo desde el otro lado de la habitación. No es un latido normal; es un golpeteo desesperado, errático, como si mi cuerpo estuviera intentando advertirme algo que mi mente aún se resiste a aceptar. Cada pulsación me sacude el pecho, me exige acción.
No puedo seguir así.
No puedo seguir viviendo dentro de esta casa que se parece demasiado a un santuario construido sobre mentiras.
Doy el primer paso. Luego otro. Mis piernas tiemblan, pero no se detienen. Las cartas pesan más de lo que deberían en mi mano izquierda. Las fotografías, frías y lisas, se clavan contra mi palma derecha. El papel cruje, traicionero, anunciando mi presencia.
Damien está sentado a la mesa.
La lámpara sobre él proyecta una luz tibia que no alcanza a disipar las sombras de la habitación. Tiene la espalda recta, los hombros relajados. Revisa algo —un cuaderno, creo— con una calma que me resulta insultante. Como si este fuera un día cualquiera.
Como si no me estuviera desmoronando por dentro.
—Damien —digo.
Mi voz suena más firme de lo que me siento. Él no se sobresalta. No se gira de inmediato. Cierra el cuaderno con cuidado, como quien marca una página importante, y recién entonces levanta la mirada.
Sus ojos se clavan en los míos.
Oscuros. Atentos. Demasiado atentos.
—¿Qué pasa? —pregunta, suave—. Estás pálida.
Trago saliva.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —pregunto—. ¿Por qué mentirme así?
Camino un paso más hacia él y alzo las cartas entre nosotros. Las fotografías quedan expuestas sobre la mesa cuando las dejo caer de golpe. El sonido es seco, definitivo.
—Estas cartas... —mi voz tiembla ahora, inevitablemente— no son para mí. Son para Andrea.
El silencio que sigue no es inmediato. Damien parpadea una sola vez. Luego baja la mirada hacia los papeles, los observa con detenimiento, como si ya los conociera de memoria.
Porque los conoce.
No hay sorpresa en su rostro. No hay indignación. No hay culpa.
Solo paciencia.
—¿Dónde las encontraste? —pregunta.
La pregunta me descoloca.
—Eso no importa —respondo, apretando los puños—. Importa que me mentiste. Importa que me miraste a los ojos y me dijiste que yo era Samantha.
Damien suspira lentamente y se pone de pie. El sonido de la silla arrastrándose contra el suelo me eriza la piel. Retrocedo sin pensarlo. Él se da cuenta.
Eso... eso sí le interesa.
—Siempre fuiste Andrea —dice al fin—. Siempre lo has sido.
—No —niego con la cabeza—. No. Yo no soy ella.
—Lo olvidaste —continúa, avanzando un paso—. El accidente dañó tus recuerdos, no quién eres.
—¡Basta! —alzo la voz, sorprendida por mi propio tono—. No intentes reescribirlo todo como si fuera tan simple.
Damien se detiene. Inclina ligeramente la cabeza, observándome como si yo fuera una ecuación difícil, pero fascinante.
—Te di un nombre para protegerte —dice—. Para darte paz mientras sanabas.
—Me diste un nombre para controlarme —replico.
Su sonrisa aparece despacio. No es amable. No es tranquilizadora. Es una curva lenta, calculada, cargada de algo que por fin logro nombrar sin engañarme.
Obsesión.
—Los nombres no importan —dice—. Nunca importaron. Tú eres mía. Eso es lo único que importa.
El mundo se inclina. Literalmente. Tengo que apoyarme en la pared para no perder el equilibrio.
—Eso no es amor —susurro.
Damien inspira hondo. Por un segundo parece cansado. Humano. Casi vulnerable. Mi corazón se traiciona y quiere creer que ahí, justo ahí, va a detenerse.
Pero no lo hace.
—El accidente... —empieza.
El estómago se me encoge.
—¿Qué pasa con el accidente? —pregunto—. Dímelo.
Esta vez no retrocede. Da otro paso hacia mí. Su voz pierde suavidad; se vuelve firme, clara, irrevocable.
—Fue la única manera.
El aire abandona mis pulmones.
—¿La única manera de qué? —murmuro.
—De que no me dejaras.
Las palabras caen entre nosotros como un objeto pesado, imposible de ignorar.
—Te ibas —continúa—. Ya lo habías decidido. Tenías las maletas listas. Me gritaste que no me amabas, que estabas atrapada, que preferías desaparecer antes que seguir conmigo.
Niega con la cabeza, como si aún le doliera recordarlo.
—Yo no podía perderte.
—Entonces... —mi voz es apenas un hilo— ¿qué hiciste?
Damien aprieta la mandíbula.
—Te seguí. Quería hablar contigo. Convencerte. Pero estabas fuera de ti. Llovía. La carretera estaba resbaladiza. Discutíamos... —traga saliva—. Giraste el volante.
Un recuerdo me atraviesa como un relámpago: luces blancas, un golpe, el sonido del metal retorciéndose.
Me mareo.
—Perdí el control —dice—. Y cuando despertaste... cuando no me reconociste... pensé que era una señal.
—¿Una señal de qué? —susurro.
—De que podía empezar de nuevo —responde—. De que podía hacerlo mejor esta vez.
Se acerca tanto que puedo sentir el calor de su cuerpo. Su perfume, antes familiar, ahora me provoca arcadas.
—No vuelvas a correr —murmura—. No te dejaré ir otra vez.
Lo miro.
De verdad lo miro.
Y por primera vez no veo al hombre que me cuidó tras despertar. No veo al prometido paciente, atento, amoroso.
Veo a alguien que decidió por mí.
A alguien que confundió amor con posesión.
A alguien capaz de destruirlo todo con tal de no quedarse solo.
Mis manos tiemblan, pero mis ojos ya no.
El silencio regresa. Pero ya no es pasivo.
Es peligroso.
Y mientras la casa parece contener la respiración junto a nosotros, entiendo algo con una claridad devastadora:
No estoy luchando por recordar quién soy.
Estoy luchando por salir con vida.
#4896 en Novela romántica
#1468 en Chick lit
#1728 en Otros
secreto misterio amor recuerdos diario, romance acción aventura drama celos amor
Editado: 11.01.2026